Archive for the 'ficciones alteradas' Category

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Bicéfalos y ubicuos, siempre hurones

Los Hurones, si son bicéfalos, incluso peor. Haga click acá y listo.

 

 

Waterloo, los Estudios Disney y Saimpata

 

Todo empezó en Arkam Comics (toda una institución, en el Gótico, en Barcelona). Primero, conseguía por fin El botones de verde caqui, de Schwartzman y Yann (Spirou, siempre Spirou), a la vez que me enteraba de la existencia de otro álbum gráfico donde se revisitaba la legendaria gesta de los Tres Mosqueteros Belgas (Franquin, Jijé y Morris) en el Nuevo Continente. Son demasiados años condensados en un solo instante: décadas. Demasiadas páginas (sumo a Yves Chaland, y por supuesto a Hergé). Sumo demasiados años de felicidad.

 

 

Páginas sobre tres héroes de la historieta tocando las puertas del mismísimo Walt Disney (1948), atravesando de punta a punta el país de la Estatua de la Libertad (de hecho, desembarcan en Nueva York y avanzan hacia Los Ángeles) y sus inmediatamente posteriores derroteros por México. Todo estaba por suceder. Absolutamente todo. El título de la pieza: Gringos locos (en castellano en el original). De repente resulta que tengo demasiadas edades juntas. Que viajo en el tiempo, que puedo habitar, sin moverme de mi estudio, épocas distantes. Mundos distantes. Envejezco, rejuvenezco. Me contagio: así como existe el “modo avión”, existe el “modo belga Spirou, el modo belga Lucky Luke, etc.). Faltan muchos años, pero reencarno en Zorglub.

 

 

(Justo arriba, los Tres Mosqueteros Belgas en una versión tempranísima).
Como si fuera poco (también con delay de mi parte) me hago de un ejemplar de (seguramente lo mejor) que escribió Bob Chow, ahora en el vientre de la bestia: Todos contra todos y cada uno contra sí mismo. Lo leí, ahora lo releo. Créanle a Jung: la sincronía existe.

 

 

Continuará.

Urbano & friccionado # 1

 

La ficción finalmente es un código, un conjunto de reglas menos maleables de lo que suponíamos. Un concepto que empieza a establecerse con la autonomía artística, sin dudas en defensa de la creación de un nuevo tipo de realidad. Nuevas reglas para la ficción, nuevas reglas para lo real: esa legislación que armoniza y a la vez genera los espacios de fricción necesarios para que se reacomoden.

 

 

Ahora paso revista no ya a esos artefactos (que no géneros) llamados novelas o relatos (incluso ensayos), sino a las anotaciones de bitácora de los recorridos urbanos repensados como posibilidades de escritura. Devaluación insistente de la psicogeografía -demasiado formateada en prácticas políticas de sabor vintage- para dar paso a estos otros ejercicios de ficción, ahí donde los conglomerados urbanos desmienten de a poco los elementos que sostienen lo real.

 

 

Los orígenes son literarios, sin dudas. No es difícil partir de las notas de J. K. Huysmans (no hay más que recordar a ese “Ulises de las tabernas” -Maupassant dixit- que personificó Jean Folantin, protagonista de A vau l’eau, A la deriva en traducción española), ahora fortificadas en las traducción de Claudio Iglesias en La epilepsia del cielo, donde es una de las tantas voces de Huysmans y no de sus personajes la que superpone las ciudades apilándolas en la memoria y en la virtualidad. Tampoco cuesta regresar a Léo Malet y su Calle de la estación 120 o bien Las ratas de Mountsouris y Niebla en el Puente de Tolbiac, donde desde la ficción irrumpe la modulación citadina como una respiración diferenciada.

 

 

Por supuesto resulta indispensable pasar por la prosa de Iain Sinclair. No sólo por La ciudad de las desapariciones o American Smoke, sino -y por sobre todo- por la red de anárquicos libreros de Whitechapel-Trapos Rojos, traducida muy oportunamente por Matías Serra Bradford, sobre quién pasaré a escribir (casi) de inmediato.

