Archive for the 'psicodelia analítica' Category

Alter egos, cera, pimienta y enciclopedia personal

 

El protagonismo del Sgt. Pepper no se encuentra en el disco que hoy cumple medio siglo, sino después, en la epopeya del Yellow Submarine (gracias George Dunning), en la cual el susodicho Sargento incluso palidece frente al frenético Lord Admiral u Old Fred. Como no es menos cierto que los villanos suelen ser los más interesantes en estos casos, más teniendo en cuenta que los Blue Meanies, quienes ya acorralados deciden huir a… Argentina. Biografía: durante muchos años los Blue Meanies fueron más importantes para mí que el músico de cargo. Por supuesto, también estaban lass canciones: Only a Northen Song, esa pieza fabulosa, quedó afuera. Pero fue directo a sumergible.

 

 

Era el álbum, el vinilo, el que debía salir de gira, en vez de ese holograma en el que se habían reconvertido los cuatro de Liverpool después de la gira promocional de Revolver (es una verdadera lástima que no se haya titulado Aftergeography). Una banda virtual (¿cuántos años antes que Gorillaz?). El álbum “on the road”, como en fabuloso auto de Elvis. Sin embargo, ese disco era otra cosa: una enciclopedia, un collage (pueden consultarse los nombres, no es difícil). Una enciclopedia de caras. (Gracias Peter Blake), aunque el concepto del álbum haya surgido a la mitad de la grabación. Aunque nadie cite mucho, por estas fechas, la remake de los Bee Gees y Peter Frampton.

 

 

Natalicio: vine al mundo el día en que se terminó de mezclar el Sgt. Pepper y los miembros de la banda fantasma realizaron la famosa sesión de fotos (escenario enciclopedico incluido). La cubierta del disco como parque temático. El mismo día que Clapton cumplía 22 años (ya hacía tiempo que habían dejado de cumplirlos Van Gogh y Goya). Pero se editó casi dos meses después. Un 1° de junio.

 

 

Un primero de junio. Gran fecha. Para saber por qué, basta con hacer click acá.

 

 

Solemos olvidarnos de las efemérides como tablas de indicación, esa suerte de mapa del cielo que sirve para recordarnos que “estamos en este exacto punto”, en este momento del viaje, en el que otros estuvieron antes y vale la pena recordarlo. Así es, la efeméride es otra especie de bitácora, del mismo modo en que un aniversario reúne las marcas del tiempo transcurrido y del espacio transitado. Sin dudas nos definimos por las efemérides que recolectamos, las referencias que tomamos para situar un recuerdo. No hace falta definirnos como melómanos para reutilizar aquella vieja expresión: “están tocando nuestra canción”. Y lo cierto es que el plural amplía su círculo cuando se trata de The Beatles. “Objetos culturales de masas”, se decía con poco gusto hace más de cincuenta años: no debemos buscar en ningún otro sitio las presunciones de universalidad. Como afirma mi amigo Eloy Fernández Porta, los afectos son más que nunca una industria. La psicodelia, como concepto cultural, también.

 

 

Cada cuál tiene sus Beatles. Los míos son los de esta foto, de Linda McCartney. Podría extenderlos a los de toda la sesión (mi preferida de todas las que hicieron). Pero me quedo con esta imagen.
Y larga vida a los Blue Meanies.

 

Coda: En tiempos ya lejanos me preocupaba en atender a los ritmos de los posts. Hace rato que no. Son poco más de las nueve de la noche del jueves 1 de junio en Buenos Aires cuando subo estas líneas.

 

 

 

Lúcuma más lúcuma

 

Este posteo tiene seguramente dos orígenes. Uno: encontrarme con este reportaje a Spinetta (L.A.S) en Perú, hace once años (hacer click acá), y la revelación a partir del minuto cincuenta sobre lo “que yace apenas detrás” de esa canción eterna que abre el primer álbum de Invisible. Imperdible. La segunda, unos tweets de FrGr67, alias Fernando García, escuchando y comentando una canción apenas anterior, y pescadiana, encontrando en el jardinero tempranoamanecido (termino tan macedoniano, seguramente por la cercanía a recienvenido) una alucinación del mismo temple de un cuadro del Bosco. Caí en cuenta: no hay longplay de Spinetta que no sea un fabulario de lujo (ya en el payaso almendriano, enumerando rápidamente, la muchacha corazón de tiza -luego exfoliada-, Fermín y sus manos, la insomne Ana, los Hombres Tristes, la fugada Laura). El doble siguiente dobla la apuesta, desde sus Hermanos perros a los legionarios. Ni que hablar entonces de los zares, las nenas bobas, jardineros, serpientes, monstruos, y tantos etcéteras de la Era Rabiosa.

