El Cantar de los Monóculos

 

La primera noticia –el indispensable impacto del encuentro inicial- con el escritor turinés Guido Ceronetti fue a causa de los Ejercicios de admiración de Cioran. Carta dirigida a su editor francés por el filósofo rumano, interferida por una indómita discípula de entonces diecinueve años de identidad apenas velada y un título que fue puro eco durante años: El silencio del cuerpo. Sin embargo, el título con el que me topé entonces fue el de su fábula sumergida, Aquilegia. Aumentada por sus ensayos, por sus volcánicas prosas breves, supe que se trataba de uno de esos autores que ya no nos abandonan.

 

 

“El final de una pesadilla y el surgimiento de una nueva en sus convulsiones finales no brinda alivio al sueño: seguirá siendo terrible hasta sus últimas consecuencias. Se llevó a cabo un reparto general de tranquilizantes: la imagen, aún Enciclopedia y alrededores, de una Razón salvadora que habría prevalecido inevitablemente, siendo inconcebible que toda la tierra (¡ya pacificada! ¡manos a la obra!) pudiera llegar a parecerse a aquella ciudad (las ciudades fueron dos, una sola ha quedado como emblema) escogida por calculadores humanos de primer nivel, científicos y estrategas, en el mapa de Japón, como el lugar más idóneo para el experimento. No había nada particularmente absurdo, contrario a la razón, en la utilización de aquel medio para conseguir lo más rápidamente posible un resultado tan bueno: la paz. Desaconsejaron el experimento objeciones de carácter moral, expuestas por una parte de los investigadores y de algún dirigente político que tuvo conocimiento del proyecto, pequeña nube pasajera bajo la sólida luminosidad racional en la que se estaba preparando el acto definitivamente destructor de cualquier posible eticidad de la guerra. La Razón lo promovió, lo realizó y no lo condenó: los argumentos dialécticos diluyeron las dudas semiafónicas de la conciencia”. Apoteosis. Recuerdo del 6 de agosto de 1945.

 

 

Leerlo y releerlo es parte de mi rutina.
El 24 de agosto cumplió 89 años (el mismo día de Borges y de Héctor Libertella). Lo saludo y festejo hoy, con unas semanas de retraso.

Fumado

 

“Se lo fumaron”, me dijo Laiseca aquella tarde, hace casi treinta años.
No tengo idea a qué se refería, pero sus palabras resuenan todavía en mi cabeza.

Había terminado de leer Schrumm-Schrumm o paseo dominical a las arenas movedizas, de Fernand Combet, en la edición de Centro Editor de América Latina. Poco después leería Facticidio. El impacto había sido grande y el mundo era definitivamente otro. Hace unas semanas me reencontré con la novela. Hice lo que no pude entonces: lo busqué en Google. Nada. O lo que es acaso peor: muy poco. Fernand Combet apenas da pistas en la web.

Un auspicioso debut hace medio siglo y ya. Las brumas de la historia.

 

 

Lo más curioso que encuentro es el fanatismo profesado por Denis Lavant, actor que siempre me intrigó (tampoco tengo mucha idea). Peculiar dupla. La vida de Combet se presenta la de un fugado –de la literatura, de la escritura, de su país-. Como si su decisión de imprecisión y contundencia estilística hubiera estado planeada desde su irrupción a mediados de los ’60.
Releo la novela. Me gusta, mucho. Se publicó en Buenos Aires en 1983. ¿Por qué?

 

 

Doble intriga. ¿Cómo llegó a Centro Editor? ¿Quién la propuso? Habría que consultarlo a Horacio de Merlo. Debería investigar un poco cómo fue su recepción en los medios locales. ¿Su influencia? Tampoco la detecto claramente en ninguna parte, en ninguna escritura de aquella primavera alfonsinista. ¿Sabrá algo más su traductor, Benjamín Soldi?
Schrumm-Schrumm.
Las arenas movedizas parecen haber realizado a la perfección su trabajo.

