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Imago

Muy pronto

Max Cachimba y un hito irrefutable en las muestras de autoayuda

 

ROSARIO -. No existe aún la categoría de “muestras de arte de autoayuda”, pero cuando ese género improbable se haga realidad, la exposición de Max Cachimba (1969) en las instalaciones del Centro Cultural Parque de España se convertirá en un hito irrefutable. Nadie que esté triste o melancólico debe dejar pasar la oportunidad de visitar la exposición y dejarse afectar por la terapia visual del artista oriundo de Fisherton. Hay tiempo hasta el 30 de este mes. Al cuidado de Rafael Cippolini y con la colaboración de Pablo Silvestri, Breve antología polimorfa posee atributos patafísicos. Delirio, humor, poesía y sinsentido están presentes en las secuencias de imágenes, organizadas como si fueran historietas publicadas en las paredes de la institución.

“Es una deuda que Rosario tenía con Max”, dicen los funcionarios de la Secretaría de Cultura y Educación de Rosario y del centro cultural, que trabajaron en conjunto para montar la muestra. Es una retrospectiva que cubre un arco temporal de más treinta años: las obras reunidas van de 1986 a 2017. Desde su inauguración, el 16 de marzo pasado, ya fue visitada por cientos de locales y visitantes. “Vienen muchos jóvenes y chicos”, comenta la señorita apostada en la entrada del espacio cultural. No es raro escuchar allí, nítidas entre la música de los videos animados que Cachimba hizo para un canal de televisión de Rosario, risas de los asistentes que siguen con atención los diálogos, las narraciones y las formas insólitas de las historietas y las pinturas.

 

 

Autodidacta pero, como indica al pasar, hijo de dos profesores de arte, Cachimba inició su actividad creativa en la adolescencia. A los quince años, cuando era conocido como Juan Pablo González, ganó un premio de la revista Fierro para jóvenes historietistas. Cippolini le atribuye una santísima trinidad del humorismo gráfico local, compuesta por Oski, Landrú y Copi. “Ellos convirtieron el humor en una ciencia”, escribe. A esa influencia, el propio Cachimba le añade la de los semblantes de Juan Grela, las maquinaciones de Max Ernst y las fábulas misteriosas de Henri Matisse. En sus textos asoma la sombra disparatada de Edward Lear, creador de limericks. “A penas y pesares,/ vino blanco y calamares”, se recomienda en una de las viñetas de Versos selectos, el libro con imágenes y textos publicado por el sello rosarino Iván Rosado.

El carácter polimorfo se vuelve evidente al examinar los destinos de su trabajo: ilustraciones para relatos y poemas de César Aira, Roberta Iannamico, Pablo De Santis y Alejandro Jodorowsky; una versión satírica del Infierno dantesco, tiras cómicas para Perfil, LA NACION y Los Inrockuptibles; minúsculos libros de artista, obras premiadas e incluso bocetos que, confiesa, “costó arrancarle” y que ahora se exhiben en vitrinas.

 

 

Cuando advirtió que su trabajo se permeaba de humor, Juan Pablo González tuvo, según cuenta el artista mientras oficia de guía a orillas del Paraná, “el síndrome de los humoristas gráficos”. Así fue como decidió rebautizarse. “Max Cachimba” se impuso por el sonido y las evocaciones circenses del nombre. No tan curiosamente, el sonido es una cualidad de la obra de Cachimba. Si bien es cierto que las pinturas y los dibujos son mudos, los instrumentos musicales forman parte del repertorio visual. Un concierto de instrumentos con y sin intérpretes protagoniza varios trabajos. “Larga vida a Max Cachimba”, concluye Cippolini en el minicatálogo gratuito. No está solo en su antojo.

Por Daniel Gigena, en La Nación de hoy. Haciendo click acá.

Gran hallazgo: en la edición papel la reseña aparece en la sección de psicología.