 

 

Otras extensas caminatas.

 

 

Continuará.

Fantasía, autorepresión y memoria perversa

Finalmente la memoria habla otra lengua, y en esa Babel del inconsciente no se entiende con los registros de lo real -del Real- y menos con el baile de máscaras y deformaciones daimónicas de esos atajos peligrosos llamados fantasías. No las del deseo, sino las pervertidoras del deseo. Acaba de publicarse em un único e indispensable tomo la saga completa de Alack Sinner, que sus autores, José Muñoz y Carlos Sampayo, estuvieron promocionando en Buenos Aires por estos días. Pero sigue sin circular ese tremendo Juego de luces, inhallable al menos para los que no retuvieron aquellos números de la revista Fierro de la primera época.

 

 

José Muñoz me comentó alguna vez que no terminaba de estar satisfecho con el resultado de aquellas viñetas, de esa historia. Sin embargo, el flashback que articula esa fábula de amor frustrado es un Tratado de la Virtualidad Imperante en un mundo cada vez más esquizofrénico en sus repartos de ficción: una reescritura involuntaria en la que el mundo y sus fantasmas cansinos reescriben sus fronteras.

Masotta Trip de Force:Operación Faulduo

# Transforman el libro, ejecutándolo, como quien interpreta una partitura: los Faulduos (un Faulduo) hacen de la presentación de Masotta un pattern. Las alturas, los tempos y las intensidades coinciden con la materia gráfica: parten de un retrato informal y expresionista del autor, prosiguen el trayecto disipando citas, encuentros y menciones: las efigies de Aquaman y Superman, Periquita siempre en apuros, Mandrake y su exhibición de trucos, Hogar Dulce Hogar, Masotta como superhéroe: lo ilegible, transcurre. Como en Coltrane, una frase es un intercambio, la reprogramación de un alarido, un sonido en varias manchas.

# Acatan: el interés de Masotta no era la historieta, sino lo que se podía hacer con ella. Los dibujos y los textos sólo en sus efectos. Un Faulduo reinterpreta enrocando los signos por notas, más BOP que POP. No gana la semiología, tampoco la industria, si se exhibe una plusvalía, es la del gesto. ¿La historieta es anterior al Pop, es el paradigma del Pop, es la continuación del Pop, una amante temporal del Pop? La historieta estaba antes y después de estas tres letras, antes y después de que Greimas se apropiara del Rey Petiso, mucho antes de que varias generaciones pensaran en comics y dijeran manga. Un Faulduo tacha, reescribe, vuelve a manchar, convoca un staff diferente, no hay nada más político y vanguardista que una historieta. Sebreli y Correas vuelven desde un pasado remoto, fuera de control, como espectros. El mundo es el mismo incluso en sus simulacros.

# La partitura faulduica es historieta porque es enciclopedia: como otra Divina Comedia, no hay página que no esté poblada, que no sea el reflejo de más de un siglo. La historieta nació como industria pero más que nunca es un género para entendidos. Remix de Oscar Steinberg y el Viejo Breccia, Chester Gould, Oesterheld, Lino Palacios, Charlie Brown, el fantasma de los caligramas de Apollinaire, el Gato Félix y el solitario pato de Dante Quinterno en un fabuloso boulevard de Los Ángeles. Si Disney se adueñó de Pixar, Marvel y Star Wars, pronto querrá comprar Un Faulduo y reofrecer las franquicias de Masotta. La comiquería hace rato que es el Nuevo Aleph, en el cual Borges sigue oficiando de inspector de gallinas.

