Monthly Archive for November, 2013

De diamantes, conejos y zanahorias


El ecosistema de referencias no varía demasiado (es la imposición habitual): Ornette Coleman y su tradición de free jazz, el honorable par formado por Muddy Waters y Howlin’ Wolf, por supuesto su viejo amigo-enemigo Frank Zappa, cierto slang-dadá (también volveré sobre esto) e incluso, algunas veces, Moondog (el vikingo de la Sexta Avenida). Es el kit más usual para definir a Captain Beefheart y su obra. Y por alguna razón (por supuesto no exótica ni sorprendente) la sumatoria aparente de los términos antes enumerados conduce (básicamente) a un solo disco. Por supuesto, no cualquier disco, sino uno excepcional: Trout Mask Replica (1969).


Ahora bien: durante dos tercios de lo que llevo vivido, delectarme y estudiar la obra y vida de Don Vliet ha sido una constante, y si algo puedo afirmar al respecto es que Trout Mask Replica (TMR) no es una buena opción para ingresar a su repertorio. Ni siquiera a su mito. ¿Por qué? Captain Beefheart es mucho más que ese disco, que sin dudas refleja una experiencia capital en su trayectoria y un punto cardinal en la música popular de esos años (me gusta ubicarlo entre la marea de electricidad y experimentación de álbumes como los inmediatamente anteriores Absolut Free y Lumpy Gravy de Zappa (ambos de 1967) y el disco debut de The Stooges, dos años posterior). Si bien la influencia de TMR es muy grande , no es difícil argumentar que Shiny Beast (1978), que abre una segunda -o tercera- etapa en su carrera, es aún más influyente y, sin dudas, mucho más representativo de todo lo realizado por el cantante y saxofonista. Basta con escuchar Bat Chain Puller, cinco minutos veintisiete segundos que condensan su estilo y universo. Creo que es la mejor llave de acceso: su Aleph.

Presentación de Las Ranas nª 8

La oposición digital

Amontonaré, en estos primeros párrafos, unas tantas concordancias. Es lo primero que intento para sentirme en red, lo que no me resulta fácil.
Ante todo, estoy de acuerdo con Damián Tabarovsky cuando insiste en que hay que escribir contra la propia época. Es más, lo subrayo con énfasis. También creo, emulando la sabiduría china, que es una maldición vivir tiempos interesantes. Doble subrayado. Por eso mismo, todavía arengo para que convirtamos la web en nuestra Bastilla.
Por todo esto también estuve de acuerdo, hace poco más de tres años, cuando Chris Anderson, de la revista Wired, publicó aquella tapa para algunos incendiaria que rezaba: “The Web is Dead”. Lo que hizo entonces, según lo entiendo, es cargar las tintas sobre algo que se dejaba sentir: la web se exhibe herida de muerte. Una larga muerte. Wired, fiel a su vocación vanguardista, se adelantaba a los hechos.
La web sigue muriéndose, es una larga, muy larga agonía. La web fue una bella idea, una idea bella, peligrosa y estúpida como cualquier utopía. Hoy sólo subsisten, diseminados por acá y allá, sus estertores. Y la metástasis avanza (pido disculpas por adelantado debido a esta imagen desafortunada). Esa metástasis tiene nombre y apellido: las redes sociales. ¿Más específicamente? Facebook y Twitter.
No se entienda que me desdigo cuando afirmo que creo que Facebook y Twitter pueden resultar útiles. Si los disfrazo de enemigos es porque su distracción dura demasiado. Y no se trata de una buena distracción.
Como ciertos fármacos, en muy módicas dosis resultan beneficiosos. Se aumenta la cuota y la intoxicación es irreversible.
Cuando supe de qué se trataba realmente la web –hace ya casi dos décadas- se estaba imponiendo un verbo maravilloso: navegar. La web era algo a navegar, suponía un mar. Cualquier Popeye lo sabe: el mar es lo desconocido. Recalar en cualquier territorio, concluir las horas en cualquier destino: “de un link, a otro link, a otro link”, era sinónimo a “de un tema, a otro tema, a otro tema”. La promesa de una enciclopedia desmedida, bizarra, corrosiva. Un tomo inabarcable que podíamos abrir en cualquier parte. Una enciclopedia escrita y construida por todos y por nadie. Sabíamos que iba a durar poco, como todo lo aparentemente bueno. Pero duró mucho menos de lo esperado.
Entiéndase: no soy Jaron Zepel Lanier ni podría lucir sus dreadlocks. Hace siete u ocho años atrás, amigos que ahora lamentablemente veo poco, insistían en que, tratándose de la web, poco importaban los contenidos. La aventura real, el desafío a la vuelta de la esquina, era crear plataformas, infraestructura digital. Deberíamos haber visto antes –debería haberse filmado antes- The Social Network, de David Fincher. Si hubiéramos tenido la oportunidad de ver los gestos de ese actor, sus actitudes –desde la primera escena-, nuestro inmediato desencanto nos hubiera protegido.