Sìntomas & Sìntomas

 

“¿Qué tipo de artistas estamos formando hoy? ¿A qué clase de artistas estamos festejando? ¿No está bastante sobrevaluado cierto reconocimiento ?internacional’? ¿No lo están también las tantas bienales y ferias de arte? ¿La creciente fiebre -nada nueva, por cierto, y casi siempre beneficiosa- de la profesionalización de las artes visuales no extiende demasiado ese efecto colateral de poner mucho el foco en la carrera de un artista más que en su obra? ¿No se relega bastante -al punto de confinarlas en un vago etcétera- a aquellas apuestas artísticas que prosiguen hurgando en los límites de amateurismo, de los discursos lejanos al énfasis y los eslóganes y tan poco tienen que ver con el espectáculo grandilocuente? ¿Qué sobrevida y proyección tienen los formatos pequeños, incluso acrónicos, esos que voluntariamente se apartan de las agendas institucionales pero también del outsider serial que siempre atrasa? ¿El futuro nos dejará disfrutar de otros Fermín Eguía, Florencia Bohtlingk o Max Cachimba?”

“No creo, como seguramente nadie cree, en las recetas mágicas o en las fórmulas novedosas. Pienso que cada vez resulta más necesario proteger esa chispa tan difícil de detectar hoy que podríamos llamar la curiosidad crítica y que no es otra cosa que salirse del festejo automático de unos pocos nombres y estéticas, más allá de sus valores y de todas sus retóricas y de la perpetua estupidez de las redes sociales. Parafras eando a Beckett y a Oski, pienso que no es mala idea seguir errando cada vez mejor.”

Problemas (y soluciones) en el mundo del arte argentino, por Marìa Paula Zacharìas en Ideas de La Naciòn, haciendo click acá.

 

Max Cachimba: Breve Antología Polimorfa

 

Sistema Fisherton. Max Cachimba es un gran invento. De hecho, logró mucha atención –valga la paradoja- antes de convertirse en Max Cachimba (en los años ’80, ganó el premio para jóvenes historietistas de la revista Fierro, con tan solo 15 años, cuando todavía firmaba con sus iniciales, que luego, involuntariamente o no, fueron plagiadas por un archivo de imagen digital). Además de sus recursos gráficos –por momentos tenía algo del primerísimo Gambartes pero absolutamente fuera de control-, llamaba la atención entonces cómo lograba transformar cualquier disimulo en un notable espectáculo. El detalle convirtiéndose en una épica del descoloque. No deberíamos olvidar que, como su admirado Grela, Cachimba –antes y después de ser Cachimba- fue siempre un hombre de artes y oficios, de minucias de la pluma y el pincel, y así también de humores varios. El plural se debe, ante todo, a que su gracia resulta invariablemente corporal, física por perversamente anatómica: descalabrante, el humor en cuestión se inicia en el cuerpo para llegar a las palabras. Cuando llega, porque muchas veces ni hace falta. Por eso jamás faltaron entre sus arquetipos contorsionistas, voyeurs, funambulistas o acróbatas. Si el espectador lo desea, puede entenderlos a modo de metáforas. También a Fisherton, su lugar en el mundo. Uno y otro se complementan a la perfección.

 

 

De tradiciones y cortesías. Dando a proponerle una tradición a nuestro artista, opto por esta Santa Trinidad: Oski, Landrú y Copi. ¿Por qué? Porque son únicos, solitarios, polimorfos, y convirtieron, cada cual a su modo, al humor en una ciencia. También porque nunca dejaron de transitar, y valga el oxímoron, la salvaje cortesía. Cachimba también, sin proponérselo ni mover un dedo, es hace rato cabeza de una tradición (no olvidemos que Liniers repitió en varias ocasiones: “Él es mi Hemingway”). ¿Qué otra característica une a Cachimba con los tres artistas citados al comienzo de este párrafo? Ese constante dejar en manifiesto la elegancia de la vulgaridad y la vulgaridad de la elegancia. Repito; la inocencia de cierta obscenidad (no nos olvidemos el hit La japonesita, de Jacinto W. y sus Tururú Serenaders, disponible en Youtube). También como ellos, fue inventando un autor más allá del seudónimo. Como en los tres citados, lo Cortés no quita lo valiente. Como decía César Bruto (otro que podríamos sumar a la lista): para Cortés tenemos a Hernán, aquel de los modales neronianos.

