Ensalvajar la vida: una lógica del conocimiento sensible

 

Escribió Michel Maffesoli: “No se trata aquí de hacer una crítica moral del moralismo, ni una polémica en contra -lo que sería un combate de reta-guardia- sino de participar en una constatación, en el reconocimiento empírico de una energía naturalista. Los trabajos de S. Moscovici y de E. Morin han contribuido ampliamente al respecto, pues han mostrado claramente la necesidad de “ensalvajar la vida” para vivir mejor lo doméstico, o incluso de pensar el paradigma de la naturaleza para apreciar mejor la cultura. Cabe sumarlos a los de G. Durand que, incansablemente, en nombre de una racionalidad abierta, llama nuestra atención sobre los peligros del “régimen esquizofrénico”, característico del racionalismo tal como se ha impuesto progresivamente. Podemos resumir esta constante de una manera bastante sencilla: al encarnar el pensamiento, al privilegiar la iconoclastia, se olvida que puede existir una “lógica del conocimiento sensible”, que según Baumgarten está en la base de la Aesthetica, es decir, del placer de los sentidos experimentados en común”.

 

 

Escribió Diane Ackerman: “Los sentidos no se limitan a darle sentido a la vida mediante actos sutiles o violentos de claridad: desgarran la realidad en tajadas vibrantes y las reacomodan en un nuevo complejo significativo. Toman muestras contingentes. Sacan la generalidad de un caso único. Negocian hasta establecer una versión razonable y, para ello, hacen toda clase de pequeñas y delicadas transacciones. La vida lo baña todo como una cascada radiante. Los sentidos transmiten unidades de información al cerebro como piezas microscópicas de un gran rompecabezas”.

 


 

Escribió Alan Watts: “Todo sucede por sí solo de manera natural. Es por esto que resulta muy interesante realizar el experimento de permitir simplemente que los sonidos lleguen a nuestros oídos. Cierren los ojos y cobren conciencia del conjunto de sonidos que se hayan fuera de ustedes y de los que tienen lugar en su interior. No traten de identificar ni de nombrar los sonidos, permítanles simplemente ser tal y como son. Tampoco crean que ustedes no tienen que emitir sonido alguno, como el ruido de los intestinos, el hipo, la tos, etcétera. Ábranse a la totalidad de los sonidos, permítanles simplemente ser tal y como son. No trate, en el caso que escuche una conversación, de seguir el argumento, sino que sigan considerándola como un sonido más. Convendría realizar este ejercicio por la noche, poco antes de acostarse, para darnos así cuenta de que nos hallamos inmersos en un mágico continuo musical. A poco de haber iniciado el ejercicio descubrirán la tendencia a tratar de modificarlo que estamos escuchando. Centramos nuestra atención en este o aquel punto, nos decimos a nosotros mismos que debemos ignorar aquello o gritamos a nuestros hijos para que se callen porque no nos dejan escuchar lo que estamos escuchando. Si realmente supiéramos escuchar, podríamos concentrarnos en cualquier cosa aunque nos halláramos en el medio del estruendo más infernal.
Y lo mismo podríamos hacer con el resto de los sentidos”.

 

 

Escribió Edgar Wind: “Liberarnos de nuestras habituales ataduras es la tarea principal que asignamos al artista. Si pensamos en Manet, Mallarmé, Joyce o Stravisnsky, da la impresión de que todos los triunfos artísticos de los últimos cien años fueron en primera instancia triunfos de trastorno: la grandeza de un artista se manifiesta en su facultad de trastornar nuestros hábitos de percepción y revelar nuevos espectros de sensibilidad. “Es más fácil pintar la naturaleza que combatirla” era una de las admoniciones que se hacía Kandinsky, y recordaba sus conversaciones con Schoenberg sobre la “emancipación de la disonancia”. En literatura, Remy de Gourmont un divagador ingenuo, sobrevalorado por T. S. Eliot en Sacred Wood como “la conciencia crítica de una generación”, intentó cuestionar la comodidad del hábito buscando una renovación perpetua en el divorcio: “Pasé mi vida entera haciendo disociaciones de ideas, disociaciones de sentimientos, y si mi obra vale algo es porque preservé en este método”. (…) Es indudablemente un hecho psicológico que cuando los colores, las formas, los tonos o las palabras aparecen en audaces disyunciones o colisiones, y por ende liberados de su contexto habitual, experimentamos con renovada intensidad sus cualidades de sensaciones brutas. De allí esa íntima y peligrosa relación entre purismo y barbarie que Paul Valéry observaba en sí mismo: “Nada conduce de manera más expeditiva a la barbarie perfecta que una adhesión exclusiva al espíritu puro. Yo he conocido íntimamente este fanatismo”. (…) Podría argumentarse que este predicamento no es nuevo ni inusual, la energía creativa siempre tuvo el efecto de transformar o agudizar los hábitos de percepción. Pero en el pasado, cuando los artistas todavía estaban en auténtico contacto con el mundo de la acción, sus innovaciones -por muy estimulantes o provocativas que fueran- se producían de una manera casi incidental de las funciones vitales de la que el arte era subsidiario: hoy la inventiva artística es un fin en sí misma. El arte sea vuelto experimental”.