# El dandi Masotta es Isidoro Cañones con libros en francés bajo el brazo, pero el siempre el mismo whisky. Lo confunden con Belmondo, está tan fuerte, tan lindo como Patoruzú. Sabe lucir corbatas –siempre flojas- y libros de Merleau-Ponty y Lacan, sabe cómo seducir a Nico de Velvet Underground y hacer del Happening una cuestión nacional: somos un país de happenistas e historietistas. Un Faulduo certifica que la literatura es literatura dibujada, que la Comedia Humana no nació con Balzac, que Yellow Kid, que su amarillo no ilumina, pinta: cumplía su jornal con los Hermanos Lumière. El Arte Pop, ante todo, es Editorial Columba. Don Ramón es Industria Argentina. Editorial Novaro alimentó a la Chilindrina que de más niña quiso ser Marvila por lo cual soñó a Steve Trevor con la cara de Cantinflas, quien, según dice la leyenda que todos creemos, visitó de incógnita la Bienal de Historieta en el Di Tella en 1968. Pop al cubo y Pop más acá. Volveré y seré catálogo republicado: allá Paidós, acá Tren en Movimiento.

# De la masa al ghetto, de los diarios a las cuevas: Masotta, como Gilgamesh, mucho antes que Herzog, descubrió que las historietas preceden en mucho a Little Nemo. Su origen, como el oficialismo, nace en Santa Cruz, en la Cueva de las Manos. UR-Faulduo: los muchachos de ahora dibujan brontosaurios. Borges reescribió una historieta en los primeros años treinta: Peloponeso y Jazmín, en el Suplemento Multicolor del Diario Crítica. Un Faulduo, cavernícolas de ley, lo reescriben todo, hasta al nieto de Botana: existencialistas del culto de Saint-Copi. El Siglo XXII será masottiano o no será.

# Milton Caniff como un solo de trompeta. Alack Sinner se regenera desde la Mancha Voraz. De Caligari a Perón: hasta Osvaldo Lamborghini fue guionista de historietas. Krazy Kat, la loca enamorada, su ladrillo jaculatoria y ese Tarzán tan chongo como los obreros de Carpani. No hay quien no haga de su historia una historieta. Llega la Edad de Oro de la historieta (1930-1940) y en el capítulo de Mundo Faulduo luce la distorsión: distorsiona Buck Rogers como en un solo de Sonic Youth, distorsiona ese Burroughs que hizo rico y célebre a Johnny Weissmüller, acopla la espinaca de Popeye, hace ruido Terry y también sus piratas. Es entonces cuando la semiología se convierte en psicodelia y al revés: bienvenidos al Planeta Mongo. Rebienvenidos al Planeta Sono, con Oswal y su poder músico mental. Miren ahí a Mister Natural, y también cerca a los Freak Brothers. ¿Será verdad que el joven Masotta se parecía a Calculín? Tanto como Rodolfo Walsh al Profesor Neurus.

El 13 de octubre de 2015 se llevó a cabo en la Universidad Torcuato Di Tella la presentación/performance del colectivo Un Faulduo de su libro La historieta en el (Faulduo)mundo moderno. Suerte de revisitación del clásico de Oscar Masotta publicado en 1970, la función estuvo escoltada por dos referentes que se turnaron leyendo dos textos escritos para la ocasión: Oscar Steimberg (compañero de Masotta, cuyas intervenciones siguen siendo claves para el campo de los estudios y la crítica del cómic) y Rafael Cippolini, escritor y curador de arte, lector y conocedor apasionado de la historieta.

Para más información, hacer click acá.

Huronopodosis

 

El Hurón nunca sueña de más ni de menos. Rastros acá.

Polimorfìas & Humorismos

 

(…) De Max Cachimba, nacido en 1968, se exponen incluso dibujos fechados en 1972 y 1974, guardados por su madre artista, y que prefiguran su obra actual. También se hacen presentes (en pedestales y en rincones de las galerías del CCPE) los objetos encontrados que él retrata en sus pinturas y dibujos, como la gallina de cemento para jardín que dio origen al personaje de Olga Gina para el programa televisivo local de animaciones Cabeza de Ratón.
En una Argentina paralela, la revista Fierro no se fundió, Juan Pablo González sigue firmando con sus iniciales las historietas que desde mediados de los ’80 y hasta comienzos de los ’90 dibujó para su suplemento Oxido con guión de Pablo de Santis, y nada de esto existe. Pero por suerte sí, pese al costo y al riesgo de incursionar en muy diversas ramas del arte (animación, pintura al óleo, collage y hasta varieté) para un artista que desde los 15 tenía su futuro bocetado.

