Archive for the 'Uncategorized' Category

La Constelación de Géminis

Tres partidas muy cercanas, bajo un mismo signo. ¿Cómo medir esa proximidad? ¿por la complicidad? ¿en la suma de momentos? No se conocieron entre sí –al menos, no me enteré-. Los frecuente mucho, en distintas épocas, y esto fue durante décadas. Aprendí de cada uno, colaboramos uno con otro, y hoy sus presencias se sienten distinto. Estoy intentando entender cómo.

 

 

Hablamos por teléfono, hará dos meses. Quizá un poco más, pero no mucho. Fue la última vez. Como sucede casi siempre, es una vez más, no tiene nada de especial. Hablamos del último video de Los Brujos, de los ensayos. Pocos amigos siempre tan iguales a sí mismos. Entre aquel Ricky Rúa que conocí a mediados de los años ochenta –una tarde que Gabo Mannelli lo trajo a casa- y el que vi dormido, en su última siesta, el mismo día que se fue, el jueves 16 de junio, no existe diferencia. Hasta en los momentos más complicados, nadie sostuvo el look y la actitud como Ricky.
Constante fuente de inspiración y energía.
Go! Alien Go!

 

 

Estuve en la casa de Gyula Kosice, en la que fue nuestra última conversación, hace más de un año. Quizá también un poco más. ¿Fines del verano? ¿principios de otoño? Hace mucho que no hablábamos. Otro fenómeno –en todos los sentidos de la palabra-. Me superó su Ciudad Espacial ya a mis catorce años: si eso era el arte ya moderno, o ya contemporáneo, eso me interesaba. Mucho. Conocerlo, a mis treinta y pocos, no me desilusionó –los héroes a veces lo hacen-. Por el contrario: adoré su temeridad desde el minuto cero. No resulta fácil, en todos los casos, entenderse con los amigos. Pero mi gratitud hacia el Barón Hidrocinético- como le decía en broma- hacia su humor, perspicacia y agudo delirio, no sólo sigue intacta. Como todo él, vive en el futuro. Aunque nos digan que se fue a su Civitas Kosiceana un 25 de mayo.

 

 

No supe más de Luis Thonis después de aquella tarde a principios de diciembre o a fines de noviembre, cuando nos encontramos en un bar cercano al Parque Rivadavia. Mi hija Nina, de entonces 7 años, que me acompañó entonces, apenas si nos dejó charlar. Hizo callar a Luis más de una vez, lo cual, ahora que lo pienso, es una hazaña doble: una tarea titánica para ambos. Un amigo me mandó lo que escribió Mariano Dupont cuando se enteró de su partida, el 19 de junio. Yo no lo podría haber dicho mejor. Thonis es, fue y será el último baluarte de la bendita intransigencia.
Siempre hay que continuar las líneas de transmisión” solía decirme.
Vos sos las líneas de transmisión, Luis.
Y hay Thonis para rato.

 

En Zhuangzi

Nunca se fue, pero volvió por Philippe Sollers. Es más: por una relectura de Sollers. “¿A quién pertenecen los años 2000, 3000, 7000, 9000? A Chuang-Tsé, a Bach. ¿Les gustan los cambios interesantes, la novedad? Sus modelos son Chuang-Tsé y Bach. ¿Quieren lo contrario, mantener las tradiciones más antiguas, las que repiten lo mismo desde hace milenios como si no fueran a ninguna parte y hubieran nacido ayer mismo? También Chuang-Tsé, también Bach. Eviten las opiniones, las discusiones varias, salten al vacío, apúntense a la Variación”.

Tengo una memoria considerable para repetirme que Chuang-Tsé estuvo en todo momento, incluso antes de la Antología de la literatura fantástica de Bioy, Borges y Ocampo. Es más, la mariposa nunca estuvo entre mis favoritas. Sí el pez, ese pez que jamás se olvida y ataca como virus milenario que es a las mayores preferencias que ya no tienen vuelta atrás. ¿Quién quiero ser? Chuang-Tzu. ¿De quién soy fan absoluto? De Chuang-Tzu. ¿Quién es el autor que en toda ocasión está a mano? Chuang-Tzu.

