Monthly Archive for October, 2013

Reescrituras, relecturas


Libertella entendía al libro como un soporte de escritura que sólo concluía con la muerte del escritor. Se había enamorado de la anécdota del pintor nabí Pierre Bonnard, que le conté cierta vez y que menciona al pasar en la página 88 de El árbol de Saussure “obras de padecer una interminable ejecución: muy reescritas”. Prestemos atención a los términos: interminable, ejecución, padecimiento. Y por supuesto, reescritura. Hasta los pintores reescriben cuando pintan.


La imprenta era sólo una estación, una escala –en todos los sentidos del término- Un libro era el resultado de una sucesión de actos nunca menor a: 1. mecanografiar (la mecánica música del tipeo), 2. corregir a mano, volver a mecanografiar , volver a escribir a mano, mandar a imprenta. Retomar el libro impreso –esto no necesariamente era inmediato-. Volvía sobre el libro para reescribirlo, ya no para corregirlo. De acuerdo a su mecánica, la corrección, en un momento bastante temprano, devenía reescritura. Este paso entre corrección y reescritura es fundamental.


Dije que Libertella reescribía todos los días libros, en plural. En verdad Libertella reescribía sus obras completas, tema sobre el que volveremos. No se trataba de un solo libro. Eran obras completas, tomos. Pocos tomos, pero tomos al fin. Y cada uno de esos tomos contiene varios libros. El orden de estos libros varía. La reescritura en Libertella nunca es casual, sino estratégica. También pensaba que podían editarse, simultáneamente, varias obras completas. Como los diferentes Códex de Leonardo Da Vinci, pero planificados en vida, chequeados y redistribuidos. Hay 4 versiones madres de sus obras completas. Sigamos precisando: recién al cumplir sus 50 años, en la que fue la última década de su vida, esto es a partir de 1995, Libertella se impone definitivamente la necesidad de reescribir y producir en un esquema de obras completas.

Argentina Lisérgica


Existe una Psicodelia Nacional. En esta afirmación se basa la nueva muestra de patrimonio del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires que propone un viaje hacia la iconografía y los escenarios artísticos de otro tiempo: el pop extremado de los desbordados sesentas y los tempranos e intensificados setentas, haciendo especial énfasis en sus nutrientes (el surrealismo criollo, la geometría blanda, el arte cinético y lumínico local, las omnipresentes vanguardias internacionales) y en sus efectos posteriores.


Proponiendo una alternativa a su histórica versión contracultural, en esta exposición la psicodelia se revela desde un entramado de síntomas formales. Si en sus orígenes se denominó arte lisérgico al producido a partir de la experimentación con sustancias alucinógenas –especialmente por los efectos psicotrópicos del LSD-, en esta oportunidad recomenzamos por la materialidad de sus visiones y sus constantes morfológicas: líneas, texturas, volúmenes. Las alucinaciones también tienen su catálogo, su alfabeto visual.

Diseño gráfico, pintura, collage, cine experimental, escultura, fotografía, grabado, objetos, diseño industrial, todos los formatos que conforman la colección del museo están representados en la exhibición. La psicodelia se reconstruye en la pesquisa de sus trucos, precursores y herencias.


Argentina lisérgica es también una zona de encuentro. Una hipótesis de lectura de una época necesariamente marcada por el contexto político: frente a la tensión de dos polos contrastados en blanco y negro, una tercera posición de color y forma, o una línea de fuga vital, festiva, que puso en diálogo al arte institucional con la cultura de masas y que, con su ineludible artillería de percepción alucinada, puede verse como uno de los atajos más suculentos hacia la contemporaneidad.
El rastreo del Gen Psicodélico en las creaciones de nuestros pasados y otros tantos presentes.

Con obras de Roberto Aizenberg, Juan Andino, Pompeyo Audivert, Luis Fernando Benedit, Bandi Binder, Ricardo Blanco, Mildred Burton, Miguel Caride, Camelo Carrá, Juan Cavallero, Jorge de la Vega, Casimiro Domingo, Manuel Espinosa, Carlos Furman, Edgardo Giménez, Abdulio Giudici, Luis Gowland Moreno, Miguel Harte, Fabio Kacero, Bruno Janello, Julio Le Parc, Alfredo Londaibere, Eduardo Mac Entyre, Rómulo Macció, Victor Magariños, María Martorell’ Marta Minujín, Oski, Aldo Paparella, Martha Peluffo, Rogelio Polesello, Marcelo Pombo, Pérez Celis, Omar Schilliro, Antonio Seguí, Carlos Silva, Oscar Smoje, Carlos Squirru, Juan Stoppani, Peter Van Artens y Xul Solar,
entre otros.

Todos los Martes, Miércoles, Jueves, Viernes, Sábado, Domingo.
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba)
av. San Juan 350 CABA
Ciudad de Buenos Aires

Filosofía Sub 40: Ensayo filosófico

En el marco de la cooperación cultural entre España y la Argentina, CCEBA, Oficina Cultural de la Embajada de España, junto a la Dirección General del Libro, Bibliotecas y Promoción de la Lectura GCBA convocan al Segundo Concurso Filosófico Filosofía Sub 40, 30 + 30. Democracia, una mirada al futuro, con el objetivo de promover la creación literaria de los escritores menores de 40 años que transiten con sus obras al nuevo pensamiento filosófico en la lengua castellana.
No se aceptarán papers, tesis, tesinas, artículos, ni trabajos académicos. Se valorará la escritura creativa, inventiva conceptualmente, sin jerga específica ni aparato crítico.
El Jurado estará compuesto por Beatriz Preciado, Rafael Cippolini y Christian Ferrer. Además de representantes de la DGLBYPL y CCEBA- Oficina Cultural de España.

Más información acá.