 

 

(…) Literalmente, “polimorfo” significa “de múltiple s formas”. “Lo que en esta exposición se verá son historietas, ilustraciones, pinturas, animaciones, poesía, objetos”, anuncia el curador. Munífico Institutor del Longevo Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires y compilador de un Manual de Patafísica ilustrado por Max Cachimba, Cippolini era la persona indicada para reunir y ordenar estas piezas tan diversas en formato como cohesivas en su incoherencia calculada.
Esta muestra antológica es una oportunidad única de disfrutar sus historietas artísticas publicadas en medios extranjeros, como la revista Qué suerte; o extintos, como la Fierro o el diario Perfil (donde publicó su tira Humor idiota) o la franquicia de la revista Inrockuptibles. Todo eso, en contrapunto con su arte historietístico, como el de sus ilustraciones para libros de Roberta Iannamico o de César Aira o un álbum de la banda Una Cimarrona (cuyo arreglador y trompetista Eduardo Vignoli también compuso la pegadiza fanfarria de uno de los videos de la muestra, La Tourneé du Monde, con dibujos de Cachimba animados por Pablo Rodríguez Jáuregui). Hasta hubo en la inauguración un número vivo de La dimensión descocada, su proyecto performático con el actor Rodolfo Marusich, donde se invocó a un tal “Ernesto” que algún conocedor no dejó de asociar con la bizarra banda Ernesto y su conjunto, formada alrededor del 2000 por Cachimba, Marusich, David Nahón y una cambiante serie de músicos invitados.

 

 

Si bien el curador lo vincula a dibujantes como Landrú, las influencias de Max Cachimba conjugan los tópicos del humor gráfico (cierto humor gráfico, entre lo tierno y lo siniestro, como el de la saga The Far Side, de Gary Larson) con el alto arte medieval del poeta Dante Alighieri y del pintor Hieronymus Bosch. Ellos en su época difícilmente se hubieran encontrado, pero se dan cita en esta obra.
Lo infernal medieval es un tópico que Max Cachimba aborda sin solemnidad, mientras se apropia de la síntesis formal de ciertos modernismos periféricos, citando los retratos de Augusto Schiavoni (hay un homenaje a su Muchacho del porrón), un personaje de Lewis Carroll, o los bucólicos cipreses de Martínez Ramseyer. Hay un lado B del canon, y junto a ellos existe un tesoro de palabras y objetos caídos en desuso: los chistes de Jaimito, las jarras en forma de pingüino o términos como intríngulis o piscolabis, con cuyos efectos de comicidad Max Cachimba construye su propio “limbo acrónico”.
Antes que de absurdo, habría que calificar su disparatado y tragicómico humor como nonsense: ese género victoriano que crea un mundo autónomo, regido por la lógica de lo gratuito y el sinsentido.

El humor polimorfo de Max Cachimba, por Beatriz Vignoli para Rosario 12, haciendo click acà.

Max Cachimba: Breve Antología Polimorfa

 

Sistema Fisherton. Max Cachimba es un gran invento. De hecho, logró mucha atención –valga la paradoja- antes de convertirse en Max Cachimba (en los años ’80, ganó el premio para jóvenes historietistas de la revista Fierro, con tan solo 15 años, cuando todavía firmaba con sus iniciales, que luego, involuntariamente o no, fueron plagiadas por un archivo de imagen digital). Además de sus recursos gráficos –por momentos tenía algo del primerísimo Gambartes pero absolutamente fuera de control-, llamaba la atención entonces cómo lograba transformar cualquier disimulo en un notable espectáculo. El detalle convirtiéndose en una épica del descoloque. No deberíamos olvidar que, como su admirado Grela, Cachimba –antes y después de ser Cachimba- fue siempre un hombre de artes y oficios, de minucias de la pluma y el pincel, y así también de humores varios. El plural se debe, ante todo, a que su gracia resulta invariablemente corporal, física por perversamente anatómica: descalabrante, el humor en cuestión se inicia en el cuerpo para llegar a las palabras. Cuando llega, porque muchas veces ni hace falta. Por eso jamás faltaron entre sus arquetipos contorsionistas, voyeurs, funambulistas o acróbatas. Si el espectador lo desea, puede entenderlos a modo de metáforas. También a Fisherton, su lugar en el mundo. Uno y otro se complementan a la perfección.