Larga vida a Max Cachimba.

Max Cachimba. Breve Antología Polimorfa.
Inauguración: jueves 16 de marzo, 19 y 30 hs.

Parque de España.
Sarmiento y Río Paraná
Rosario

De centauros y cápsulas de tiempo

 

En un futuro cercano una supercomputadora podría dirigir la Biblioteca Nacional. Una página sobre los últimos avances de la inteligencia artificial enumera las conquistas recientes de los robots: ya son capaces de manejar fondos de inversión y nadar en la sangre en busca de enfermedades intravenosas. La Biblioteca Nacional todavía les queda lejos. Hasta entonces, aunque sea hasta dentro de muy pronto, hay que conformarse con cerebros humanos para la tarea de organizar el archivo de la cultura. Se admiten a lo sumo Centauros: equipos ensamblados de seres humanos y tecnología como los que compiten en los torneos de ajedrez.

 

Centro. Formas e historia del Centro Cultural Recoleta es una muestra hija de uno de estos Centauros: el que forman el curador y ensayista Rafael Cippolini y un conjunto de máquinas capaces de recabar información, un pequeño ejército de asistentes y algoritmos de búsqueda. La estructura de datos con la que deben operar es cuantiosa: casi cuarenta años de historia del centro cultural más activo, juvenil y accesible de la Argentina. El resultado es una exhibición parecida al inconciente, un océano desestructurado de información, ocho decenas de obras, una cronología cultural que cubre las últimas cuatro décadas y una muestra paralela que revisa la injerencia del Recoleta en la escena de la historieta argentina. (Otra subhistoria es la que recupera la trama del LIPM, el Laboratorio de Investigación Musical devenido del antiguo CLAEM del Instituto Di Tella.)

Para seguir leyendo la nota (La Cápsula de tiempo) de Claudio Iglesias en el suplemento Radar de Página 12, click acá.

Viaje al Centro

 

Esta semana el Centro Cultural Recoleta se reinauguró: abrió de nuevo sus puertas con una onda cambiada: como si se tratara de otros lugar. Así se presenta la nueva gestión, liderada por la directora que asumió en diciembre, la joven Jimena Soria (tiene 34 años), que antes fue la coordinadora general de la Bienal de Arte Joven.

Ahora en el Recoleta los pasillos están teñidos de una luz azul -a algunos les recuerda los 80 franceses y el Centro Pompidou- y las entradas a las distintas exposiciones que se ofrecen tienen dispuestos paneles que las hacen más interesantes, indirectas.

Pero sin dudas la estrella de la reapertura es la muestra dedicada a la historia del espacio: Centro. Formas e historia del Centro Cultural Recoleta. Curada por Rafael Cippolini tomando tres salas –la Cronopios y las que están a sus costados, la J y la C-, la muestra expone obras de los artistas que más asiduamente pasaron por el centro, la historia de todos los directores que el Recoleta tuvo, la historia del LIPM (Laboratorio de Investigación y Producción Musical), la de los 20 años del Espacio Historieta; y hasta el recuento de los fantasmas que merodean por el lugar desde tiempos inmemoriales.

 

 

Esta es la primera gran muestra que cuenta la historia de la institución. Y no es poco: porque los centros culturales no son como los museos sino que tienden a hacer foco en el presente, en lo actual, sin importarles tanto el pasado (y por eso su inclinación a promover lo último y a no revisitar ni siquiera su propia historia).

(La nota de Mercedes Pérez Bergliaffa publicada hoy en Clarín sigue haciendo click acá).

