Monthly Archive for January, 2013

La realidad es el incesante lifting de la ficción

Presente y online son sinónimos: hasta los noticieros se alimentan de las redes sociales. Aquí, un análisis de los cambios que marcó lo digital en las nociones de identidad y ficción. En la revista Ñ.


Vivimos en un estado de reality permanente sostenido en lo digital. Presente y online tienden a confundirse en la perfecta sinonimia. Observen a los pasajeros en cualquier colectivo. Simplemente tomen nota del número de ellos que permanece absorto con la mirada fija en su iPhone o Blackberry, haciendo caso omiso a todo lo que sucede a su alrededor. ¿Realidad extendida dentro y fuera de la pantalla? ¿El revés de Las ruinas circulares de Borges? ¿La realidad dentro de la realidad?¿Cuál de cuál?
¿Acaso los noticieros no se alimentan también de las redes sociales?
Hace ocho años, en su libro Ciudad pánico (Capital Intelectual), Paul Virilio volvía a advertir sobre la desaparición de “una cierta relación con los lugares y con lo real, que se está disolviendo, que se está volviendo evanescente. La contaminación del tamaño natural, la contaminación de las proporciones, no es más que la contaminación de la relación con el mundo”. En julio pasado, la marca de lencería Victoria’s Secret fue cuestionada duramente por “abuso de Photoshop” en sus campañas mediáticas. En octubre, una publicidad de Christian Dior fue prohibida en Inglaterra por el retoque digital de las pestañas de Natalie Portman, atendiendo a un reclamo contra “el engaño de los posibles efectos del producto”. Ya sabemos, la virtualidad es el incesante lifting de lo real.

 


En la edición 474 de esta revista, el escritor brasileño Bernardo Carvalho comentaba: “La ficción sigue existiendo en Internet. Pero para que tenga algún efecto, necesita provocar daños reales. Internet está llena de ficción, pero la ficción en Internet debe parecer real. (…) Internet es un mundo de creyentes, lo que termina reduciendo la ficción al ámbito de la impostura, de la difamación, de la calumnia”.
¿Contra los demás? ¿Contra uno mismo?

Alguna vez, el antropólogo y poeta Michel Leiris promocionó la confesión como una tauromaquia: un modo muy peligroso de situarse frente a los demás, con la misma urgencia del torero frente a los cuernos de su embestidor. No hace tanto, el músico Andrés Calamaro relató en Twitter cómo asesinó a un heroinómano en Madrid. “Aunque filosóficamente es interesante, y no es nada del otro mundo. Le quité la vida a alguien y tampoco estoy demasiado orgulloso de eso. (…) Fue puro instinto, yo quería defender a los que estaban conmigo. No hubo casi pelea. Digamos que lo maté como a una rata”. Los medios enseguida se hicieron eco. Calamaro, rapidísimo de reflejos, no volvió sobre su narración, sino sobre la naturaleza del soporte, del lugar: “Para mí el Tweety es literatura o provocar pensamientos. Por lo visto es una propuesta que le queda grande a algunos bobinas”.
Sin dudas, usamos lo ficcional de otro modo. ¿Y qué es lo ficcional en este caso sino un contundente territorio de indeterminaciones que, invariablemente, afecta cualquier otra percepción que tengamos del entorno?

Imágenes de Martín Tognola (ilustración) y Brian L. Frank (foto)

 

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Tan perennemente dieciochesco

“—A Bianco lo conocí ya viejo, bastante decadente, y presentó un libro mío, Canto castrato, del que estoy bastante avergonzado.”


¡Esa presentación fue gloriosa! Yo estaba en la secundaria entonces y no tengo en la memoria haber asistido con anterioridad a ninguna otra presentación de libros. Lo más probable sí lo haya hecho, pero ese momento fue ¡tan increíble! que seguramente borró cualquier otro evento parecido. Imagínense: Bianco le hizo notar que Il Micchino, protagonista de la extensa novela, era tan singular que modificaba su estatura física capítulo a capítulo. ¡Mutante además de castrato! También me acuerdo que Aira le confesó haber estudiado ciertos datos del Siglo XVIII –escenario histórico de la narración- cuando ésta ya estaba concluida. Y sólo para constatar que sus errores no habían sido por demás excesivos. Una novela que hizo época también en sus efectos.
El autor –en la foto, retratado por Daniel Mordzinski en una incursión de higiene francesa-, como ya vimos, no quiere mucho a ese libro. disiento, disiento. De los suyos, es uno de mis favoritos. Lo leí ni bien se editó, en la vieja edición de Javier Vergara. Era un poco aburrido, es cierto. Pero sigo adorando cada una de sus frases.


Ezequiel Alemián indagó, hace un tiempo, cuáles de los libros del pringlense eran los preferidos entre algunos de sus lectores. Qué títulos, más allá del continuum infatigable de su narrativa. Quiso en azar que la nota se publicara justo un día que no hubo distribución de diarios. Que el diario Perfil no la haya subido a su web le dio un aire aún más secreto. Duró poco.
Por suerte ya está disponible. Vale la pena.

Todas y cada una de las preferencias aireanas (incluso las que no aparecieron en letras de molde), haciendo click acáacá.

Tu otro guante


Morton Feldman otra vez. No sólo porque estemos comenzando el año, sino porque la entrada inaugural a este sitio (en octubre de 2011) fue, ni más ni menos, que una cita al implacable compositor. Pocas cosas me hacen más feliz, en verano, que escuchar las obras de Feldman. Y otra de esas cosas es leerlo y releerlo. Incluso escribir sobre las lecturas y relecturas. Por esto hoy publico en la revista Ñ una reseña de Pensamientos Verticales, una joya que hace poco publicó Caja Negra.

El arte en relación con la vida, no es otra cosa que un guante al revés. Pareciera tener las mismas formas y contornos, pero nunca podrá ser usado con el mismo propósito”. La cita, que fue glosada infinidad de veces, pertenece Pensamientos Verticales, un escrito clave que el músico publicó en otoño de 1963 y que forma parte del recientemente aparecido volumen homónimo, que reúne más de cuarenta textos fechados entre 1958 y 1987.
Cada una de estas piezas, a la vez un pequeño tratado crítico y un desborde de intuiciones -de una sensibilidad y un sarcasmo tan elegantes como brutales- implican mucho más que un documento de época, o el conjunto de estrategias de un artista intentando situarse en un escenario cultural. Son acabadas composiciones filosóficas y éticas, una obra aparte, independiente de sus creaciones musicales, aunque ninguna de ellas sea otra cosa que un combate específico, una guerra personal que compromete al oficio del músico, a la historia del arte y a los modos de vida que derivan de uno y otra.


Cualquier biografía del músico subraya su apuesta más notoria: diversamente a los románticos, que consideraban a la música como la máxima expresión, como el cenit al que debían aspirar todas las demás artes, Feldman invirtió la carga y señaló a la pintura como su ideal, incluso como guía. Este objetivo se transformó muy rápidamente en una disciplina, que bien lejos de convertirse en una gesamtkunstwerk –u “obra de arte total”, tal como la definió Wagner-, propuso un modo nunca acumulativo y compacto sino más bien extendido y alerta, una perspicacia y compresión que multiplica el efecto de cada una de esta páginas reunidas.

Toda la nota acá.