 

 

De tradiciones y cortesías. Dando a proponerle una tradición a nuestro artista, opto por esta Santa Trinidad: Oski, Landrú y Copi. ¿Por qué? Porque son únicos, solitarios, polimorfos, y convirtieron, cada cual a su modo, al humor en una ciencia. También porque nunca dejaron de transitar, y valga el oxímoron, la salvaje cortesía. Cachimba también, sin proponérselo ni mover un dedo, es hace rato cabeza de una tradición (no olvidemos que Liniers repitió en varias ocasiones: “Él es mi Hemingway”). ¿Qué otra característica une a Cachimba con los tres artistas citados al comienzo de este párrafo? Ese constante dejar en manifiesto la elegancia de la vulgaridad y la vulgaridad de la elegancia. Repito; la inocencia de cierta obscenidad (no nos olvidemos el hit La japonesita, de Jacinto W. y sus Tururú Serenaders, disponible en Youtube). También como ellos, fue inventando un autor más allá del seudónimo. Como en los tres citados, lo Cortés no quita lo valiente. Como decía César Bruto (otro que podríamos sumar a la lista): para Cortés tenemos a Hernán, aquel de los modales neronianos.

Larga vida a Max Cachimba.

Max Cachimba. Breve Antología Polimorfa.
Inauguración: jueves 16 de marzo, 19 y 30 hs.

Parque de España.
Sarmiento y Río Paraná
Rosario

Detournalia, un libro

 

(…) El libro (de tres tapas “a elección”, que son a la vez obras, o mejor dicho parte de “Ediciones Fairy Fellers”, esa suerte de proyecto editorial para el que Kacero diseña tapas de libros y autores que también inventa) sigue el derrotero (y tiene el mismo nombre) de la muestra “Detournalia”, llevada a cabo en ese mismo museo en el invierno de 2014 y curada por Rafael Cippolini, pero de alguna forma la desborda, la da vuelta, la pone en acto. Dentro de la trayectoria de un artista-escritor que todo el tiempo está llevando a cierto límite (el del absurdo) los más pequeños intersticios (esos que sólo algunos, Macedonio, Magritte, Borges, con diversión advierten) el libro permite otro abordaje de las mismas obras, y funciona entonces como una especie de contrapartida de la muestra.

 

 

Quien piense al libro como una estructura previsible tendrá rápidamente su desengaño cuando encuentre en la primera página, y en la segunda, y en la tercera y también en las diez próximas, una serie de índices que no son índices de nada sino obra en sí misma. Kacero enumera, hace listas, pone de relieve las pequeñas burocracias de los paratextos, con las que cotidianamente lidiamos: indexa libros que no existen, con ¿relatos?, ¿ensayos? de nombres sugestivos, que queremos correr a leer: “Entrópico de capricornio”, “Temporada de pathos”, “Religión catódica”, “Mente en blanco de titanio”. Sus juegos de palabras oscilan entre la ingenuidad y la ironía, pero en la acumulación proyectan un sentido más profundo.

 

 

Los más disímiles proyectos (“Kacero –definía Cippolini– actúa como una familia de artistas que se evitan bastante entre sí y sin embargo entre ellos es indisimulable el extraño parentesco”) se suceden en “Detournalia”, la mayoría acompañados por un texto breve que funciona como introducción (y que se encuentra al final). De Beatriz Vignoli a César Aira, de Lux Lindner a Lucía Puenzo, de Inés Katzenstein a Carlos Gamerro, la polifonía textual del libro se corresponde a esa misma libertad con que Kacero salta de soporte en soporte: de la pintura a las palabras, de los objetos al video, de los viajes a la filosofía de Kant y Hegel, de las dedicatorias arrancadas de libros viejos al simulacro de la propia muerte.

