Archive for the 'anarcología + expedientes de patologías culturales' Category

Urbano & friccionado # 1

 

La ficción finalmente es un código, un conjunto de reglas menos maleables de lo que suponíamos. Un concepto que empieza a establecerse con la autonomía artística, sin dudas en defensa de la creación de un nuevo tipo de realidad. Nuevas reglas para la ficción, nuevas reglas para lo real: esa legislación que armoniza y a la vez genera los espacios de fricción necesarios para que se reacomoden.

 

 

Ahora paso revista no ya a esos artefactos (que no géneros) llamados novelas o relatos (incluso ensayos), sino a las anotaciones de bitácora de los recorridos urbanos repensados como posibilidades de escritura. Devaluación insistente de la psicogeografía -demasiado formateada en prácticas políticas de sabor vintage- para dar paso a estos otros ejercicios de ficción, ahí donde los conglomerados urbanos desmienten de a poco los elementos que sostienen lo real.

 

 

Los orígenes son literarios, sin dudas. No es difícil partir de las notas de J. K. Huysmans (no hay más que recordar a ese “Ulises de las tabernas” -Maupassant dixit- que personificó Jean Folantin, protagonista de A vau l’eau, A la deriva en traducción española), ahora fortificadas en las traducción de Claudio Iglesias en La epilepsia del cielo, donde es una de las tantas voces de Huysmans y no de sus personajes la que superpone las ciudades apilándolas en la memoria y en la virtualidad. Tampoco cuesta regresar a Léo Malet y su Calle de la estación 120 o bien Las ratas de Mountsouris y Niebla en el Puente de Tolbiac, donde desde la ficción irrumpe la modulación citadina como una respiración diferenciada.

 

 

Por supuesto resulta indispensable pasar por la prosa de Iain Sinclair. No sólo por La ciudad de las desapariciones o American Smoke, sino -y por sobre todo- por la red de anárquicos libreros de Whitechapel-Trapos Rojos, traducida muy oportunamente por Matías Serra Bradford, sobre quién pasaré a escribir (casi) de inmediato.

 

 

Otras extensas caminatas.

 

 

Continuará.

Hurón permeable

No hace falta más que un click acá. Eso es todo.

Platón Beat Pesadilla #17

 

El año comienza desde resonancia varias (¡otra vez en marcha, bendita y paranoica digitalidad que nos devuelve los ecos!). La felicidad de un trío (maestrísimo Mario Arteca, acompañado de Benito del Pliego y Maurizio Medo) , en el prólogo de País Imaginario (click acá), donde reaparece aquella Pesadilla de Platón, que no conoce de siglos. Lo cierto es que cuando escribí aquello no conocía esta animación compartida por Suvi Ainola (click acá). Ignoro si Suvi es el autor. Ni idea.

 

 

Sigue el Beat (¡Beat Hit!) de la antología Opium+Sunda. Esta vez en la compilación de prólogos de Eterna Cadencia (click acá) más la reseña de Elvio Gandolfo en Ideas, de La Nación.

2017. Salud.

Ensalvajar la vida: una lógica del conocimiento sensible

 

Escribió Michel Maffesoli: “No se trata aquí de hacer una crítica moral del moralismo, ni una polémica en contra -lo que sería un combate de reta-guardia- sino de participar en una constatación, en el reconocimiento empírico de una energía naturalista. Los trabajos de S. Moscovici y de E. Morin han contribuido ampliamente al respecto, pues han mostrado claramente la necesidad de “ensalvajar la vida” para vivir mejor lo doméstico, o incluso de pensar el paradigma de la naturaleza para apreciar mejor la cultura. Cabe sumarlos a los de G. Durand que, incansablemente, en nombre de una racionalidad abierta, llama nuestra atención sobre los peligros del “régimen esquizofrénico”, característico del racionalismo tal como se ha impuesto progresivamente. Podemos resumir esta constante de una manera bastante sencilla: al encarnar el pensamiento, al privilegiar la iconoclastia, se olvida que puede existir una “lógica del conocimiento sensible”, que según Baumgarten está en la base de la Aesthetica, es decir, del placer de los sentidos experimentados en común”.

 

 

Escribió Diane Ackerman: “Los sentidos no se limitan a darle sentido a la vida mediante actos sutiles o violentos de claridad: desgarran la realidad en tajadas vibrantes y las reacomodan en un nuevo complejo significativo. Toman muestras contingentes. Sacan la generalidad de un caso único. Negocian hasta establecer una versión razonable y, para ello, hacen toda clase de pequeñas y delicadas transacciones. La vida lo baña todo como una cascada radiante. Los sentidos transmiten unidades de información al cerebro como piezas microscópicas de un gran rompecabezas”.