 

 

La exposición se presenta así como un caleidoscopio que arroja una imagen diferente cada vez, una memoria emotiva que se despierta en base a los recuerdos de cada visitante y la huella que esa obra haya dejado: desde el afiche de la exposición de 1998 de Ricardo Carpani, hasta la invitación a la muestra “Nave” de Schussheim, o la fotografía del carrito cartonero de Liliana Maresca.

“La idea fue dar cuenta de la diversidad que siempre caracterizó al Recoleta, un lugar donde nunca hubo un canon, sino una mezcla de cosas increíbles. Un sitio que albergó el under de los 80 y que, con la aparición de la sala Cronopios, en los 90, se convirtió no en un espacio consagratorio pero sí de mucho prestigio. Y que luego empezó a incorporar otro tipo de muestras”, resume Cippolini en diálogo con Télam durante una recorrida exclusiva por las salas.

“Un ensayo –resume Cippolini- para tratar de entender qué es el ‘efecto Recoleta’, si es que algo así existe”.

(La nota completa, de Mercedes Ezquiaga, puede leerse haciendo click acá).

Héctor Libertella: Obras Completas

Hoy, en La Nación

 

Todo Libertella

“Los hijos de Héctor Libertella acaban de firmar un contrato con Letranómada para publicar la obra completa del escritor. El curador de la colección, Rafael Cippolini, muy amigo de Libertella, ya descubrió cambios mínimos en distintas ediciones”

Click acá.

¿Exhibir? ¿Quién habló de exhibir?

(…) Lo más habitual en la formación curatorial de corte académico es que se repasen determinadas teorías sobre lo que es la curaduría y que luego se deduzca una práctica. En el Laboratorio de Curaduría (LDC, Rosario 2012-2013) pusimos en marcha el camino contrario: comenzamos con ejercicios, con la dinámica de proyectar exposiciones, y desde este movimiento ensayamos, creamos hipótesis, sobre qué puede llegar a proporcionarnos, teóricamente, el realizar curadurías.
Que fuera Rosario el lugar en dónde comenzar –donde emplazar- el laboratorio fue antes que nada un pedido mío. (Roberto) Echen me comentaba que la enseñanza de curaduría era resistida por una parte de la comunidad académica de la ciudad, lo cual me resultaba en cierto modo sorprendente. La suerte de un artista y de sus producciones depende, desde al menos el siglo XIX, de las exhibiciones que realice. Una exhibición jamás será una fatalidad, sino una estrategia y que nada menos que en Rosario existieran profesores, artistas y maestros de arte que no lo entendieran, en fin, indicaba que había mucho por hacer en esa dirección.
Si desandamos la historia de la curaduría empírica y cronológicamente, lo cierto es que nunca existió una exhibición sin curaduría. Toda exposición es una curaduría, y durante décadas y décadas, cada vez que en un museo o en una galería se inauguró una muestra hubo alguien que hizo el trabajo curatorial, ya sea el director de la institución, el galerista o el mismo artista. Por suerte desde hace tiempo somos menos inocentes y podemos analizar cuál fue el plan en cada oportunidad. Mientras que sigamos creyendo que es una buena idea exponer, poner en circulación obras de arte, pues entonces el trabajo curatorial seguirá gozando de buena salud.

Los párrafos anteriores son un fragmento de ¿Qué significa exhibir? Sobre LDC, un experimento rosarino, mi colaboración para el último número de Anuario. Último número en todo sentido (más información, click acá). Más que lamentarme por su conclusión, me siento feliz de que haya existido, de que exista, y de haber formado parte de una experiencia tan vivificante.
Definitivamente: GRACIAS TOTALES.