La nota completa, de Julia Villaró, publicada por la revista Ñ, haciendo click acá.

Fotos del montaje de Detournalia, de Josefina Tomassi.

Pericias del Hurón Mágico & Cía

En breve marcha, en el mismo sitio de siempre. Más sencillo haciendo click acá.

Platón Beat Pesadilla #17

 

El año comienza desde resonancia varias (¡otra vez en marcha, bendita y paranoica digitalidad que nos devuelve los ecos!). La felicidad de un trío (maestrísimo Mario Arteca, acompañado de Benito del Pliego y Maurizio Medo) , en el prólogo de País Imaginario (click acá), donde reaparece aquella Pesadilla de Platón, que no conoce de siglos. Lo cierto es que cuando escribí aquello no conocía esta animación compartida por Suvi Ainola (click acá). Ignoro si Suvi es el autor. Ni idea.

 

 

Sigue el Beat (¡Beat Hit!) de la antología Opium+Sunda. Esta vez en la compilación de prólogos de Eterna Cadencia (click acá) más la reseña de Elvio Gandolfo en Ideas, de La Nación.

2017. Salud.

Flashurón!!!

 

El Hurón prosigue bicefaleando. Pruebas haciendo click acá.

Ensalvajar la vida: una lógica del conocimiento sensible

 

Escribió Michel Maffesoli: “No se trata aquí de hacer una crítica moral del moralismo, ni una polémica en contra -lo que sería un combate de reta-guardia- sino de participar en una constatación, en el reconocimiento empírico de una energía naturalista. Los trabajos de S. Moscovici y de E. Morin han contribuido ampliamente al respecto, pues han mostrado claramente la necesidad de “ensalvajar la vida” para vivir mejor lo doméstico, o incluso de pensar el paradigma de la naturaleza para apreciar mejor la cultura. Cabe sumarlos a los de G. Durand que, incansablemente, en nombre de una racionalidad abierta, llama nuestra atención sobre los peligros del “régimen esquizofrénico”, característico del racionalismo tal como se ha impuesto progresivamente. Podemos resumir esta constante de una manera bastante sencilla: al encarnar el pensamiento, al privilegiar la iconoclastia, se olvida que puede existir una “lógica del conocimiento sensible”, que según Baumgarten está en la base de la Aesthetica, es decir, del placer de los sentidos experimentados en común”.

 

 

Escribió Diane Ackerman: “Los sentidos no se limitan a darle sentido a la vida mediante actos sutiles o violentos de claridad: desgarran la realidad en tajadas vibrantes y las reacomodan en un nuevo complejo significativo. Toman muestras contingentes. Sacan la generalidad de un caso único. Negocian hasta establecer una versión razonable y, para ello, hacen toda clase de pequeñas y delicadas transacciones. La vida lo baña todo como una cascada radiante. Los sentidos transmiten unidades de información al cerebro como piezas microscópicas de un gran rompecabezas”.

 


 

Escribió Alan Watts: “Todo sucede por sí solo de manera natural. Es por esto que resulta muy interesante realizar el experimento de permitir simplemente que los sonidos lleguen a nuestros oídos. Cierren los ojos y cobren conciencia del conjunto de sonidos que se hayan fuera de ustedes y de los que tienen lugar en su interior. No traten de identificar ni de nombrar los sonidos, permítanles simplemente ser tal y como son. Tampoco crean que ustedes no tienen que emitir sonido alguno, como el ruido de los intestinos, el hipo, la tos, etcétera. Ábranse a la totalidad de los sonidos, permítanles simplemente ser tal y como son. No trate, en el caso que escuche una conversación, de seguir el argumento, sino que sigan considerándola como un sonido más. Convendría realizar este ejercicio por la noche, poco antes de acostarse, para darnos así cuenta de que nos hallamos inmersos en un mágico continuo musical. A poco de haber iniciado el ejercicio descubrirán la tendencia a tratar de modificarlo que estamos escuchando. Centramos nuestra atención en este o aquel punto, nos decimos a nosotros mismos que debemos ignorar aquello o gritamos a nuestros hijos para que se callen porque no nos dejan escuchar lo que estamos escuchando. Si realmente supiéramos escuchar, podríamos concentrarnos en cualquier cosa aunque nos halláramos en el medio del estruendo más infernal.
Y lo mismo podríamos hacer con el resto de los sentidos”.