Ni siquiera Tao. Ni siquiera el Zen. Sólo Zhuangzi.
“La Penumbra le dijo a la Sombra: “A ratos te mueves, otros te quedas quieta. Una vez te acuestas, otra te levantas. ¿Por qué crees que eres tan cambiante?”.
“Dependo”, dijo la Sombra, “de algo que me lleva de aquí para allá. Y ese algo a su vez depende de otro algo que lo olvida a moverse o a quedarse inmóvil. Como los anillos de la serpiente, o las alas del pájaro, que no se arrastran ni vuelan por voluntad propia, así yo. ¿Cómo quieres que responda a tu pregunta?”.

Vico en Piranesi, y también al revés

Suelo soñar con varios lugares en los que nunca estuve, nunca despierto. Espacios que recuerdo con extremada precisión. Escenarios que son los mismos, y que recorro de otra manera. Fui descubriendo de dónde venían –algunas de su fuente de vigilia-. Giovanni Battista Piranesi fue el que me dio alguno de los más preciosos detalles, partes mapa. Eso lo supe más y más durante un buen tiempo. Ahora también sé que mi caro Giambattista Vico también fue deslizando otras tantas claves.

En mi cronología, primero vino Piranesi, pero sólo como curiosidad –hace demasiado, en mi primaria-. Regresó bastante después, ya en libros leídos y observados con toda la minuciosidad del caso. Pero entre tanto llegó en filósofo de la Scienza Nuova, quien se instaló en mis intereses definitivos con total holgura. Aunque contemporáneos, aunque de algún modo vecinos (del Veneto a Roma uno, en Nápoles el otro), no encontré cruce entre ellos hasta que llegaron los sueños.

No hace tanto me desperté en la certeza del cruce. Encontré algunas pistas, estoy en la búsqueda de otras. ¿Rearmaré el mosaico? Como sea, en mi inconsciente está ese otro nexo que los aproxima.

Es parte del juego de las afinidades. Detrás de una historia pública, hay tantas otras historias igual o más interesantes que finalmente destilan.

Samsara

Fue simultáneo: leer y encontrarme con Raúl Rossetti. Fue la misma sensación de placidez –aunque tendría que buscar una palabra más adecuada, prometo que la encontraré- leerlo que conversar con él. Sucede: conocés de toda la vida a alguien a quien, hasta una semana antes, no conocías ni de nombre ni sabías nada de su vida. Hay muchos tipos de afabilidad, y la de Raúl era de las mejores. De algún modo todos vivimos como escribimos y viceversa, pero algunos más, y él era de estos últimos: era fácil determinar la continuidad entre sus libros y quien te hablaba. Me acuerdo perfectamente de nuestra primera charla: hablamos de su homónimo, Dante Gabriel. De las formas de vida y los modos de pensar. No sé qué determina que a ciertas personas las veas muy seguido durante un corto tiempo, después no vuelvas a encontrártelas durante muchos años. Y de vuelta el ciclo.

Me enteré hace apenas unos días –la web es una novedad eterna, así como un pasado perpetuo- que Raúl murió en 2010. Hablamos bastante de su enfermedad en una época en que esta se hizo pública, no recuerdo hace cuánto. Volví a encontrármelo –porque siempre fue así, siempre nos unió el azar, una, dos o tres ciudades- varias veces más. Y siempre fue conocernos desde siempre.
También ahora. El ciclo siempre recomienza, querido Raúl.