Ingenuidad, candor, locura, genialidad

Escribe Damián Tabarovsky: “La primera vez que escuché hablar de Opium fue en boca de Héctor Libertella. Pronto Rafael Cippolini me instruyó en el tema, con esa mezcla de erudición y pasión que lo caracteriza. Libertella mencionó a Opium en un horizonte en común con Néstor Sánchez, pero Cippolini fue más allá y me recomendó la lista exhaustiva de autores que debía leer. Alejarme del Varela-Varelita y salir a recorrer las librerías de viejo fue todo uno, y rápido me hice de 7 historias bochornosas, de Mariani (Sudamericana, Colección El Espejo, Buenos Aires, 1968, tapa de Rómulo Macció, a quien está dedicado el libro), Soy tu patrón, de Sergio Mulet (Montanari Editores, Buenos Aires, 1966), El búho en el vitral. Textos, de Ruy Rodríguez (Ediciones Sunda, Buenos Aires, 1967, dedicado a Víctoria Rabín y Néstor Sánchez) y Tiro de gracia, también de Sergio Mulet (Ediciones del Mediodía, Buenos Aires, 1969). Según me cuentan, estos libros ahora se han vuelto inhallables y se encuentran en Mercado Libre a precios altísimos (amigos: por línea privada les dejo mi e-mail, me escriben y se los vendo por unos pocos pesos, como para poder pagar las futuras cuentas del gas y la luz, que gracias a Dios aumentarían apenas un 300% o 400%). En una extinta librería de Avenida de Mayo había también una pila de la primera edición de La condición efímera, de Néstor Sánchez, que compré íntegra para regalar. Pues, volviendo al presente,”

 

 

Caja Negra presenta en un solo volumen lo más interesante de esos dos grupos literarios –Opium y Sunda, nombres de las sendas revistas que los congregaron– con prólogo del propio Cippolini y edición y selección a cargo de Federico Barea, repleta de textos nunca antes publicados, fotografías desconocidas, reproducción de afiches impecables. No recuerdo un libro tan bien editado desde hacía muchos años. Argentina beat es la mejor introducción existente a una cierta forma de bohemia porteña de los 60, hecha tanto de ingenuidad y candor como de locura y genialidad.”

La nota completa, en Perfil, haciendo click acá.

Infatigable huronosis

El Hurón Bicéfalo no descansa. La prueba, con sólo hacer click acá.

Viaje al Centro

 

Esta semana el Centro Cultural Recoleta se reinauguró: abrió de nuevo sus puertas con una onda cambiada: como si se tratara de otros lugar. Así se presenta la nueva gestión, liderada por la directora que asumió en diciembre, la joven Jimena Soria (tiene 34 años), que antes fue la coordinadora general de la Bienal de Arte Joven.

Ahora en el Recoleta los pasillos están teñidos de una luz azul -a algunos les recuerda los 80 franceses y el Centro Pompidou- y las entradas a las distintas exposiciones que se ofrecen tienen dispuestos paneles que las hacen más interesantes, indirectas.

Pero sin dudas la estrella de la reapertura es la muestra dedicada a la historia del espacio: Centro. Formas e historia del Centro Cultural Recoleta. Curada por Rafael Cippolini tomando tres salas –la Cronopios y las que están a sus costados, la J y la C-, la muestra expone obras de los artistas que más asiduamente pasaron por el centro, la historia de todos los directores que el Recoleta tuvo, la historia del LIPM (Laboratorio de Investigación y Producción Musical), la de los 20 años del Espacio Historieta; y hasta el recuento de los fantasmas que merodean por el lugar desde tiempos inmemoriales.

 

 

Esta es la primera gran muestra que cuenta la historia de la institución. Y no es poco: porque los centros culturales no son como los museos sino que tienden a hacer foco en el presente, en lo actual, sin importarles tanto el pasado (y por eso su inclinación a promover lo último y a no revisitar ni siquiera su propia historia).

(La nota de Mercedes Pérez Bergliaffa publicada hoy en Clarín sigue haciendo click acá).

 

 

La exposición se presenta así como un caleidoscopio que arroja una imagen diferente cada vez, una memoria emotiva que se despierta en base a los recuerdos de cada visitante y la huella que esa obra haya dejado: desde el afiche de la exposición de 1998 de Ricardo Carpani, hasta la invitación a la muestra “Nave” de Schussheim, o la fotografía del carrito cartonero de Liliana Maresca.

“La idea fue dar cuenta de la diversidad que siempre caracterizó al Recoleta, un lugar donde nunca hubo un canon, sino una mezcla de cosas increíbles. Un sitio que albergó el under de los 80 y que, con la aparición de la sala Cronopios, en los 90, se convirtió no en un espacio consagratorio pero sí de mucho prestigio. Y que luego empezó a incorporar otro tipo de muestras”, resume Cippolini en diálogo con Télam durante una recorrida exclusiva por las salas.

“Un ensayo –resume Cippolini- para tratar de entender qué es el ‘efecto Recoleta’, si es que algo así existe”.

(La nota completa, de Mercedes Ezquiaga, puede leerse haciendo click acá).