Martires galácticos

La anarquía ni siquiera como provocación epistemológica, al estilo Feyerabend, sino como estimulación anímica. No debería ser necesario recordarlo, pero cuando hablamos de la ausencia de gobierno no lo hacemos para referirnos a un trastorno de la voluntad, sino como un interrogante que nos devuelve a las preguntas básicas sobre el uso que hacemos de nuestras libertades.

Escribe Michael Moorcock:

“Al individuo moderno, inevitablemente desorientado entre el yo y la sociedad, el yo y el entorno, le resulta cada vez más difícil hallar la frontera satisfactoria entre las exigencias de la sociedad y las exigencias del instinto. No hay males fácilmente aislables. En lo que respecta a sus conclusiones concretas, los grandes radicales de los siglos XVIII y XIX han resultado ser como mínimo toscos. Han muerto en este siglo demasiados idealistas visionarios porque sus visiones personales se consideraron incompatibles con las aterradoras ortodoxias que ellos mismos ayudaron a imponer. Hay demasiada gente que parece incapaz de ofrecer otra respuesta a los sufrimientos y brutalidades de este mundo que la de la acción política violenta o el refugiarse en máximas estilo “Sé fiel a ti mismo”. Mi solución, por supuesto, es escribir libros, y, mientras los escribo, esperar hallar algunas claves que ayuden al menos a resolver el dilema; fomentar un poco más la tolerancia entre quienes mantienen una actitud ortodoxa y los que no, pues la sociedad, según mi opinión, puede hacer buen uso de ambos tipos de individuos. Probablemente el mundo necesite santos y pecadores: pero yo anhelo el día en que ya no necesite mártires de ningún género.”

Continuará.