Tan museo de sí

La expresión la ajustó Gabriel Bernal Granados, poeta y traductor exquisito con quien tuve correspondencia en mis tiempos de co-editor de tsé=tsé. Gabriel fue traductor y editor de ese genio –sí, no me asusta en absoluto el apelativo- que se llamó Guy Davenport. Venero a Davenport. Sigo plagiándolo, sin ningún empacho. Sigo fijándolo como meta. Es una de mis aspiraciones: llegar a escribir ensayos tan buenos como los suyos. Volví a comprar, en la última Feria del Libro de Buenos Aires –y esto porque había cometido el crimen de perder mi ejemplar anterior, editado nada menos que por Aldus- El museo de sí. A tantos años de mi primera lectura, los efectos se concentran y potencian.

¿Qué más decir?
Quiero conocer a Guy Davenport en otra vida. No tengo idea en cuál, pero quiero conocerlo.

Turismo atómico

En 2012 publiqué Sabios y Atómicos, como parte de volumen Historias del Fin del Mundo, de Interzona –resultado de la Residencia creativa en el Llao-Llao, ese mismo año-. Fue la primera versión de la construcción de la hipótesis de relación del polémico físico Ronald Richter con el no menos controvertido novelista Arno Schmidt. O de cómo Perón pudo haber sido materia distópica de Ulm, aunque por cierto no lo fue (aunque por poco).

Acompañado por Ignacio Nicolao, este mes recorrí de otra manera las impactantes –sí, impactantes- ruinas de la Isla Huemul. Llegamos en kayak a las costas atómicas y nos internamos en los laboratorios abandonados. Tomé nota, nuevamente. La hipótesis crece, junto con los hechos. 

Las novedades están en transcurso.

Amistades telepáticas


Me llama Alfredo Prior y me dice: “Deleuze dijo que la amistad es una condición del pensamiento. Yo voy más allá y digo que es una condición de la telepatía, de la sintonización de las mentes. Yo veo cosas que hacen mis amigos y estoy contento porque son cosas que me hubiera gustado hacer a mí. Ni siquiera me hace falta investigar mucho más. Con lo que me entero me basta”.

 

Todo esto porque estamos pergeñando algo con Prior y Raúl Escari. Otra forma de entrar en simultaneidad.

La instantaneidad de lo digital transforma al epigrama en un jadeo

Twitter es una plataforma muy pregnante, y lo cierto es que sus efectos no se limitan a la web, sino que contaminan nuestros modos de pensar. No lo describiría como síntesis sino como ansiedad. La instantaneidad de lo digital transforma al epigrama en un jadeo. Elegimos correr, y correr cansa.
Los contextos están compuestos de tiempo, son tiempo. Habitualmente tenemos que distribuir nuestra atención entre tanta información que ésta caduca con la misma celeridad. La noticia que nos proporciona Twitter es por definición superficial. Una amiga dice “Twitter es opio digital” y yo agregaría “también es estrés encubierto”. Por más fugaces que parezcan, los tweets ocupan lugar en el cerebro.
Es que cambió el lugar de los escritores y de los intelectuales. Tener o no una cuenta en Twitter define una relación con la escritura. De mi parte, no estoy en contra de Twitter pero no lo necesito. Lo mismo me sucede con Facebook. Ya tengo demasiadas necesidades como para sumarles otras más. En una época en la que ya no parece existir un afuera de lo digital, me reconforta imaginarme que puedo imprimirle mi tiempo. Aunque no sea del todo posible.

Hoy en Ñ. Declaraciones de RC en
La cultura que nace en Twitter ¿es o se hace?
Por Silvana Boschi. 

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Ansiedad, dispersión y abandono


¿Qué queda de Basquiat, hoy? ¿Qué lo sobrevive, más allá y más acá de su mito –que no es nada diferente de la caricatura del zeigeist de los ’80 en Nueva York–, y de la industria de su presencia, todavía vertiginosa? Si bien las relaciones entre mercado y tradición a finales del siglo XX son bien complejas –cruces que no se circunscriben del todo a las calculadas y mutuas indiferencias entre academia y circulación de arte–, lo cierto (y perdone el lector de antemano lo bizarro de la comparación) es que, tratándose de Basquiat, podría parafrasearse lo que alguna vez se dijo sobre el “efecto Quinquela Martín”: no podríamos comprenderlo cabalmente sin la ayuda de la sociología.