Think Tank Nerdcore


Lou Reed decía: “recién me entero sobre qué trata una de mis canciones cuando la canto en público.” Creo entenderlo perfectamente. Suelo saber de qué van algunos de mis textos y curadurías bastante tiempo después de escribirlos y presentarlas. Me vuelve ahora en una exposición como Doma+Mumi+Ueno, de la primavera de 2002, y descubro que la hice para mi hija, que entonces no había nacido y que la conoce sólo por algunas fotos. Me di cuenta ayer, merendando con ella y viendo, una vez más, capítulos de Hora de Aventura (The Adventure Time, en su versión original).


Leí por primera vez el nombre de Pendleton Ward y pensé –malpensé- que bien podía ser el hijo o al menos un pariente del actor Bruce Ward, aquel que interpretaba a Robin en el mejor Batman que vimos por televisión. Ward es un apellido de origen gaélico, y no poco usual, pero en fin: los conecté de algún modo. Pendleton es un héroe: creó una serie animada maravillosa, cuyas cuatro temporadas vemos con mi hija de forma desordenada. Puesto a hacer arqueología con mi memoria, caigo en que, si no hubiera hecho aquella curaduría, si no hubiera insistido con “un ensayo de convivencia” entre Doma, Mumi y Guillermo Ueno, no disfrutaría esta serie tanto como la disfruto. Pendleton, por aquellos días, tenía 20 años, no muchos menos que los Doma. Sin dudas él y los chicos de Doma hurgaban en los mismos depósitos. Y lo que entonces me atrajo de ellos proviene de la misma substancia, de las mismas formas, colores, líneas y gags que hace de Hora de Aventura lo que es.


Suelo entender por qué me gusta algo mucho tiempo más tarde. Lo comprendo cuando toma otra forma, cuando se materializa de otro modo. Cuando reaparece en otras formas culturales. En lenguajes que hoy puedo compartir con alguien cuatro décadas menor que yo.

Yoko, Acom-Grapefruit

Hace cincuenta años se editaba en inglés Grapefruit, un libro-objeto rarísimo firmado por Yoko Ono. La edición argentina, de Ediciones de la Flor, traía prólogo de John Lennon (decía así: “¡Hola! Me llamo John Lennon. Quiero presentarles a Yoko Ono”), traducción de Piri Lugones y tapa de Oscar Smoje. Una edición de lujo para una época vanguardista.

Pero ahora las cosas cambiaron, los gustos han mutado, y lo que fue vanguardista, hoy replicado palmo a palmo, puede ser simplemente trasnochado. Todo esto viene a cuenta de que se acaba de publicar Acom, un nuevo libro de Yoko Ono, que según la propia Ono, continúa o extiende la propuesta de Pomelo.

Los textos y dibujos surgieron para un proyecto electrónico, y al final del camino los materiales terminaron decantando en un libro. Mientras tanto, Yoko Ono cumplió hace poco ochenta años y decidió festejarlo volviendo a los escenarios en su faceta de música. Dio un concierto de cumpleaños en el Bowery Ballroom de Nueva York, en un barrio que alguna vez fue de vanguardia y hoy es un barrio boutique coqueto. Signo de los tiempos.

“Yoko Ono es la mejor Beatle solista”, dijo alguna vez el ensayista Rafael Cippolini. Vanguardia en Siglo XXI, entonces. ¿Cómo encontrarle la vuelta?

Por Mauro Libertella.
Publicado en revista Ñ número 562.

Detournalia: un territorio hecho de desvíos


Hay artistas que en todo momento se parecen a sí mismos: su apuesta es un estilo, un soporte, un universo determinado, unos pocos casilleros de los tantos que va labrando la Historia del Arte. Si Kacero también se parece a sí mismo es por exclusión: se sustrae, cuando no huye. Trata de disimular, de escaparse de quién fue apenas un rato antes. En una primera mirada, su producción se presenta al modo de un conjunto informe y discontinuo de gestos diversos e inasimilables, como si se tratara de una cuadrilla de artistas que poco o nada tienen que ver entre sí. No es una mala definición: Kacero actúa como una familia de artistas que se evitan bastante entre sí. Y sin embargo, entre ellos es indisimulable el extraño parentesco. Una trayectoria que en nada se parece a una línea recta, sino más bien de extraños caminos que parecen concluir en ninguna parte. Bienvenidos a Detournalia, o sea, al mundo de un artista conocido como Fabio Kacero.


