Monthly Archive for December, 2015

Una paz embravecida

 

Los chubutenses fantasmas de una filmación (La Película del Rey, opera prima de Sorín) seguirán insistiendo en lo molesto del viento, mientras las ruinas de la legendaria estación hoy son museo (Museo Holdich, para los entendidos), bajo la tutela de Cristina Morales, que reunió un grupo de artistas patagónicos para que dejaran su huella. Empieza el verano y la temperatura sigue baja, y los colores crecidos.

 

 

Madre Cielo (Mother Sky), no sólo en el MP4, sino en el examen paciente y siempre british de David Stubbs (la novísima biblia al krautrock, editada por Caja Negra). Madre Cielo en el tono de tantas madres (de la Invención, Atómicas, y tantas otras) y este otro vértigo donde el arriba y el debajo nos angostan.
No es un libro para leer en una ciudad industrial y decadente, sino entre los restos arqueológicos de una tecnología ganada por el menjunje de política, historia, neurosis de progreso y la eternidad del precioso deterioro.

 

 

Can los enseñó que las máquinas siempre lucen fuera de época. Esos sonidos que no sabemos a donde van, que reaparecen en un paisaje que los vuelve todavía más fríos, más mágicos, más lejanos.

 

 

En el viaje inmediatamente anterior mis lecturas estuvieron matizadas con los Informes de Peter Weiss, por su voluntad y estrategia para ser astutamente moderno, acaso los padres y abuelos de la misma distopía de estímulos. En mi cabeza, un título choca necesariamente con el otro, rearmando el rompecabezas. Los programas de uno se hunden en el otro. En tanto, damos vueltas con Miguel Escobar por Diadema Argentina.

 

 

¿Cómo encajan cada uno de los párrafos en una línea de tiempo? Tanto se nos machacó con la Germania Cordillerana, que estas lecturas fuera de lugar producen resonancias por siempre insólitas. Es el modo en el que viajan las ondas por las distintas dimensiones.

 

Cada libro es un paisaje.
Viceversa también.
Es el cálculo de los horizontes de nuestras bibliotecas.

En las jaulas de la luna

 

Noctámbulo, fóbico al sol –no homologuemos- fascinado por la luz y las comas, un Monsieur Teste en la minuciosa Mesopotamia, un exiliado del fino desmadre de los palmares en la Sagrada Cripta de Samet (Avenida de Mayo 1242, en el recuerdo). Se lo recuerda con Don Witoldo, lo imagino con Coco Madariaga (reiteremos), y también con su complice y adversario, el tal Juan Laurentino. Otro que llevaba su paisaje en los adjetivos y los silencios. Siempre tengo a manos los tomos de la Universidad del Litoral (gracias una vez más, querido Pepe Volpogni). Recordar es releer, releer es reinventar.

 

 

Vuelvo al libro de Roxana Páez. Vuelvo al paisaje entre los versos, letra a letra. No existe paisaje sin idioma. En el mejor de los casos traducimos de uno a otro, de los ojos a las sílabas. Ubico al finísimo Carlos Mastronardi en los intersticios de los otros, me adueño de sus versos, es fin de año. Estoy buscando algo incluso mejor que un Sparklehorse litoraleño. Tradición rima, primero, con respiración.
Quiero seguir aprendiendo de ese río tan río.

 

Después de publicado su primer libro, Tierra amanecida (1926), Mastronardi no volvió a salir a la calle mientras durara el día. Como señala Ricardo Herrera a propósito de esa heliofobia, el poeta “se sustraía a la luz que cantaba en ese poema” (Páez dixit).

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