Monthly Archive for May, 2014

24

En julio cumpliremos 24 años sin Yves Chaland –que de estar vivo, tendría la edad de mi hermano, casi 57-. Entre mis 20 y 22 años escribí tres novelas –felizmente inéditas- y de absoluta influencia flaubertiana. Con esto quiero decir, concentradas y laboriosas, de frases decantadas hasta la extenuación. Era mi juego de entonces: destilar las oraciones hasta la miniatura –hasta el perfecto bonsai- y, en mi plan esquizo, escribir otra en la exuberancia –una sigue llamándose Il Nostro Paradiso, cosí, in italiano, más por Alighieri que por Lezama Lima, aunque en esos días mi enfermedad, además de Monsieur Gustave F., era el etrusco de la calle Trocadero de la Habana-.

¿Y cómo llega Chaland? Porque mi Flaubert no lo sería sin el historietista. Sobre todo por su Cometa Cartago –reescritura de Salambó en la línea clara-. ¿Cómo sospechar que mientras escribía esas novelas el artista de la band-dessinée vivía sus últimos meses en nuestro planeta?

Así era. En mi cabeza de entonces Flaubert era el tío de Yves –cosa que al segundo no le hubiera disgustado, en absoluto-. Las superposiciones abundan: también está Hergé, sin dudas, ídolo de todas mis épocas, pero también Franquin, el papá de Spirou, también blanco de mis devociones. ¿Acaso no reaparece el infalible Zorglub aquí y más aquí? Todos los caminos conducen a la multiplicidad de ese que escribió la versión en cuento de Herodías.

Pero esa calva no estaba sola –y no lo digo por la mía, que todavía no asomaba-. Digo que Monsieur Gustave F. no estaría sólo mucho tiempo porque entraría en escena sin mucha demora, y para quedarse, el autor de esa maravilla titulada Lac: Jean Echenoz. El mismo del que leí hace tan poco 14, novela de guerra sobre la que dijo: «Je pense en termes de rythme, d’accélération, de scansion». A Chaland también le habría encantado.
No lo sé, pero quiero suponer que sí.

C’est tout.

Roma

Viví cerca –si no saco mal la cuenta, aunque no soy demasiado bueno en esto, creo que a dos cuadras- de la casa porteña de Carlo Emilio Gadda. No está de más decir que el ingeniero milanés es uno de esos escritores que en todo momento necesito tener cerca, que me invento esa intimidad porque me hace sentir menos solo. Su sistema literario me hace sentir parte de algo, de un algo que me hace yo mismo. Ahora ¿milanés o romano? Parafraseando al General, romanos somos todos.

Romano Danger Mouse, romano Jack White, romana Nora Jones, romano, por supuesto, Daniele Luppi. En realidad volví, a esa manía del 2011 que es el disco Rome. Si bien estuvo sonando y mucho en mi equipo, en las últimas semanas, After the disco, de Broken Bells, más cierto todavía es que un disco lleva a otro y todos a Rome.

Roma es el común denominador de Danger Mouse y Gadda.
También de Ingeborg Bachmann. Y de una lista que me llevaría meses y meses enumerar. Como Gadda, como Danger Mouse, soy romano del pensamiento.
Como dice Will Graham, Ese es mi diseño.

Tan museo de sí

La expresión la ajustó Gabriel Bernal Granados, poeta y traductor exquisito con quien tuve correspondencia en mis tiempos de co-editor de tsé=tsé. Gabriel fue traductor y editor de ese genio –sí, no me asusta en absoluto el apelativo- que se llamó Guy Davenport. Venero a Davenport. Sigo plagiándolo, sin ningún empacho. Sigo fijándolo como meta. Es una de mis aspiraciones: llegar a escribir ensayos tan buenos como los suyos. Volví a comprar, en la última Feria del Libro de Buenos Aires –y esto porque había cometido el crimen de perder mi ejemplar anterior, editado nada menos que por Aldus- El museo de sí. A tantos años de mi primera lectura, los efectos se concentran y potencian.

¿Qué más decir?
Quiero conocer a Guy Davenport en otra vida. No tengo idea en cuál, pero quiero conocerlo.

Nocturnalia

Otoño es una máquina del tiempo, como los días lluviosos. En otoño estoy en mi casa de Lomas de Zamora, aunque pase semanas sin pisar Lomas de Zamora. Simplemente camino por Almagro, mi barrio actual, y estoy también en Lomas, aunque esto sea únicamente una cuestión climática.
El arte, me enseñó Don Libertella, es un fenómeno meteorológico. Como las ciudades y los barrios.

Otoño es también una escritura y una hora del día. Es la noche, la madrugada antes de que despunte el día. Es la hora de un tipo de escritura, de un género. Elizondo lo reconocía con el nombre de Noctuales –otro elizondismo, por supuesto-. Soy más teológico, prefiero regirme por las enseñanzas de San Benedetto (el de Norcia, no el de Tronto). Porque ¿qué duda cabe? nos referimos nada menos que a un hábito. Mezclo a propósito la estampa del italiano con la del ensayista de Coventry, mi estimadísimo Cirilo Connolly.
¿The Unquiet Grave es una Nocturnalia? No hay caso. La mezcla es puro capricho. Y pocas cosas son más necesarias en la vida que un untuoso capricho.

Caminamos con Vero por Almagro, de noche. Bastante más temprano que la hora de esa fulminante escritura.
La meteorología, ya sabemos, da para –casi- todo.