 

 

Pero, quién lo duda es con Invisible cuando el casting se vuelve temerario. Indígenas con rayo láser, Lorena que pierde los zapatos (ahora sabemos que por culpa de sus abuelos), ese desarticulado Elmo Lesto, la azafata del tren fantasma y sus vasallos, los viejos osos del tiempo, la abuela consciencia, los “elementales-leche” -toda una categoría sociológica que no sabemos exactamente de dónde viene ni hacia dónde va-, toda una fauna que en Durazno Sangrando y el Jardín de los presentes -¿el hogar de aquél jardinero?- se multiplican. Tengo todavía en mis ojos la historieta aquella de Expreso Imaginario, con el Capitán Beto y su nave-colectivo hecha en Haedo. Debería haber nostalgia en todo esto: escuché cuatro o cinco años después de su separación, pero el efecto fue definitivo. Es lo que le sucedió a tantos argentinos de mi generación: descubrimos Invisible -ese rock progresivo tan singular- y el postpunk al mismo tiempo, antes de redescubrir aquel primer amor por la psicodelia.

 

 

No importa tanto la instantaneidad (que tantas veces suele ser una pesadilla) como la arqueología colectiva: eso es internet. Porque así aparecen más pruebas, una tras otra, de esas imágenes que esperábamos pero de las que no teníamos ni idea. Como todos estos posters que fueron el imaginario en tinta del semana a semana de Invisible y que poco a poco fueron brotando, nadie sabe bien cómo, pero acá están. Si hablábamos del fabulario (del Manual de zoología Fantástica) del cerebro flotante de la calle Arribeños, por estos afiches de su puño y letra nos quedamos con un tesoro que no imaginábamos pero sí esperábamos. Internet es -y no sólo por Facebook o Youtube- un efecto de tiempo.

 

 

Es lo fabuloso de las mitologías del rock: no se agotan con tracks perdidos. Los mejores creadores nos inundaron de imágenes, de expresiones, de memoriabilia de todos los colores. Preciso: el límite es la nostalgia, cuando sólo es nostalgia. Con Invisible no me sucede: lo escucho con la misma atávica sorpresa, con el mismo carácter de meteorito que encuentro en una de las galerías de aquella Lomas de Zamora de muy fines de los setentas, siempre con la Expreso en la bolsa -los chicos de mi época no usaban mochilas-. No hay ni una pisca de nostalgia: es el mismo efecto de extrañeza.

 

 

Sin embargo, es una matriz de época. Porque no es difícil seguir la continuidad estilística de estos carteles y sumarlas en paralelo a los dibujos de Renata Schussheim, y por ende al tan citado Expreso Imaginario y otros tantos pósters de época. Todos se aggiornarían, pero hay algo que resiste. Que está más allá y más acá del fabulario.

Toneladas de polvo meteórico. Bowie In memorian

 

Bowie no sólo simulaba, recreaba, actuaba cualquier premisa (“soy lo que ustedes están deseando que sea en este momento”, fue su statement en un documental) sino también provocaba efectos extraños por sorpresivos (el pretérito, mientras tipeo, me resulta todavía más bizarro).
Hace casi cinco años escuché con no poco pasmo esa preciosa canción de Flaming Lips con Neon Indian (Is David Bowie Dying?).
¿Por qué esto? Me pregunté. No sólo sonaba provocador, sino estéticamente doloroso y perturbador.

 

 

Take your mouth and scream
Whistle wasted in your dreams
Take your eyes and leave
One for love and one for me
Take your ears, they must
Tons of meteoric dust

At the mountain, you scream
Now the fountain reveals
As you do want and make you whole

Goodbye, goodbye

 

 

¿Dónde estaba la muerte en ese momento? El fin llama, despierta a la memoria, y enseguida busqué un viejo ejemplar de Pelo, que recuperé en el Parque Rivadavia a fines de la década pasada. En perfecto loop, me veo en casa, a mis siete u ocho, tratando de entender de qué se trataba todo eso: esa premisa alien y épica (no decodificaba entonces lo que significaba decadente o afectado). En la revista lo demolían y tuve que ingeniármelas para encontrar los vinilos.

 

 

Con los años, el trabajo fue que el mito no se tragara la música. ¿Cuántas veces por año habré escuchado Life on Mars? La usé para el primer corto en ocho milímetros y para uno de los últimos videos caseros. Fue la constante de Bowie: irse antes de tiempo, desde el principio. Todo lo que me interesa lo conecta.

 

Dos respuestas a –quizá- el primer reportaje televisivo realizado por un argentino. Uno: “(Sudamérica) Probablemente resguarda las últimas formas de supervivencia de toda América, incluyendo América del Norte. Es una clase de fascinación para mí, un tema de misterio y Siglo XX al mismo tiempo”. Dos. “Pienso que una de las cosas más peligrosas en el rock es querer tener una carrera. (…) Si uno se concentra en la música que le interesa, probablemente luego descubra que tuvo una carrera”.

Es una vida Maravillosa


Mark Linkous, más conocido por su nombre de banda, Sparklehorse, se suicidó hace más de cinco años. Hace semanas que escucho cada uno de sus discos varias veces al día. Mágica monotonía que distraigo un poco con otra discografía que me puede: la de Brian Jonestown Massacre.
Como sea, días que empiezan y terminan en Sparklehorse.

 


“Al final, es más sobre cómo cada día, tienes que elegir algo, no importa lo minúsculo o microscópico que sea, para, al meterte en la cama por la noche, poder decir que estás contento de estar vivo y de haberlo visto. De eso se trata, en realidad”.