 


 

Escribió Alan Watts: “Todo sucede por sí solo de manera natural. Es por esto que resulta muy interesante realizar el experimento de permitir simplemente que los sonidos lleguen a nuestros oídos. Cierren los ojos y cobren conciencia del conjunto de sonidos que se hayan fuera de ustedes y de los que tienen lugar en su interior. No traten de identificar ni de nombrar los sonidos, permítanles simplemente ser tal y como son. Tampoco crean que ustedes no tienen que emitir sonido alguno, como el ruido de los intestinos, el hipo, la tos, etcétera. Ábranse a la totalidad de los sonidos, permítanles simplemente ser tal y como son. No trate, en el caso que escuche una conversación, de seguir el argumento, sino que sigan considerándola como un sonido más. Convendría realizar este ejercicio por la noche, poco antes de acostarse, para darnos así cuenta de que nos hallamos inmersos en un mágico continuo musical. A poco de haber iniciado el ejercicio descubrirán la tendencia a tratar de modificarlo que estamos escuchando. Centramos nuestra atención en este o aquel punto, nos decimos a nosotros mismos que debemos ignorar aquello o gritamos a nuestros hijos para que se callen porque no nos dejan escuchar lo que estamos escuchando. Si realmente supiéramos escuchar, podríamos concentrarnos en cualquier cosa aunque nos halláramos en el medio del estruendo más infernal.
Y lo mismo podríamos hacer con el resto de los sentidos”.

 

 

Escribió Edgar Wind: “Liberarnos de nuestras habituales ataduras es la tarea principal que asignamos al artista. Si pensamos en Manet, Mallarmé, Joyce o Stravisnsky, da la impresión de que todos los triunfos artísticos de los últimos cien años fueron en primera instancia triunfos de trastorno: la grandeza de un artista se manifiesta en su facultad de trastornar nuestros hábitos de percepción y revelar nuevos espectros de sensibilidad. “Es más fácil pintar la naturaleza que combatirla” era una de las admoniciones que se hacía Kandinsky, y recordaba sus conversaciones con Schoenberg sobre la “emancipación de la disonancia”. En literatura, Remy de Gourmont un divagador ingenuo, sobrevalorado por T. S. Eliot en Sacred Wood como “la conciencia crítica de una generación”, intentó cuestionar la comodidad del hábito buscando una renovación perpetua en el divorcio: “Pasé mi vida entera haciendo disociaciones de ideas, disociaciones de sentimientos, y si mi obra vale algo es porque preservé en este método”. (…) Es indudablemente un hecho psicológico que cuando los colores, las formas, los tonos o las palabras aparecen en audaces disyunciones o colisiones, y por ende liberados de su contexto habitual, experimentamos con renovada intensidad sus cualidades de sensaciones brutas. De allí esa íntima y peligrosa relación entre purismo y barbarie que Paul Valéry observaba en sí mismo: “Nada conduce de manera más expeditiva a la barbarie perfecta que una adhesión exclusiva al espíritu puro. Yo he conocido íntimamente este fanatismo”. (…) Podría argumentarse que este predicamento no es nuevo ni inusual, la energía creativa siempre tuvo el efecto de transformar o agudizar los hábitos de percepción. Pero en el pasado, cuando los artistas todavía estaban en auténtico contacto con el mundo de la acción, sus innovaciones -por muy estimulantes o provocativas que fueran- se producían de una manera casi incidental de las funciones vitales de la que el arte era subsidiario: hoy la inventiva artística es un fin en sí misma. El arte sea vuelto experimental”.

 


Escribió Richard Brautigan:

Esta mañana me preguntaba
cuando vería mi primer pájaro
en Japón

Aposté mi dinero mental
a que sería un gorrión cuando escuché
un gallo
cacareando
desde un patio en el distrito de Shibuya
en Tokio

y así terminó la cuestión

 

14 de mayo de 1974

 

Nota: Dedico estas líneas al alma mater del Brautigan Fest, Nicolás Domínguez Bedini, cuya segunda edición tendrá lugar en junio de 2017. Nicolás también es autor de Médanos de Oro. La dedicación se extiende a quienes llevan adelante las ediciones de Zindo & Garufi, por su tracalada de títulos indispensables.