Monthly Archive for August, 2013

La instantaneidad de lo digital transforma al epigrama en un jadeo

Twitter es una plataforma muy pregnante, y lo cierto es que sus efectos no se limitan a la web, sino que contaminan nuestros modos de pensar. No lo describiría como síntesis sino como ansiedad. La instantaneidad de lo digital transforma al epigrama en un jadeo. Elegimos correr, y correr cansa.
Los contextos están compuestos de tiempo, son tiempo. Habitualmente tenemos que distribuir nuestra atención entre tanta información que ésta caduca con la misma celeridad. La noticia que nos proporciona Twitter es por definición superficial. Una amiga dice “Twitter es opio digital” y yo agregaría “también es estrés encubierto”. Por más fugaces que parezcan, los tweets ocupan lugar en el cerebro.
Es que cambió el lugar de los escritores y de los intelectuales. Tener o no una cuenta en Twitter define una relación con la escritura. De mi parte, no estoy en contra de Twitter pero no lo necesito. Lo mismo me sucede con Facebook. Ya tengo demasiadas necesidades como para sumarles otras más. En una época en la que ya no parece existir un afuera de lo digital, me reconforta imaginarme que puedo imprimirle mi tiempo. Aunque no sea del todo posible.

Hoy en Ñ. Declaraciones de RC en
La cultura que nace en Twitter ¿es o se hace?
Por Silvana Boschi. 

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Apenas sob uma luz enturvada

 

A pura luz e a pura obscuridade são dois vazios que são a mesma coisa. Apenas sob uma luz determinada – e a luz é determinada pela obscuridade – e portanto apenas sob uma luz enturvada, pode se distinguir algo.
G. W. F. Hegel, citado por Víctor Stoichita

Um dos vícios mais atraentes de muitos artistas modernos foi utilizar a datação de suas obras como fator antecipatório [penso agora em James Ensor, em Giorgio de Chirico, e seria fácil multiplicar os exemplos]. Eles costumavam arcaizar suas pinturas ao datá-las antes do dia, mês e ano em que haviam sequer sido pensadas. Adulteração, licença poética? Uma exclui a outra? Vamos converter o gesto em premissa e levá-lo um pouco mais além. Não poderia se tratar, ao modo de uma observação em espécie, de uma indagação deslocada sobre a arbitrariedade das correspondências entre figura e tempo?
De fato, o que é uma imagem fixa sem tempo em repouso?

 

 

Invertamos agora a equação. Diante do paralisado sossego da fixação histórica, gerações de artistas se dedicaram a projetar variáveis. Variações. Recorrências do detalhe. Tensões. Pacientes – e muitas vezes virtuosas – defasagens. Não com o fim de alimentar o glossário de formas, mas a fim de detectar (e convidar a percorrer) os caminhos anunciados e ainda não percorridos. Um membro contemporâneo e destacado deste clã de modificadores é sem dúvida o artista que nos ocupa, Max Gómez Canle.
Mais que uma retórica da variável, o que ele parece nos propor é uma propedêutica. Uma imagem fechada fatalmente implica um número acidental de métodos e instrumentos de leitura que contêm – ao mesmo tempo em que restringem – a potência da mesma. A ação de Gómez Canle não atua sobre esses instrumentos, e sim na confecção da própria imagem.
Nesta exposição, propõe três tipos de recursos não excludentes: primo, um fator de intromissão – que observamos na morfologia de sombras e nos reflexos aquáticos geométricos-; secondo, um fator de superposição – presente no tríptico de nuvens-; e terzo, um último fator, talvez mais amplo, que denominamos provisoriamente como cotejo de materiais, reunindo obras tão diversas como um estudo sobre Torres de Babel pintadas no século XVI [nada menos que um século de Torres de Babel], um cone tridimensional que altera a bidimensionalidade do papel e, finalmente, uma investigação sobre as distintas tonalidades da cor negra [assim como os esquimós reconhecem distintos tons de branco, Gómez Canle ensaia a interação de diferentes densidades da obscuridade].

Resumindo: com a soma de proposições de cada um desses fatores – dos presentes nesta exposição e dos que vem propondo desde o início da década passada -, nosso artista constrói um mundo, isto é, um estilo. Sua alusão propedêutica não é nenhuma outra coisa: na intimidade de seu método, cada imagem não é apenas um capricho, mas também uma enciclopédia visual que esquadrinha os ensinamentos de uma tradição inesgotável.

