Monthly Archive for November, 2016

Lúcuma más lúcuma

 

Este posteo tiene seguramente dos orígenes. Uno: encontrarme con este reportaje a Spinetta (L.A.S) en Perú, hace once años (hacer click acá), y la revelación a partir del minuto cincuenta sobre lo “que yace apenas detrás” de esa canción eterna que abre el primer álbum de Invisible. Imperdible. La segunda, unos tweets de FrGr67, alias Fernando García, escuchando y comentando una canción apenas anterior, y pescadiana, encontrando en el jardinero tempranoamanecido (termino tan macedoniano, seguramente por la cercanía a recienvenido) una alucinación del mismo temple de un cuadro del Bosco. Caí en cuenta: no hay longplay de Spinetta que no sea un fabulario de lujo (ya en el payaso almendriano, enumerando rápidamente, la muchacha corazón de tiza -luego exfoliada-, Fermín y sus manos, la insomne Ana, los Hombres Tristes, la fugada Laura). El doble siguiente dobla la apuesta, desde sus Hermanos perros a los legionarios. Ni que hablar entonces de los zares, las nenas bobas, jardineros, serpientes, monstruos, y tantos etcéteras de la Era Rabiosa.

 

 

Pero, quién lo duda es con Invisible cuando el casting se vuelve temerario. Indígenas con rayo láser, Lorena que pierde los zapatos (ahora sabemos que por culpa de sus abuelos), ese desarticulado Elmo Lesto, la azafata del tren fantasma y sus vasallos, los viejos osos del tiempo, la abuela consciencia, los “elementales-leche” -toda una categoría sociológica que no sabemos exactamente de dónde viene ni hacia dónde va-, toda una fauna que en Durazno Sangrando y el Jardín de los presentes -¿el hogar de aquél jardinero?- se multiplican. Tengo todavía en mis ojos la historieta aquella de Expreso Imaginario, con el Capitán Beto y su nave-colectivo hecha en Haedo. Debería haber nostalgia en todo esto: escuché cuatro o cinco años después de su separación, pero el efecto fue definitivo. Es lo que le sucedió a tantos argentinos de mi generación: descubrimos Invisible -ese rock progresivo tan singular- y el postpunk al mismo tiempo, antes de redescubrir aquel primer amor por la psicodelia.

 

 

No importa tanto la instantaneidad (que tantas veces suele ser una pesadilla) como la arqueología colectiva: eso es internet. Porque así aparecen más pruebas, una tras otra, de esas imágenes que esperábamos pero de las que no teníamos ni idea. Como todos estos posters que fueron el imaginario en tinta del semana a semana de Invisible y que poco a poco fueron brotando, nadie sabe bien cómo, pero acá están. Si hablábamos del fabulario (del Manual de zoología Fantástica) del cerebro flotante de la calle Arribeños, por estos afiches de su puño y letra nos quedamos con un tesoro que no imaginábamos pero sí esperábamos. Internet es -y no sólo por Facebook o Youtube- un efecto de tiempo.

 

 

Es lo fabuloso de las mitologías del rock: no se agotan con tracks perdidos. Los mejores creadores nos inundaron de imágenes, de expresiones, de memoriabilia de todos los colores. Preciso: el límite es la nostalgia, cuando sólo es nostalgia. Con Invisible no me sucede: lo escucho con la misma atávica sorpresa, con el mismo carácter de meteorito que encuentro en una de las galerías de aquella Lomas de Zamora de muy fines de los setentas, siempre con la Expreso en la bolsa -los chicos de mi época no usaban mochilas-. No hay ni una pisca de nostalgia: es el mismo efecto de extrañeza.

 

 

Sin embargo, es una matriz de época. Porque no es difícil seguir la continuidad estilística de estos carteles y sumarlas en paralelo a los dibujos de Renata Schussheim, y por ende al tan citado Expreso Imaginario y otros tantos pósters de época. Todos se aggiornarían, pero hay algo que resiste. Que está más allá y más acá del fabulario.

Centelleante Hurón

Los deseos, muchas veces se hacen realidad. Por ahora, el Hurón escribe. O hace que escribe. De momento, puede hacer click acá.

November Rain: una topografía geocefálica

 

Concéntricos Buenos Aires, ese paisaje de Cuaderno de tapas azules (tándem Marechal-Xul) pero en la superficie. ¿Importa la época? No la cronología, pero sucede “en esa extensión de los cincuentas”, residual en la década en que brotó el rock argentino. Superposición tras superposición: el Padre Macedonio, mudándose para teorizar y teorizando para escribir, después de años en el epicentro del bar La Perla, se exilia con su hijo Adolfo ahí nomás del Jardín Botánico. Pero sus rastros quedan en la zona, como sus papeles. Y su ausencia crea nuevos círculos. En Misiones al 300, muy cerca, se funda a cuatro años de su partida a la Bendita Nada el Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires, hoy Longevo Instituto. En la foto que encabeza, un trío fortíssimo. De izquierda a derecha: Juan Esteban Fassio, Mario Pellegrini y Juan Andralis.

 

 

Es parte del desplazamiento. El Instituto funcionaría en ese vértice, llegando a Avenida Belgrano. Pero más allá de Macedonio, en Mario Bravo al 400, Andralis ubicaría su imprenta y su editorial: El Archibrazo (aquel de Zelarayán traductor, más acá y allá del que nunca fue Literal). Ahí también funcionó el Instituto, y en la Terraza de los Tres Propiciadores el inefable Pierre Cantamessa cultivó su jauría de perros cantores.

 


Antes y después, en perímetro y diagonal -los círculos pueden demorarse un rato- nació y se desintegró el antes citado rock argentino. Quiso La Perla y la tragedia.

 

 

Siguen las Eras, nunca imaginarias porque los hechos podrían ser de público conocimiento. Solamente resta caminar, trazar de a trancos esa geometría que une y convoca, que devuelve los fantasmas a su sitio, acompañados de los restos y guiños.
Ni siquiera las lluvias de noviembre borran estas líneas.