Detournalia es una palabra inventada y a la vez muy precisa: significa territorio de desvíos o bien territorio hecho de desvíos, atendiendo que en ambos casos podríamos permutar casi sin alteraciones el término desvío (détour) por otro absolutamente diverso, como rodeo. Y es que, tratándose de Kacero, resulta difícil sino imposible precisar si el artista está llevando las cosas demasiado lejos, o si por el contrario no hace más que darles una y otra vuelta hasta la exasperación.
Hace muchos años, una carta astral vaticinó que sería escritor. Quizá por esta influencia, después de dedicarse durante poco más de una década a realizar obras exhaustivamente formales -que por confusión o distracción fueron señaladas como herederas del arte no figurativo-geométrico-, hacia comienzos del siglo en curso comenzó a escribir, a imaginar libros, modos de leer.


Acuciado de –parafraseemos al poeta Osip Mandelstam- “un no sé que de dadaísmo inmemorial”, se dedicó a inventar, con rigurosísimo método, miles y miles de palabras absurdas, a estudiar maniáticamente la caligrafía de Jorge Luis Borges para convertirse él mismo en uno de los personajes más célebres del poeta ciego –nada menos, que en Pierre Menard-, a dar materia (es decir, diseñar, editar) libros inexistentes, a coleccionar dedicatorias y elevarlas a la categoría de de Obras Maestras, a confeccionar índices que se correspondieran con episodios personales, a filmar a niñas recitando filósofos, a fabricar carteles de museos con los elementos más disparatados, a pensar su vida emulando los créditos de una película, de reconvertir una película condicionada en un ejercicio espiritual, etc, etc. También a escribir cuentos que finalmente son variaciones unos de otros, en la clásica sospecha de que todo desvío concluye en virtuoso círculo.


Así, fiel a su manía de convertir cada cosa en algo heterogéneo, se enamoró de la nieve de sus relatos y la sacó a pasear. Paseo que, sin embargo, suele ocurrir puertas adentro, como si se tratara más bien de la materialización de un imposible.
Y es que Kacero sabe, mejor que nadie, que si el arte sirve de algo es para que todo sea posible.

Detournalia, de Fabio Kacero
Curaduría de Rafael Cippolini
Inauguración, jueves 3 de julio, 18:30 hs
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires
Av. San Juan 350

Fotos de post: Josefina Tommasi

Argentina Lisérgica


Existe una Psicodelia Nacional. En esta afirmación se basa la nueva muestra de patrimonio del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires que propone un viaje hacia la iconografía y los escenarios artísticos de otro tiempo: el pop extremado de los desbordados sesentas y los tempranos e intensificados setentas, haciendo especial énfasis en sus nutrientes (el surrealismo criollo, la geometría blanda, el arte cinético y lumínico local, las omnipresentes vanguardias internacionales) y en sus efectos posteriores.


Proponiendo una alternativa a su histórica versión contracultural, en esta exposición la psicodelia se revela desde un entramado de síntomas formales. Si en sus orígenes se denominó arte lisérgico al producido a partir de la experimentación con sustancias alucinógenas –especialmente por los efectos psicotrópicos del LSD-, en esta oportunidad recomenzamos por la materialidad de sus visiones y sus constantes morfológicas: líneas, texturas, volúmenes. Las alucinaciones también tienen su catálogo, su alfabeto visual.

Diseño gráfico, pintura, collage, cine experimental, escultura, fotografía, grabado, objetos, diseño industrial, todos los formatos que conforman la colección del museo están representados en la exhibición. La psicodelia se reconstruye en la pesquisa de sus trucos, precursores y herencias.