(fonte: Casa Triângulo)
El devenir de una memoria
Abertura 29 de agosto, das 19h às 22h
30 de agosto a 21 de setembro
Casa Triângulo
Rua Paes de Araújo, 77
Itaim – SP – Brasil
T: 3167-5621

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Ansiedad, dispersión y abandono


¿Qué queda de Basquiat, hoy? ¿Qué lo sobrevive, más allá y más acá de su mito –que no es nada diferente de la caricatura del zeigeist de los ’80 en Nueva York–, y de la industria de su presencia, todavía vertiginosa? Si bien las relaciones entre mercado y tradición a finales del siglo XX son bien complejas –cruces que no se circunscriben del todo a las calculadas y mutuas indiferencias entre academia y circulación de arte–, lo cierto (y perdone el lector de antemano lo bizarro de la comparación) es que, tratándose de Basquiat, podría parafrasearse lo que alguna vez se dijo sobre el “efecto Quinquela Martín”: no podríamos comprenderlo cabalmente sin la ayuda de la sociología.

Y es que el descendiente de haitianos y portorriqueños resulta, más que cualquiera de sus compañeros de generación (como Keith Haring, Cindy Sherman o Julian Schnabel, aunque los dos últimos son casi una década mayores) un combinado exacto –para no insistir con arquetipos y metáforas– de ansiedad, dispersión y abandono.

¿Fue grafitero? Más bien pasó por el graffiti. ¿Un agitador urbano? Su actividad firmada SAMO podría ser historiada desde esta perspectiva. ¿Músico? Gray fue más un proyecto que una banda, con todas las diferencias del caso. ¿Africanista? Si aceptamos al Peter Gabriel o al Paul Simon de esos años como estudiosos del continente negro –recurrente exageración pop–, podríamos auscultar alguna referencia. ¿Continuador de Jean Dubuffet y su art brut en La Gran Manzana? Tremendo disparate. Por favor relean Cultura asfixiante, ensayo-manifiesto del creador francés que Juana Bignozzi tradujo muy a principios de los ’70, y saquen sus propias conclusiones. ¿Cultor de programáticos excesos? Perdón, ¿acaso no nos referimos a una época que fue un exceso en sí misma, tratándose de una postal de Nueva York inmediatamente posterior a esos recién citados salvajes ’70?

Su mentor, Warhol, vivía coordinadas similares a las de André Breton en la posguerra: articulaba con su habitual sagacidad cualquier tipo de lifting cultural para que los años no lo desmintieran. Pero su actitud –y su noción de autopromoción omnívora– lo habían transformado todo. Warhol había contagiado a Fassbinder, a los Rolling Stones y hasta al nuevo periodismo (recordemos la impactante Interview, la revolución fashion hasta en los kioscos). El efecto de Warhol fue centrífugo, lo salpicó todo. Pero ¿podemos decir lo mismo de su discípulo? Volvemos al principio de estas líneas, ¿qué queda de él?

 

Basquiat tendría hoy la misma edad de Bono, Leós Carax y Jeffrey Eugenides. Pero éstos tuvieron la oportunidad de seguir adelante, de extender sus propuestas, de envejecer –madurar puede ser un verbo muy tramposo– en público. A Basquiat lo reconocemos en una cronología que apenas si escapa del lustro. Basquiat se cierra sobre sí. Más cerca de un étnico James Dean que de un misterioso Arthur Cravan.

Trayéndolo a nuestras coordenadas, ¿qué es Basquiat para un artista argentino? ¿Quién lo reclama? ¿Alguien sub-50? ¿Existe algo parecido, en el medio que nos toca, a la influencia Basquiat? Es un interrogante envenenado, porque ¿qué se debería demandar? Curioso, Basquiat podría ser un cliché ochentoso, pero no lo es. O no del todo. Porque la influencia visual de Basquiat nos remite inmediatamente a una de sus fuentes: la gráfica. Revisemos un poco en lo más trash de la historieta actual, en ese alborotado y fluctuante margen que va de la ilustración a cierto diseño gráfico, pasando por algunas de las zonas del street art, y Basquiat reaparece por las influencias que lo hicieron posible. Me resulta más fácil reconocerlo en algunos porfolios presentados en un festival como el marplatense Trimarchi y en ciertos seguidores de artistas, como los enigmáticos Un Faulduo (densificado comic experimental), que en lo más mainstream de los circuitos del arte contemporáneo vernáculo.