Criollo del Universo


¿No es perfectamente lógico que a Oski, destacadísimo ejemplar de enciclopedista hiperbólico, se le rindan homenajes en el Museo Nacional de Bellas Artes? Pocos de nuestros artistas podrían ajustarse más a la fórmula acuñada por Francisco Madariaga: Criollo del Universo. La institución y Rep, para nuestro regocijo, vienen a saldar una deuda histórica mediante una exposición íntima e imperdible (y un catálogo de colección).
Es cierto, Oski ya había expuesto en el Museo –junto a Hermenegildo Sábat, en 1972-, pero la sensación es que esta vez su obra regresa, por mérito propio, con la merecida contundencia: la de un prócer de nuestras artes.

Oski fue un curioso tradicionalista –un refundador de tradiciones, es decir, un lector finísimo, y más aún: un observador de desacoplada inventiva- que entendió, bastante antes de que se estableciera y sin proponérselo, una de las premisas fundantes de la filosofía posestructuralista: los regímenes de enunciado consienten pactos de lo más curiosos con los regímenes de visibilidad. Es decir: entre lo que nos enseñaron a ver y aprendimos a leer, explotan distancias que demuestran que la razón no sólo engendra monstruos, sino también carcajadas irreprimibles.
Vayamos a su biografía, comentémosla un poco: Oski nació, por lo menos, tres veces. Biológicamente, bautizado Oscar Esteban Conti, en la primavera de 1914, como hijo menor de un escribano y de un ama de casa. Volvió a hacerlo poco después de cumplir 28 años, en 1942, cuando adoptó el alias con el cual se haría famoso y comenzó a colaborar con Carlos Warnes, asimismo célebre por su alter ego, César Bruto.

 


Su tercer nacimiento es el más debatido. Algunos dirán que fue en 1955, cuando, en colaboración con Bruto, editó Medisinal (sic) Butoski ilustrado, aunque, personalmente, me alineo con quienes afirman que sucedió tres años más tarde, el día que la Compañía Fabril Editora publicó esa obra maestra titulada Vera Historia de Indias. Si desde un primer momento fue un maestro, a partir de ese instante lo fue más que nunca.
Desde entonces, ya dueño de un dibujo virtuoso, descomedido y refinado –por el cual, con automática unanimidad fue señalado como tributario del dibujante rumano-estadounidense Saúl Steinberg- Oski siguió revisitando grandes temas de la Historia Universal (el descubrimiento de América, la historia del deporte, el erotismo, la historia de la medicina –todo un capítulo aparte ameritarían sus Comentarios a las Tablas Médicas de Salerno-) y cimas literarias, como El Fantasma de Canterville, de Oscar Wilde.
Queda claro hasta con la más apresurada de las lecturas (y las miradas): Oski desentrañó con sus dibujos muchísimo de lo que los textos canónicos prometían. Puso en imágenes el potencial descerebrante que estas piezas claves de la humanidad atesoraban, y abrió de este modo otra puerta para seguir descubriéndolos. Repito: Oski fue un enciclopedista, pero ante todo campeón –trazo mediante- de la hipérbole.

Como Brueghel y Cándido López, fue un miniaturista notable y un narrador alambicado. Como El Bosco, Oski fue un gran ilustrador de temas capitales. ¿Acaso la Historia del Arte no es una sucesión de todo tipo de ilustradores de la comedia y la tragedia humana? No hay más que detenerse en su versión de Vasco Nuñez de Balboa (Balboa llega al Pacífico, en Vera Historia…) para volver a maravillarse con lo que puede una sola de sus viñetas. Ahí, la mordacidad, la candidez y el implacable detalle se entremezclan y contagian hasta indiferenciarse.


Oski no sólo fue un observador nato, sino también un esmerado artesano y un psicólogo de famosas situaciones, que vistas con un mínimo de detenimiento, resultan desconcertantes. Cerca de sus admirados Aristófanes y Estanislao del Campo, nos refrescó lo que aquellos nos enseñaron: la Historia y el Absurdo se fabrican con la misma materia.
Nada más lejano a la figura de un humorista de gabinete, del genio amargo refugiado en su taller. Oski fue un nómade curtido –tuvo domicilios en Cuzco, Roma, París, Santiago, La Habana y Barcelona, entre otros-, un fecundo hijo de su tiempo que frecuentó a Divito, Carlos Sampayo, Miguel Rojas Mix, León Ferrari y Umberto Eco, y parecía sentirse tan cómodo en las ediciones impresas como en las salas de exhibición (realizó muestras en La Paz, Mendoza, Buenos Aires, Caracas, México DF, Bogotá, La Plata, Florencia, Milán y en tantas otras ciudades). No es un dato menor que oportunamente sus dibujos se hayan expuesto en salas célebres, desde el Museo de Arte Moderno de Roma, el Palacio de Bellas Artes de México, en galerías como Bonino, Lirolay, Van Riel o Carmen Waugh. Supo transitar cada espacio siempre fiel a su estilo, a su modo de hacer arte, imponiéndose más allá de los clásicos prejuicios y sectarismos. Al fin de cuentas, siendo una de las firmas estelares de Rico Tipo –que semanalmente vendía más de 260.000 ejemplares- realizó paralelamente escenografías para obras de Sartre (La putain respectuese) y Bernard Shaw (Androcles and the Lion), así como estudios sobre los mosaicos de la iglesia de Santa María en Trastévere. Es un hecho, se lo notaba muy cómodo colaborando en publicaciones de izquierda como Via Nuove o L’Unitá, pero también en Billiken o Satiricón. Por necesidad o gusto, circuló de una manera incesante.

Habrá quienes piensan que se detuvo cuando murió en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, a los 65 años, en 1979.
Esta exposición, por suerte, demuestra lo contrario.

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