Argentina lisérgica es también una zona de encuentro. Una hipótesis de lectura de una época necesariamente marcada por el contexto político: frente a la tensión de dos polos contrastados en blanco y negro, una tercera posición de color y forma, o una línea de fuga vital, festiva, que puso en diálogo al arte institucional con la cultura de masas y que, con su ineludible artillería de percepción alucinada, puede verse como uno de los atajos más suculentos hacia la contemporaneidad.
El rastreo del Gen Psicodélico en las creaciones de nuestros pasados y otros tantos presentes.

Con obras de Roberto Aizenberg, Juan Andino, Pompeyo Audivert, Luis Fernando Benedit, Bandi Binder, Ricardo Blanco, Mildred Burton, Miguel Caride, Camelo Carrá, Juan Cavallero, Jorge de la Vega, Casimiro Domingo, Manuel Espinosa, Carlos Furman, Edgardo Giménez, Abdulio Giudici, Luis Gowland Moreno, Miguel Harte, Fabio Kacero, Bruno Janello, Julio Le Parc, Alfredo Londaibere, Eduardo Mac Entyre, Rómulo Macció, Victor Magariños, María Martorell’ Marta Minujín, Oski, Aldo Paparella, Martha Peluffo, Rogelio Polesello, Marcelo Pombo, Pérez Celis, Omar Schilliro, Antonio Seguí, Carlos Silva, Oscar Smoje, Carlos Squirru, Juan Stoppani, Peter Van Artens y Xul Solar,
entre otros.

Todos los Martes, Miércoles, Jueves, Viernes, Sábado, Domingo.
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba)
av. San Juan 350 CABA
Ciudad de Buenos Aires

Acrónica + Delivery Institucional + Fin del Mundo

ADN X TRES


Prosigue ACRONICA hasta el 13 de diciembre (+ 3 días más en montaje alternativo).
ADN 1. “Acrónica , una experiencia curada por Rafael Cippolini, que puso a “dialogar” obras de la exposición permanente, muchas del siglo XIX, con otras de artistas actuales, casi todos muy jóvenes. Por ejemplo, el carmesí de Los plumeros rojos , de Graciano Mendilaharzu (1857-1894) se correspondía con los mismos colores pintados por Florencia Rodríguez Giles en el trípticoPosesión ; y los grises, blancos y negros de Embarcadero , de Horacio Butler encontraban un eco en Concierto , de Leila Tschoop.”

 


ADN 2. Más repercusiones sobre HISTORIAS DE FIN DEL MUNDO.
“Del lado del encuentro, los viajeros mencionan infinidad de pequeñas aventuras. Una expedición real o imaginaria, según las versiones, a la isla Huemul. Un taller literario multitudinario y gratificante para escritores de la zona. Conversaciones eruditas entre Chitarroni y Cippolini sobre temas tan amplios como las varias formaciones de King Crimson o los “escritores que tienen parientes bochornosos en televisión”. Una charla con guardaparques, a quienes Chitarroni recuerda como portadores de manifiestos de la vida natural propios del Walden , de Thoreau, capaces de recitar versos pareados o monólogos que llevan el valor de la palabra como literatura nunca escrita.

También acá.

 


ADN 3. Sobre la Semana del Arte en Rosario: DELIVERY INSTITUCIONAL. “A partir de propuestas diversas, rearticuló la relación entre artistas, espectadores y obras. La primera fue que una institución pública ofreciera un delivery de arte. Bajo el título de ¿Tiene problemas con el arte contemporáneo? Llame ya! se puso a disposición de los vecinos de la ciudad una línea telefónica donde pudieron solicitar obras para disfrutar temporalmente en sus domicilios (hubo quien tuvo en el frente de su casa un escultórico jardín artificial diseñado por Román Vitali, y una escuela primaria recibió en su vereda una instalación de Adrián Villar Rojas), o bien la visita de un reconocido artista (Rogelio Polesello, por ejemplo, merendó en casa de unos admiradores).”