Publicado en Radar

Just Flor


Hace un año y medio descubrí a Florencia Caterina en una pintura de Maurycy Minkowski. Se trataba de una imagen de los años ’20 en la que vemos a unas adolescentes polacas yendo a la escuela. Cuando Flor se vio (le envié el detalle por mail), me contestó enseguida: “Waaaaaaaw! No lo puedo creer. Definitivamente soy yo”.
Florencia murió, a los 27 años, el pasado martes 6 de agosto, en la que los medios señalan como la mayor tragedia que sufrió la ciudad de Rosario. Vivía en el edificio que se derrumbó.
Era una de mis artistas favoritas, además de mi amiga.
Cada generación reactualiza la avenencia arte-vida. Ernesto Ballesteros se refirió no hace mucho al “yo aéreo o gaseoso” que diferencia a tantos creadores nacidos a fines de los ’70 y durante los ’80, un yo tan mudable como fluctuante, de aquel “yo rocoso” más habitual en sus antecesores, máquinas de guerra que observaron su tarea necesariamente como una batalla.


“No entendemos las disciplinas arquetípicas (nos parecen aburridas)” dice el texto-manifiesto que sirve de carta de presentación de La Herrmana Favorita (grupo que Florencia integraba desde 2008, junto a sus cómplices de siempre Ángeles Ascúa y Matías Pepe –el amor de su vida, como me dijo alguna vez-). “Concebimos el arte como una posibilidad de encuentro de las pasiones del ánimo: la ira, el estrés, el amor, el orden, la dicha, el odio, etc. (Especialmente el amor). (…) Reconocemos nuestra labor sobre un cruce: la gestión, la curaduría, la producción visual e intelectual”. Sus voraces coordenadas, múltiples y cambiantes, podían fácilmente desorientar a todos los que no teníamos su prisa. Tres mentes aceleradas y ansiosas –la de Florencia, más que ninguna- que se interpotenciaron sin descanso. Una infidencia: en el verano anterior desactivé la posibilidad de chat que ofrece el servicio de correo electrónico porque en todo momento ahí estaba Florencia consultándome por su último proyecto –tenía uno por minuto, de promedio-. Un campamento teórico, una investigación sobre un detalle del arte de la región, una instalación en su casa, una presentación, una exposición con La Herrmana (así, con doble R), una acción callejera, una clase en una universidad, una edición numerada, un video, una nueva tanda de pinturas, clases de yoga, que le recomendara más libros, planes para explorar las islas del Paraná, y no sigo porque la lista abarcaría páginas enteras. Su adorado Maxi Rossini (otro artista brillante) le diagnosticó en su oportunidad: “sos una mujer de cuarenta en el cuerpo de una de veinte”. Florencia siempre fue un tumulto, en todos los sentidos del término.


Una belleza-Kraken disparada en todas las direcciones, con una avidez ilimitada. Volviendo al primer párrafo, no debería ser en absoluto desconcertarte que también haya viajado en el tiempo y visitado otras épocas.
La Herrmana Favorita se presenta en su blog con una declaración de Julia Enriquez, que estoy convencido que es un programa milimétricamente diseñado para Caterina, y que además cultivó devotamente, incluso sin ser consciente, o no del todo. Dice así: “Me gusta la gente muy cebada con ser sí misma. No necesariamente en extravagancia, sino por responder a un núcleo de actitud que andá a saber de dónde carajo salió.”
Alguna vez alguien me contó una conversación que había tenido con Yves Klein. También recuerdo el comentario que me hizo otro artista, de una tarde que pasó en la Factory con Andy Warhol. En lo que respecta a las impresiones memorables, realmente memorables e imprescindibles, puedo ufanarme de haber conocido y querido a Florencia Caterina. No se amparó en ninguna celebridad para cambiarme definitivamente.

Hoy en Radar.