Viaje al Centro

 

Esta semana el Centro Cultural Recoleta se reinauguró: abrió de nuevo sus puertas con una onda cambiada: como si se tratara de otros lugar. Así se presenta la nueva gestión, liderada por la directora que asumió en diciembre, la joven Jimena Soria (tiene 34 años), que antes fue la coordinadora general de la Bienal de Arte Joven.

Ahora en el Recoleta los pasillos están teñidos de una luz azul -a algunos les recuerda los 80 franceses y el Centro Pompidou- y las entradas a las distintas exposiciones que se ofrecen tienen dispuestos paneles que las hacen más interesantes, indirectas.

Pero sin dudas la estrella de la reapertura es la muestra dedicada a la historia del espacio: Centro. Formas e historia del Centro Cultural Recoleta. Curada por Rafael Cippolini tomando tres salas –la Cronopios y las que están a sus costados, la J y la C-, la muestra expone obras de los artistas que más asiduamente pasaron por el centro, la historia de todos los directores que el Recoleta tuvo, la historia del LIPM (Laboratorio de Investigación y Producción Musical), la de los 20 años del Espacio Historieta; y hasta el recuento de los fantasmas que merodean por el lugar desde tiempos inmemoriales.

 

 

Esta es la primera gran muestra que cuenta la historia de la institución. Y no es poco: porque los centros culturales no son como los museos sino que tienden a hacer foco en el presente, en lo actual, sin importarles tanto el pasado (y por eso su inclinación a promover lo último y a no revisitar ni siquiera su propia historia).

(La nota de Mercedes Pérez Bergliaffa publicada hoy en Clarín sigue haciendo click acá).

 

 

La exposición se presenta así como un caleidoscopio que arroja una imagen diferente cada vez, una memoria emotiva que se despierta en base a los recuerdos de cada visitante y la huella que esa obra haya dejado: desde el afiche de la exposición de 1998 de Ricardo Carpani, hasta la invitación a la muestra “Nave” de Schussheim, o la fotografía del carrito cartonero de Liliana Maresca.

“La idea fue dar cuenta de la diversidad que siempre caracterizó al Recoleta, un lugar donde nunca hubo un canon, sino una mezcla de cosas increíbles. Un sitio que albergó el under de los 80 y que, con la aparición de la sala Cronopios, en los 90, se convirtió no en un espacio consagratorio pero sí de mucho prestigio. Y que luego empezó a incorporar otro tipo de muestras”, resume Cippolini en diálogo con Télam durante una recorrida exclusiva por las salas.

“Un ensayo –resume Cippolini- para tratar de entender qué es el ‘efecto Recoleta’, si es que algo así existe”.

(La nota completa, de Mercedes Ezquiaga, puede leerse haciendo click acá).

Se viene el beat!

Si no llegás a leer, clickeá sobre la imagen y fijate qué podés hacer.

Otra embestida del Hurón Bicéfalo

El Hurón Bicéfalo no se amedrenta. Compruébelo haciendo click acá.

Mientras los imbéciles continúan cayéndose de los árboles

 

“Mientras los imbéciles continúan cayéndose de los árboles”, escriben los opiúficos citando a Lawrence Ferlinghetti. No eran tiempos sencillos –“¡Que vivas en tiempos interesantes!”, reza una maldición china–. La vigésimo segunda presidencia del país, la del doctor Arturo Illia, concluía abruptamente con un golpe de Estado, en 1966. La vida se volvía complicada en la ciudad, pero siempre quedaba Brasil. San Pablo y Río, sus mecas, se conectaban empáticamente con sus deseos de huida, mientras todo se transformaba. La historia es muy conocida: los Beatles –imposible no citarlos– editaban su álbum de quiebre, Revolver, abriéndose a la psicodelia y la experimentación, mientras que en La Cueva de Pasarotus (o La Cueva, a secas), en la Avenida Pueyrredón 1723, se entremezclaban músicos de jazz –todavía resonaban en la ciudad los ecos de la polémica entre los tradicionales del hot y los iconoclastas del bop– con una nueva camada de incipientes rockeros (Giulano Canterini se transformaba en Billy Bond y Litto Nebbia se aprontaba, junto a Tanguito, a componer, a diecisiete cuadras, en el ahora museificado baño de La Perla del Once, el hit ontológico del rock local, emplazado en la esquina de Avenida Rivadavia y Avenida Jujuy, en el cual Macedonio Fernández realizó sus célebres peñas literarias cuarenta años antes).* Se imponía el término naufragar, y sigue siendo curioso que nadie haya señalado todavía, con el énfasis necesario, que con palabras no tan distintas lo mismo venían pregonando los autores reunidos en este volumen.

