Dronescape

# espacio!

Shanzhai Soundflash  #1: Capitalismo de la escucha (el Capitalismo es viral: así como existe un Capitalismo Especular -lo admito: los situacionistas no se equivocaban en todo-) también existe un Capitalismo de Audición). Las guitarras de Ulmer & NIN (11 años de diferencia, y muchos más de distancia) nos limpian de la intoxicación del autotune reaggaetonero imperante.
¿Derechas e izquierdas? Buh. Autotune complaciente (tu calidad de vida auditiva es tu calidad de vida mental).

 

¿Prosa de descifrado? Siempre para estos casos: tengo en mente un tipo de lector. Una “política de lectura” sin hermetismos: existe Google (por no mencionar los metabuscadores que son mi cotidianeidad). Nada de explicaciones: es la brutalidad (sic) de la libreta de anotaciones. ¿O acaso no usamos los smartphones como sitio de apuntes súbitos? ¿Acaso no es otro tipo de didáctica? Didáctica taoísta: para nadar no se necesita descifrar químicamente los contenidos del líquido. Sólo intentar no hundirse mientras se avanza. ¿Buceo? Buceamos con todo nuestro inconsciente auditivo. (Esto es Copy Paste: una página interna remite a otra y así).
Por supuesto: cada uno tiene su tradición auditiva. Lo que fuiste haciendo con tu salud “de escucha” todos estos años. ¿Cómo definirías cómo escuchás música? Tres adjetivos. Me reconozco en mis fetiches sonoros: tomé de Lester Bangs la necesidad de limpiarme de las resacas urbanas con un “bajativo” que haga las veces de Metal Music Machine. Cada cual tiene su Metal Music Machine. Los míos los vengo poniendo sobre la mesa hace décadas: Captain Beefheart, Ornette Coleman, Alan Courtis. Hay otros muchos en mi lista.


Shanzhai Soundflash #2: Toda la mañana yendo y viniendo (auditiva y mentalmente) entre dos sonidos (dos tipos de sonidos): las texturas espásticas de James Blood Ulmer (Tales of Captain Black, 1978) y NIN (Halo_Fourteen, 1999). Subrayo: pensar el sonido mientras interfiere (queda claro que no hablamos de muzak). En el primero, los Coleman (Ornette y Denardo, el Gran y Fructífero Edipo). La fábula del “gesto” en el swing: las máquinas tiemblan a su modo. Las fallas de cada máquina son su estilo (el desgaste desigual). Banda de sonido de dos épocas, sin maquillajes (imposible que aparezca algo parecido a la boutique del pop). Busco ese hilo entre A (Ulmer) y B (NIN) en el dixit de las guitarras (el grado cero de la narrativa guitarrística: ¿acaso no deberíamos volver a hablar de “la función guitarrística”? Queda claro que me interesa la transformación de la función guitarra eléctrica en estos espacios laterales (las radios y el status quo). En este punto ingresa algo de Byung-Chul Han (¡gracias Caja Negra!). Hagamos Shanzhai doméstico.
Mi I Ching les da un consejo: ¡Moderen su ansiedad! ¡Sean valientes con su atención!

 

Debería volver a empezar con otra fatiga: ¿qué es un paisaje sonoro-artificial-doméstico? Metal Music Machine de Lou Reed, claro. Digo: no las variaciones sonoras al modo Stockhausen, ni siquiera las máquinas de seducción de un inventor como Fernando von Reichenbach. Algo que parece más inmediato: drone quiere decir pedal. Conectar pedales, enchufarlos. Acoplar, producir un loop de distorsión. Primero es una actitud, después aparece el experimento. Todo lo sónico aparece así. Es un cuelgue: electricidad colgada.


Fue casualidad tener juntos en el mismo mueble ese disco y El intervalo perdido, de Gillo Dorfles. Algo provocó esa ocurrencia extraña: ¿qué hubiera sucedido si Lezama Lima hubiera colaborado con Sonic Youth?
Me niego a llamar desprolijidad a ese ensamble de saturaciones. No se trata de las bellas esculturas sonoras de Alan Courtis. Tampoco del ritmo ritual de lo más inspirado de Acid Mother Temple. No. Son especies de trance, pero no electrónico, sin bits: nada más que textura continua. La Monte Young interpretando MC5.
Empecé a escribir con ese estruendo ininterrumpido de fondo. Es todo lo contrario a una meditación. Es más bien una alienación asistida.


Todavía no había escuchado el concierto de Japón en el que Reed, Laurie Anderson, John Zorn y Philip Glass confluyen. Tampoco es lo mismo: eso es orografía, picos, valles de sonido, planicies. Metal Music Machine tampoco es Glenn Branca: electricidad líquida y densa, de consistencias diversas.
Pero también Dorfles: la abolición del silencio, de la pausa. Exacerbación del continuo. Una idea de los comportamientos básicos de la información contemporánea.

 

La experiencia de las políticas de escucha me resultan tan fundamentales como las memorias del compositor. Admiro la generosidad, en entusiasmo. “En mi época” (¡prehistorias tantas!) si no te satisfacía el sonido hegemónico, te encerrabas en el garage y hacías tu propia banda, no te quedabas denunciando a las Grandes Discográficas ni a las Pequeñas ¿les habías entregado tu libido, acaso? Desenterrabas tu neurosis. Así llegó la influencia del clisé de la Contracultura.

 

Y sigue. Sigue.