Y es que el descendiente de haitianos y portorriqueños resulta, más que cualquiera de sus compañeros de generación (como Keith Haring, Cindy Sherman o Julian Schnabel, aunque los dos últimos son casi una década mayores) un combinado exacto –para no insistir con arquetipos y metáforas– de ansiedad, dispersión y abandono.

¿Fue grafitero? Más bien pasó por el graffiti. ¿Un agitador urbano? Su actividad firmada SAMO podría ser historiada desde esta perspectiva. ¿Músico? Gray fue más un proyecto que una banda, con todas las diferencias del caso. ¿Africanista? Si aceptamos al Peter Gabriel o al Paul Simon de esos años como estudiosos del continente negro –recurrente exageración pop–, podríamos auscultar alguna referencia. ¿Continuador de Jean Dubuffet y su art brut en La Gran Manzana? Tremendo disparate. Por favor relean Cultura asfixiante, ensayo-manifiesto del creador francés que Juana Bignozzi tradujo muy a principios de los ’70, y saquen sus propias conclusiones. ¿Cultor de programáticos excesos? Perdón, ¿acaso no nos referimos a una época que fue un exceso en sí misma, tratándose de una postal de Nueva York inmediatamente posterior a esos recién citados salvajes ’70?

Su mentor, Warhol, vivía coordinadas similares a las de André Breton en la posguerra: articulaba con su habitual sagacidad cualquier tipo de lifting cultural para que los años no lo desmintieran. Pero su actitud –y su noción de autopromoción omnívora– lo habían transformado todo. Warhol había contagiado a Fassbinder, a los Rolling Stones y hasta al nuevo periodismo (recordemos la impactante Interview, la revolución fashion hasta en los kioscos). El efecto de Warhol fue centrífugo, lo salpicó todo. Pero ¿podemos decir lo mismo de su discípulo? Volvemos al principio de estas líneas, ¿qué queda de él?

 

Basquiat tendría hoy la misma edad de Bono, Leós Carax y Jeffrey Eugenides. Pero éstos tuvieron la oportunidad de seguir adelante, de extender sus propuestas, de envejecer –madurar puede ser un verbo muy tramposo– en público. A Basquiat lo reconocemos en una cronología que apenas si escapa del lustro. Basquiat se cierra sobre sí. Más cerca de un étnico James Dean que de un misterioso Arthur Cravan.

Trayéndolo a nuestras coordenadas, ¿qué es Basquiat para un artista argentino? ¿Quién lo reclama? ¿Alguien sub-50? ¿Existe algo parecido, en el medio que nos toca, a la influencia Basquiat? Es un interrogante envenenado, porque ¿qué se debería demandar? Curioso, Basquiat podría ser un cliché ochentoso, pero no lo es. O no del todo. Porque la influencia visual de Basquiat nos remite inmediatamente a una de sus fuentes: la gráfica. Revisemos un poco en lo más trash de la historieta actual, en ese alborotado y fluctuante margen que va de la ilustración a cierto diseño gráfico, pasando por algunas de las zonas del street art, y Basquiat reaparece por las influencias que lo hicieron posible. Me resulta más fácil reconocerlo en algunos porfolios presentados en un festival como el marplatense Trimarchi y en ciertos seguidores de artistas, como los enigmáticos Un Faulduo (densificado comic experimental), que en lo más mainstream de los circuitos del arte contemporáneo vernáculo.