Errancia de los dos grupos, de las dos “bandas” que se reúnen en el libro amparadas bajo el nombre de sus proyectos: OPIUM por acá, SUNDA por allá.

 

 

“Nos conocimos en revistas, en bares, en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado”, escriben unos en el “Manifiesto OPIUM” de 1963.

“Podemos no tener una buena voz” –parecen contestarles los otros en la “Declaración Jurada” de Gianni Sicardi–. “Podemos no tener siquiera una bicicleta o una conferencia, un pequeño capital para comprar una plantación de algodón en Formosa; pero si no podemos seguir ese disco de Brubeck donde todo es palmadas, si no somos siquiera ángeles mediadores, si los visionarios fumadores de droga para los cuales escribimos bostezan con nuestros poemas –oh, malditos, un hecho cualquiera puede alumbrar un nuevo camino: una cotorrita en medio del pavimento en un pueblo de provincia, un saxofón ya caliente y húmedo en el amanecer.”

En la misma época en que Julio Cortázar celebra la prosa de Néstor Sánchez,** no falta quien imagine los grupos citados como una suerte de encarnación del Club de la Serpiente en Buenos Aires. Divinos freaks, sincrónicos hipsters desconfiando de todas las ideologías y credos, repletos de épica urbana y mordacidad, de humor y disipación en esos dorados 60 en los que todo se cocinaba y transformaba definitivamente. La noche de Buenos Aires podía vivirse como un escondite al aire libre, con una especie de nostalgia al revés: subrayando aquello que, más adelante y en secreto, merecería ser rememorado.

Medio siglo después se impone volver a sus libros, revistas, plaquetas y escritos dispersos con la pasión del arqueólogo que descubre en sus narraciones, poemas, manifiestos y citas una comunidad de lectura. Una comunidad acaso inoperante, “una comunidad literaria disociada del Estado, Nación o Pueblo; una comunidad que en vez de ser el lugar de lo Uno, sea una constelación de ‘seres singular-plural’”.*** Una micro-sociedad de lecturas y viajes, de narraciones y versos, otro tipo de tribu tan literaria como urbana, una tentativa existencial que jamás reconocería ese nombre.

 

 

Notas

*Cité Brasil como destino de los beatniks argentinos. Brasil reaparece una y otra vez. Relata Nebbia: “Tanguito me dijo: se me ocurrió el comienzo de una canción y no sé cómo seguirla. Así que fuimos al baño, e hizo sobre si mayor el comienzo ‘Estoy muy solo triste en este mundo de mierda’. Y me pasó la guitarra e hice toda la canción, lo que sigue, toda la canción tal como es. La hice toda en ese momento. El mozo no me vino a echar porque, como había que cantar muy bajito, sin hacer mucho ruido, lo toqué como una bossa nova. Si te fijás, con los acordes de paso y las cosas que le meto, vos podés cantar arriba de ‘La balsa’ a ‘Garota de Ipanema’, de Jobim y Vinicius de Moraes. Por debajo de ‘La balsa’ hay un sustrato armónico de la bossa nova”. Así nació “La balsa”. Amazonia & Co., op. cit.

**Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos, México, Fondo de Cultura Económica, 1967.

***Jean Luc Nancy, La comunidad inoperante, Santiago de Chile, Libros Arces-Lom, 2000, y Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 2004.

Un extracto del prólogo de Rafael Cippolini a Argentina Beat (Caja Negra), libro que reúne y retrata al “clan de poetas que sintonizó como ningún otro con aquello que las publicaciones de la época denominaron el Swinging Pampa o la Buenos Aires Beat”. Del blog de Eterna Cadencia (click acá)

 

 

Además, no se pierdan la reseña de Osvaldo Baigorria en la revista Ñ

“Es cierto que estos escritores compartían cierta épica con los del norte. Habían leído a Kerouac, Ginsberg y Ferlinghetti. Eran en su mayoría amantes del jazz, aunque también tenían el tango y la bossa nova. Pero no eran parte de una subcultura como los vagabundos blancos de las calles de Nueva York que en los años 50 se rozaban o tropezaban todo el tiempo con afroamericanos. No tenían la heroína, sí las anfetaminas y la maconha , generalmente importada. Tenían a Brasil, no México, como el más cercano punto de fuga. No comulgaban ni polemizaban con Borges, David Viñas o Sebreli. No querían “tomar la Bastilla”, huían de la confrontación con las tradiciones de revistas como Sur o Contorno . Pusieron el cuerpo en la escritura para impactar sobre los modos de vida. Y llamaron la atención de la prensa “no tanto como fenómeno literario sino cultural”, dice Rafael Cippolini, autor del prólogo de este libro.”

Versión Ñ / Versión original de Baigorria