La web es una adicción. Mejorar esa adicción es una tarea encomiable.
La web es una actitud. Un estilo que nos define como usuarios.
La web, nos enseño el inolvidable Héctor Libertella hace muchos años, como cualquier red tiene un 98,5% de agujeros. En algún momento esos agujeros podrían haber sido un incordio. Hoy son nuestro paraíso.
Hoy el estilo que nos define como usuarios es una prioridad, es un estilizado grito de guerra y ese estilo es nuestro tiempo. Nuestro tiempo personal, esto es, nuestro ritmo.
Tener estilo como usuario es imponer –en las módicas, ridículas cuotas que nos son posibles- nuestro ritmo. Suena muy Paul Virilio y me alegra. El dromólogo francés sigue insistiendo en que somos nuestra velocidad y esto me emociona.
Esto se vuelve muy largo y mi prioridad es, en este mismo momento, recomendarles la lectura de un blog, el del filósofo y antropólogo-ontológico español Rosendo González.
Decir blog suena viejo, viejísimo. Más arqueología que antropología, seguramente.
Léanlo. Constancia y fidelidad a sí. Actitud y ritmo.
Alguna vez aseveré –y lo sigo sosteniendo- que un tecnófobo no es alguien que detesta la tecnología, sino aquel que prefiere la tecnología de una época anterior. Escribo esto para dejar en claro que no me considero un tecnófobo, sino que, contrario sensu, me inclino por la figura del Caballo de Troya (cara a dos de los ya citados, Libertella y Tabarovsky). Quiero decir: no me importa la plataforma, sino una inteligencia singular que imprima su propio ritmo.
Durante muchos años fui fan absoluto de la revista de historietas y electrónica Lúpin. La leí devotamente. Y sigue emocionándome esa sabiduría de garaje, de adicto a la electrónica casera, de inventor de fin de semana.
Ahora mismo pienso en un garaje mental, que en realidad se parece bastante podo a aquellos otros garajes de mi infancia y adolescencia.

La ciudad tecnicolor es más un gabinete de observación, un camarote de implacable estudioso, el diario on line de quien sigue apasionado por entender cómo se debe seguir pensando este tiempo interesante en el que vivimos. Y lo hace con un afán y un desparpajo intrincadamente envidiable.
Si la web sigue agonizando por falta de pulso, las bitácoras personales fieles a sus temas, al menos seguirán sosteniendo aquella sempiterna esperanza de que la web también podría ser otra cosa.
Algo bastante menos previsible.
La ciudad tecnicolor me hace sentir, de a ratos, que la palabra red puede no ser todavía una palabra rancia.

Publicado en Mediomundo

Los Anillos de Saturno

El sistema inestable


Toda ciudad está llena de árboles y en la ciudad imaginaria de los escritores podríamos decir que existe, en el centro, un “árbol de las transformaciones”. Es el mapa que, inspirado en John Dee, el ocultista inglés del siglo XVI, confeccionó Héctor Libertella en los años 80 para trazar un orden en la serie de escrituras y reescrituras de sus libros, y que el martes ilustró la conferencia que Rafael Cippolini dio en las Jornadas Libertella/Lamborghini.
Mientras prepara para el año que viene la publicación por Mansalva de un volumen que reunirá los tres libros que escribió con Libertella a cuatro manos ( La Oposición Ilustrada, La Diversión y Juan Moreira entre elefantes ), el ensayista contó que al conocerlo en el otoño de 1989, una de las primeras preguntas que le hizo fue, justamente, por qué esa obsesión por reescribir. Y Libertella respondió de forma contundente: “Porque no me tolero a mí mismo. Porque es un intento más metódico que desesperado por cambiarme todo el tiempo, sabiendo que eso será inútil.”


A Libertella le gustaba la anécdota del pintor francés Pierre Bonnard, que a los setenta años y cuando sus obras ya eran propiedad del Louvre, se hacía pasar por pintor aficionado que pretendía copiar las pinturas de los grandes maestros y, en algún descuido de los guardias, acercarse a retocar sus obras de juventud. Cippolini se propuso explicar el “Sistema Libertella” a partir de una taxonomía botánica: su estrategia de la poda (reescribir como quien poda, sustrayendo paradojalmente), del injerto (la suma de textos) o de las ramificaciones (injertos excedidos). “Es absolutamente necesario convertirse en un sistema”, dijo alguna vez Balzac y Libertella hizo un culto de esa frase, aunque desconfiaba y rehuía de los procedimientos cerrados, de las repeticiones calculadas.
Incluso solía definirse a sí mismo como un sistema inestable. “No es tan difícil descubrir que Libertella detestaba los sistemas y al mismo tiempo se fascinaba con ellos”, explicó Cippolini. La reescritura era en su visión un modo de golpear contra el sistema, de volverlo más débil. Y cuanto más débil, más vulnerable. “Ya estás tan demolido que nadie te puede demoler más allá de eso y resistís indemne a cualquier ataque”, le escribió Libertella una vez a Cippolini. Y así lo hizo.

Por Diego Erlan

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