Publicado en Radar

Just Flor


Hace un año y medio descubrí a Florencia Caterina en una pintura de Maurycy Minkowski. Se trataba de una imagen de los años ’20 en la que vemos a unas adolescentes polacas yendo a la escuela. Cuando Flor se vio (le envié el detalle por mail), me contestó enseguida: “Waaaaaaaw! No lo puedo creer. Definitivamente soy yo”.
Florencia murió, a los 27 años, el pasado martes 6 de agosto, en la que los medios señalan como la mayor tragedia que sufrió la ciudad de Rosario. Vivía en el edificio que se derrumbó.
Era una de mis artistas favoritas, además de mi amiga.
Cada generación reactualiza la avenencia arte-vida. Ernesto Ballesteros se refirió no hace mucho al “yo aéreo o gaseoso” que diferencia a tantos creadores nacidos a fines de los ’70 y durante los ’80, un yo tan mudable como fluctuante, de aquel “yo rocoso” más habitual en sus antecesores, máquinas de guerra que observaron su tarea necesariamente como una batalla.


“No entendemos las disciplinas arquetípicas (nos parecen aburridas)” dice el texto-manifiesto que sirve de carta de presentación de La Herrmana Favorita (grupo que Florencia integraba desde 2008, junto a sus cómplices de siempre Ángeles Ascúa y Matías Pepe –el amor de su vida, como me dijo alguna vez-). “Concebimos el arte como una posibilidad de encuentro de las pasiones del ánimo: la ira, el estrés, el amor, el orden, la dicha, el odio, etc. (Especialmente el amor). (…) Reconocemos nuestra labor sobre un cruce: la gestión, la curaduría, la producción visual e intelectual”. Sus voraces coordenadas, múltiples y cambiantes, podían fácilmente desorientar a todos los que no teníamos su prisa. Tres mentes aceleradas y ansiosas –la de Florencia, más que ninguna- que se interpotenciaron sin descanso. Una infidencia: en el verano anterior desactivé la posibilidad de chat que ofrece el servicio de correo electrónico porque en todo momento ahí estaba Florencia consultándome por su último proyecto –tenía uno por minuto, de promedio-. Un campamento teórico, una investigación sobre un detalle del arte de la región, una instalación en su casa, una presentación, una exposición con La Herrmana (así, con doble R), una acción callejera, una clase en una universidad, una edición numerada, un video, una nueva tanda de pinturas, clases de yoga, que le recomendara más libros, planes para explorar las islas del Paraná, y no sigo porque la lista abarcaría páginas enteras. Su adorado Maxi Rossini (otro artista brillante) le diagnosticó en su oportunidad: “sos una mujer de cuarenta en el cuerpo de una de veinte”. Florencia siempre fue un tumulto, en todos los sentidos del término.


Una belleza-Kraken disparada en todas las direcciones, con una avidez ilimitada. Volviendo al primer párrafo, no debería ser en absoluto desconcertarte que también haya viajado en el tiempo y visitado otras épocas.
La Herrmana Favorita se presenta en su blog con una declaración de Julia Enriquez, que estoy convencido que es un programa milimétricamente diseñado para Caterina, y que además cultivó devotamente, incluso sin ser consciente, o no del todo. Dice así: “Me gusta la gente muy cebada con ser sí misma. No necesariamente en extravagancia, sino por responder a un núcleo de actitud que andá a saber de dónde carajo salió.”
Alguna vez alguien me contó una conversación que había tenido con Yves Klein. También recuerdo el comentario que me hizo otro artista, de una tarde que pasó en la Factory con Andy Warhol. En lo que respecta a las impresiones memorables, realmente memorables e imprescindibles, puedo ufanarme de haber conocido y querido a Florencia Caterina. No se amparó en ninguna celebridad para cambiarme definitivamente.

Hoy en Radar.

Alejandro Puente (1933-2013)

Creo que fue Jacobo de Vorágine quien recomendó –y el verbo es engañoso– leer toda una vida a partir de un gesto. Un pequeño movimiento de las facciones, un impulso anímico, la reacción instantánea que dice más que el mayor aglomerado de hermenéuticas.

