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Es una guerra interna constante entre un modo más narrativo y otro impúdicamente ensayístico. Un día a día. Lo mismo con las insaciables lecturas, aunque mi preferencia por la teoría suele ser un poco menor. Hasta no hace mucho tuve el descaro de ocasionalmente presentarme como ensayista full time, pero últimamente eso no sería muy exacto, porque el péndulo parece entretenerse más en aquellas zonas ficcionales con menor tentación argumentativa. A la un poco molesta pregunta sobre la importancia de la escritura y la lectura en mi vida, se me ocurre decir que no recuerdo un solo día en los últimos cuarenta años en los que me haya distraído lo suficiente de alguna de estas actividades. Una definición previsible podría ser: narrador, ocasional ensayista, aún más ocasional hacedor de exposiciones de arte. RC, 2017.

 

Rafael Cippolini (Lomas de Zamora, 30 de marzo de 1967) es un escritor, ensayista y curador argentino. Sus crónicas, ensayos, ficciones y artículos fueron publicados en medios como Página 12, Clarín, La Nación, Perfil, ramona,1 tsé=tsé, Arte y Parte, Tokonoma y Otra Parte,2 entre otros. Wikipedia.

 

Autodefinido como freak enciclopédico y ensayista full time, activista patafísico, kamishibaísta y curador intermitente, Rafael Cippolini, nacido en la localidad bonaerense de Lomas de Zamora en 1967, es el más puro ejemplar de su generación. Como tal, se dedica desde muy temprano -y por opción- a una errancia individual y asistemática. ¿Qué hacer, sino? ¿En qué contextos? Eso y así: con el advenimiento de la democracia y el final de la adolescencia (después de una infancia vivida bajo el régimen de la dictadura militar de 1976-83), y después de la fiesta de iniciación y el choque de los años 1980 que, en 1989, dio lugar a una larga década de mandato menemista y neoliberal, o sea, de depredación organizada, las artes y las parte implicadas, saludablemente desconfiadas, encontraron en aquellos individuos que se negaron a ser llamados “jóvenes de los años noventa” (que críticos y gestores asociaban con las incipientes industrias), los vectores más osados e intensos de aquel presente, que persisten hasta el día de hoy. Aquellos que no seguían carreras “académicas” o artísticas y que, en vez de eso, escogieron producir obra y pensamiento, crear espacios de diálogo y construir redes. Complice y amigo de dos mayores “atípicos” de la generación anterior, artistas consagrados más siempre indomables, Alfredo Prior (pintor) y Héctor Libertella (escritor, con quien desarrolló una extensa obra en común entre los años 1995 y 2003, de la hoy es su legatario), aliado-conspirador, fue editor, co-editor y colaborador habitual respectivamente, de las revistas de arte in extremis ramona, tsé=tsé y Tokonoma. Cippolini supo así potencializar a sí y a otros, mediante una actividad contínua, intensa y también polimorfa. Bárbara Belloc, 2015.

 

Ralph Waldo Cippolini (o Rafael Cippolini), patafísico de número, cronófobo de planta como yo, estentóreo y grave (una de las voces no autoritarias que más autoridad revelan, “también, ¡si creció escuchando a Captain Beefheart!”). Además (ahorremonos el probablemente), el mejor explorador de nuestras limitaciones y sus alrededores (Contagiosa paranoia), la persona ideal para que una conversación extienda sus orillas y hasta su margen de horizonte. Luis Chitarroni, 2012.

 

No era tan en broma que lo llamaba polígrafo, ya que Rafael (Cippolini) se deslizaba con soltura entre formas literarias tradicionales y no tanto. Me marcó con aquello de “las Obras Completas de un autor suelen ser la compilación de todas las razones para pelearse definitivamente con él”. Por eso, cuando escribimos a cuatro manos, nos intercambiamos tanto que nos olvidamos hasta de cuáles eran las cartas que jugaba cada uno. Al final es lo mismo: la banca salta por sí sola, y siempre nos quedamos impávidos. Héctor Libertella, 2002.

 

Llega hasta el pasaje donde vive Rafael Cippolini. Se acuerda de haberlo entrevistado alguna vez para un documental sobre el arte de los noventa. La escena empezaba con el escritor haciendo hervir agua para preparar café y, con los ojos en el paisaje que se le imponía desde la ventana de su cocina, decía que era ese el estado de decrepitud exacto que necesitaba para vivir. Ahora dice lo mismo, como si tuviera que interpretar un papel, con los ojos clavados en el aire y luz del edificio. Todavía mantiene libros apilados en el suelo porque nunca consigue ordenarlos, o incluso llegó a pensar que ese desorden terminó siendo una psicogeografía que lo constituye. Diego Erlan, 2016.

 

Rafael es de esa especie de inspiración constante. Él me enseñó aquellas claves del Faustroll hace muchos años. Suelo decirle: “Rafael, ¿tienes idea de cómo salir de este berenjenal bendito?”. Y él me responde: “No. Pero ¿para qué quieres que nos salgamos si estamos tan incómodos aquí?”. Lorenzo García Vega, 2011.