 

 

Escribió Edgar Wind: “Liberarnos de nuestras habituales ataduras es la tarea principal que asignamos al artista. Si pensamos en Manet, Mallarmé, Joyce o Stravisnsky, da la impresión de que todos los triunfos artísticos de los últimos cien años fueron en primera instancia triunfos de trastorno: la grandeza de un artista se manifiesta en su facultad de trastornar nuestros hábitos de percepción y revelar nuevos espectros de sensibilidad. “Es más fácil pintar la naturaleza que combatirla” era una de las admoniciones que se hacía Kandinsky, y recordaba sus conversaciones con Schoenberg sobre la “emancipación de la disonancia”. En literatura, Remy de Gourmont un divagador ingenuo, sobrevalorado por T. S. Eliot en Sacred Wood como “la conciencia crítica de una generación”, intentó cuestionar la comodidad del hábito buscando una renovación perpetua en el divorcio: “Pasé mi vida entera haciendo disociaciones de ideas, disociaciones de sentimientos, y si mi obra vale algo es porque preservé en este método”. (…) Es indudablemente un hecho psicológico que cuando los colores, las formas, los tonos o las palabras aparecen en audaces disyunciones o colisiones, y por ende liberados de su contexto habitual, experimentamos con renovada intensidad sus cualidades de sensaciones brutas. De allí esa íntima y peligrosa relación entre purismo y barbarie que Paul Valéry observaba en sí mismo: “Nada conduce de manera más expeditiva a la barbarie perfecta que una adhesión exclusiva al espíritu puro. Yo he conocido íntimamente este fanatismo”. (…) Podría argumentarse que este predicamento no es nuevo ni inusual, la energía creativa siempre tuvo el efecto de transformar o agudizar los hábitos de percepción. Pero en el pasado, cuando los artistas todavía estaban en auténtico contacto con el mundo de la acción, sus innovaciones -por muy estimulantes o provocativas que fueran- se producían de una manera casi incidental de las funciones vitales de la que el arte era subsidiario: hoy la inventiva artística es un fin en sí misma. El arte sea vuelto experimental”.

 


Escribió Richard Brautigan:

Esta mañana me preguntaba
cuando vería mi primer pájaro
en Japón

Aposté mi dinero mental
a que sería un gorrión cuando escuché
un gallo
cacareando
desde un patio en el distrito de Shibuya
en Tokio

y así terminó la cuestión

 

14 de mayo de 1974

 

Nota: Dedico estas líneas al alma mater del Brautigan Fest, Nicolás Domínguez Bedini, cuya segunda edición tendrá lugar en junio de 2017. Nicolás también es autor de Médanos de Oro. La dedicación se extiende a quienes llevan adelante las ediciones de Zindo & Garufi, por su tracalada de títulos indispensables.