En una época en la cual todos los artistas del planeta que viajaron a Nueva York lo hicieron con la certeza de cazar la novedad, el más frenético zeitgeist (me refiero a la segunda mitad de los ’60), Alejandro Puente fue a encontrarse con un pasado remoto, con algo que, utilizando sus mismas palabras, podríamos llamar Visión Elemental.

Hacia allá fue. Si alguien hubiera examinado entonces su currículum –el que nos interesa, no el que se presenta en los formularios de las becas–, habría leído que, para envidia de tantos vecinos platenses, venía de jugar en la 4ª y en la 5ª de Gimnasia. También, que supo pasar por las aulas de Héctor Cartier, consagrado militante de la fe geométrica y las formas no figurativas. Que muy a principios de la década había conseguido no poca visibilidad junto al Grupo Sí, en una comentada exposición en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Efectivamente, fue un muchacho moderno.

Cuando conocí a Alejandro –bastante después, en los ’90–, pude descubrir que no había tensión ni mucho menos especulación en ese oxímoron, en esta convivencia de lo muy arcaico y lo inmediato, de lo simple y “primitivo”, que él parecía respirar. Al revés, me pareció un rasgo destacadamente seductor de su carácter. Por ejemplo, me contó sobre los ronquidos de Nam June Paik, que solía dormir en una enorme canasta de panadero. Me dijo que explicaban mucho mejor que cualquier teoría sus precoces instalaciones de video.

Hablar con Alejandro era invariablemente ir y venir, macro y micro, fundidos y amables.

Antes de su viaje, iniciático, gozoso y traumático, había pasado por el Museo Nacional de Bellas Artes, por el Instituto Di Tella, por la siempre de vanguardia galería Lirolay. No sería exagerado afirmar que al artista por el cual Aldo Pellegrini ideó el rótulo de geometría sensible (en verdad por él y su gran socio estético, César Paternosto) la providencia situó, como suele decirse, en el lugar exacto en el momento justo. La providencia y Clement Greenberg, que fue decisivo para la obtención de la beca Guggenheim.

No sólo por cronología los viejos tiempos son otros tiempos. Se instaló en un loft en el Soho cuando casi nadie lo llamaba Soho y decir loft no connotaba el menor glamour. Cuando Paul Thek se quejaba porque en el Whitney Museum rebautizaron su obra La tumba, llamándola ahora La muerte de un hippie. Con la exposición consagratoria de Diane Arbus en el MoMA. En el momento en que Philip Glass regresaba a la ciudad, después de su temporada en la India para presentar en sociedad al Philip Glass Ensamble. En que los críticos más críticos detectaban síntomas de fatiga en el New American Cinema y Andy Warhol se estrenaba como productor de Velvet Underground & Nico.

Pero antes que nada cuando su amigo Sol Lewitt –al que había conocido poco antes en Buenos Aires– concluía los Parágrafos sobre el Arte Conceptual, apuntes tempranos de un futuro con los retornos más insospechados.

Fue entonces, creo, cuando gesto y providencia se complotaron aún más en su favor: Puente no sólo participó en una de las exhibiciones más recordadas de la historia del MoMA (Information, de 1970) sino que, también, fue alabado por John Ashbery, quien vio en él el principio de algo distinto: la posibilidad de entender la imagen latinoamericana desde ese expansivo conceptualismo. Entendámonos: Teotihuacán y Pachacutec se volvían tan urgentes, tanto más contemporáneos que Fluxus y Hendrix, y esto sin el menor alarde. Descubríamos que no existía ningún sistema más actual que un quipu para reformular no sólo la teoría del color sino también cualquier especulación sobre el estado de las artes.

Gran hallazgo. A ese curso acaso frío, analítico, ultrarrazonado del histórico conceptualismo, Alejandro le imprimió un gesto, su temperamento, ese aire atemporal que le envidiamos profundamente muchos de los que lo frecuentamos.