 

 

VJ for Fake

 

Bajo la apariencia de un documental autobiográfico, “Generación artificial” de Federico Pintos deviene un thriller detectivesco sobre el poder del audiovisual en la era digital.

por Carlota Moseguí

Originalmente en Otros Cines Europa

 

Ante esa tendencia del cine documental que se presenta como una evolución del periodismo gonzo –del sensacionalismo del último Michael Moore al mainstream de Catfish, pasando por la más lograda Tickled–, la aparición de películas como Generación artificial, Lo que hacemos en las sombras, o, en el territorio español, Mi loco Erasmus nos permiten reflexionar sobre el uso y abuso de esta moda. Pese a sus incontables diferencias, los tres ejemplos citados son, en esencia, ficciones que llevan a un cierto extremo autodestructivo las formas del falso documental. Sin necesidad de refugiarse en la comedia –como sí hicieron Carlo Padial y los neozelandeses Taika Waititi y Jemaine Clement– el secreto del éxito del debut del argentino Federico Pintos se halla en el ingenioso juego de espejos que orquesta, y mantiene, el autor para confundir al espectador durante todo el metraje.

 

 

Al público de Generación artificial que ya conozca a Rafael Cippolini le resultará difícil creerse el artificio de Pintos. Pero de no ser así caerá de lleno en su trampa, puesto que el célebre ensayista y curador argentino se hará pasar por Pintos durante toda la película. Cippolini, ahora alter ego de Pintos, se presenta ante la audiencia como el verdadero artífice de Generación artificial: un documental que inició quince años atrás, cuando la única pasión en su vida era el video jocking (manipular y proyectar imágenes que acompañan la música electrónica en las discotecas). Tras unas notas biográficas impostadas sobre el germen de la pasión de Cippolini por ser VJ, narradas en primera persona para que el público nunca llegue a cuestionarse su autoría del film, Generación artificial arranca con un torrente de imágenes de fiestas en los boliches –discotecas– de Buenos Aires en los años noventa, al son de la mítica canción Amor industrial de Aviador Dro.

 

 

Esta apabullante explosión de imagen y sonido es arrojada ante nuestros ojos con un único fin: convencernos de que se trata de una selección audiovisual del footage original que Cippolini recopiló a lo largo de la década de los noventa para componer el “documental” que estamos viendo. Acto seguido, la voz en off de Cippolini suscribe la farsa, añadiendo con tono verosímil y melancólico: “así empezaba la primera versión de mi documental”. Luego, el cronista añade que el propósito inicial de Generación artificial era trazar la evolución del video jocking, desde su nacimiento en los años noventa hasta la era digital. Sin embargo, un suceso trágico, que no será revelado hasta el desenlace del film, no sólo deformó la adoración del documentalista por el video jocking, sino que le hizo perder la fe en la tecnología al servicio del hombre. Así, detrás de la apariencia de un documental autobiográfico sobre un desencanto traumático, se esconde un insospechado thriller detectivesco, que incluye una valiosa reflexión sobre el arte contemporáneo, y otra acerca del poder del audiovisual en la era digital.

 

 

La trama ficcional de Generación artificial se sostiene a través de la interacción entre tres personajes, que a su vez serán interpretados por individuos vinculados con el mundo del arte, sin experiencia previa en la interpretación. Sin dar demasiados detalles sobre el enigma del film, diremos que la vida (y la obra) del cineasta impostor, que encarna Rafael Cippolini, cambiará para siempre cuando conozca a un ex video jockey loco (Julián Urman) que con la llegada del nuevo milenio se obsesiona con la idea de hackear el cerebro humano a través de experimentos neurológicos, y la novia de éste (Lulú Jankilevich).
Paralelamente al desarrollo de la trama de misterio que mantiene unidos a los únicos personajes del film, Pintos no baja la guardia ni un segundo, pues nunca dejará de fingir que Generación artificial es un documental filmado por Cippolini. ¿Qué espectador llegaría a replantearse que está siendo manipulado por el director; es decir, que está viendo una ficción en vez de un documental gonzo, si resulta que más de la mitad de la película se compone de clips de entrevistas sobre arte y tecnología que Cippolini hace a los mismos inventores del video jockingen Argentina, a los sociólogos Marcelo Urresti y Graciela Tarchini, e incluso al neuro-científico Mariano Sigman? Generación artificial es un lúdico y laberíntico trompe l’oeil, que invita a la audiencia a ser cómplice de la ruptura definitiva de las fronteras entre la ficción y el documental en el séptimo arte.