No voy a incurrir en estas últimas líneas en vulgaridades del tipo “Alejandro ya no está, pero nos queda su obra”; aunque esto sea definitivamente cierto.

Nada más quiero decir que ojalá podamos recuperar, aunque más no sea una mínima medida de su inmensa, natural y graciosa perspicacia.

La nota fue publicada acá

Ping & Pong

 

1. Buenos Aires en tres palabras
Una obsesión enfermiza

2. Una obra que conservaría toda la vida
Fabio Kacero, S/T, de la serie de los lenft, 2008

3. Tres tips para sobrevivir en una feria de arte
Alplax, Zen y ruda macho

4. En el arte nunca es tarde para…
Espantarse

 

 

5. La muestra que más me impactó en el último tiempo
Dos. Círculos en movimiento, de Florencia Rodríguez Giles, en el MaMBA y ¡Viva la Resistencia! de Juan Becú en el Centro Recoleta

6. La mayor tontería que cometí alguna vez en el mundo del arte
Intentar escribir reseñas de exhibiciones

7. Tres factores a tener en cuenta a la hora de adquirir una obra
Orgullo, prejuicios y fondos

8. La persona que me hubiese gustado conocer del mundo del arte
Dos. Piero Manzoni y Arthur Bispo do Rosário

9. Lo primero que hago en el día relacionado con el arte
Leer

 

 

10. Si no estuviera haciendo lo que hago, hubiese sido…
Voluntario para viajar a Marte en el Mars One

11. El arte no tendría sentido sin…
Estilo

12. Un artista argentino que está pisando fuerte
Ramiro Quesada Pons

13. Un mentor
Alfredo Prior

14. Un amor imposible
Lavinia Fontana (1552-1614)
15. Una canción que me inspira para trabajar
OM Riff from de Cosmic Inferno, por Acid Mother Temple & The Cosmic Inferno

 

 

Primera versión acá

Macedonáutica Aplicada

 

Escribió Macedonio: “En fin, hasta los sesenta años, casi, no me permití la primer precocidad. (No hay otra que la primera, el género no lo consiente, sería contradictorio. No es sólo un género de seguir, no tiene constantes ni inconstantes. No es tampoco interrumpible, porque no sigue después). Una precocidad. Y después ser poquita cosa: esto es lo que se nos ocurre a los precoces”.

 

 

Pataphysique portègne, 1er gidouille 140 E.P. (15 juin 2013)

Macedonio en Viridis Candela.

Couverture du Correspondancier du Collège de ’Pataphysique n°24, consacré à la ’Pataphysique portègne : Macedonio Fernández, Xul Solar, etc.

 

Lucio Dorr, in memoriam

Hubo un tiempo en que Lucio Dorr salía de caminata varias noches a la semana y fotografiaba, sin flash y en alta exposición, motivos geométricos que descubría en puertas de cines casi abandonados, viejos mercados, edificios que no se destacaban precisamente por su estilo y veredas que quizás siguen siendo –robémosle la expresión a Luis Thonis- un milagro infame. O simplemente objetos indiferentes y arquitecturas mutiladas, inocuas ante cualquier ojo que no fuera el suyo: disposiciones lumínicas desquiciadas, tipografías bastardas. Una reunión de gatos se convertía en una conspiración de disposiciones tan únicas como fugaces. Al mismo tiempo, con una obsesión aterradora, aprendía el oficio de carpintero y fabricaba unas desmesuradas rampas sin otra finalidad que su diseño único. No tenía casa por esos días, vivía transitoriamente en el Abasto, en la trastienda de una de las primeras galerías independientes de Buenos Aires, Duplus. Sus obras eran producto de todas esas coordenadas mezcladas.
Él también.

Acá van algunos de esos registros. Rastros de esas emociones que Lucio después transformaba en objetos.

Y siguen, y siguen y siguen.