 


Escribió Richard Brautigan:

Esta mañana me preguntaba
cuando vería mi primer pájaro
en Japón

Aposté mi dinero mental
a que sería un gorrión cuando escuché
un gallo
cacareando
desde un patio en el distrito de Shibuya
en Tokio

y así terminó la cuestión

 

14 de mayo de 1974

 

Nota: Dedico estas líneas al alma mater del Brautigan Fest, Nicolás Domínguez Bedini, cuya segunda edición tendrá lugar en junio de 2017. Nicolás también es autor de Médanos de Oro. La dedicación se extiende a quienes llevan adelante las ediciones de Zindo & Garufi, por su tracalada de títulos indispensables.

 

 

Lúcuma más lúcuma

 

Este posteo tiene seguramente dos orígenes. Uno: encontrarme con este reportaje a Spinetta (L.A.S) en Perú, hace once años (hacer click acá), y la revelación a partir del minuto cincuenta sobre lo “que yace apenas detrás” de esa canción eterna que abre el primer álbum de Invisible. Imperdible. La segunda, unos tweets de FrGr67, alias Fernando García, escuchando y comentando una canción apenas anterior, y pescadiana, encontrando en el jardinero tempranoamanecido (termino tan macedoniano, seguramente por la cercanía a recienvenido) una alucinación del mismo temple de un cuadro del Bosco. Caí en cuenta: si no hay longplay de Spinetta que no sea un fabulario de lujo (ya en el payaso almendriano, enumerando rápidamente, la muchacha corazón de tiza -luego exfoliada-, Fermín y sus manos, la insomne Ana, los Hombres Tristes, la fugada Laura. El doble siguiente dobla la apuesta, desde sus Hermanos perros a los legionarios. Ni que hablar entonces de los zares, las nenas bobas, jardineros, serpientes, monstruos, y tantos etcéteras de la Era Rabiosa.

 

 

Pero, quién lo duda es con Invisible cuando es casting se vuelve temerario. Indígenas con rayo láser, Lorena que pierde los zapatos (ahora sabemos que por culpa de sus abuelos), ese desarticulado Elmo Lesto, la azafata del tren fantasma y sus vasallos, los viejos osos del tiempo, la abuela consciencia, los “elementales-leche” -toda una categoría sociológica que no sabemos exactamente de dónde viene ni hacia dónde va-, toda una fauna que en Durazno Sangrando y el Jardín de los presentes -¿el hogar de aquél jardinero?- se multiplican. Tengo todavía en mis ojos la historieta aquella de Expreso Imaginario, con el Capitán Beto y su nave-colectivo hecha en Haedo. Debería haber nostalgia en todo esto: escuché cuatro o cinco años después de su separación, pero el efecto fue definitivo. Es lo que le sucedió a tantos argentinos de mi generación: descubrimos Invisible -ese rock progresivo tan singular- y el postpunk al mismo tiempo, antes de redescubrir aquel primer amor por la psicodelia.

 

 

No importa tanto la instantaneidad (que tantas veces suele ser una pesadilla) como la arqueología colectiva: eso es internet. Porque así aparecen más pruebas, una tras otra, de esas imágenes que esperábamos pero de las que no teníamos ni idea. Como todos estos posters que fueron el imaginario en tinta del semana a semana de Invisible y que poco a poco fueron brotando, nadie sabe bien cómo, pero acá están. Si hablábamos del fabulario (del Manual de zoología Fantástica) del cerebro flotante de la calle Arribeños, por estos afiches de su puño y letra nos quedamos con un tesoro que no imaginábamos pero sí esperábamos. Internet es -y no sólo por Facebook o Youtube- un efecto de tiempo.

 

 

Es lo fabuloso de las mitologías del rock: no se agotan con tracks perdidos. Los mejores creadores nos inundaron de imágenes, de expresiones, de memoriabilia de todos los colores. Preciso: el límite es la nostalgia, cuando sólo es nostalgia. Con Invisible no me sucede: lo escucho con la misma atávica sorpresa, con el mismo carácter de meteorito que encuentro en una de las galerías de aquella Lomas de Zamora de muy fines de los setentas, siempre con la Expreso en la bolsa -los chicos de mi época no usaban mochilas-. No hay ni una pisca de nostalgia: es el mismo efecto de extrañeza.

 

 

Sin embargo, es una matriz de época. Porque no es difícil seguir la continuidad estilística de estos carteles y sumarlas en paralelo a los dibujos de Renata Schussheim, y por ende al tan citado Expreso Imaginario y otros tantos pósters de época. Todos se aggiornarían, pero hay algo que resiste. Que está más allá y más acá del fabulario.

Centelleante Hurón

Los deseos, muchas veces se hacen realidad. Por ahora, el Hurón escribe. O hace que escribe. De momento, puede hacer click acá.

November Rain: una topografía geocefálica

 

Concéntricos Buenos Aires, ese paisaje de Cuaderno de tapas azules (tándem Marechal-Xul) pero en la superficie. ¿Importa la época? No la cronología, pero sucede “en esa extensión de los cincuentas”, residual en la década en que brotó el rock argentino. Superposición tras superposición: el Padre Macedonio, mudándose para teorizar y teorizando para escribir, después de años en el epicentro del bar La Perla, se exilia con su hijo Adolfo ahí nomás del Jardín Botánico. Pero sus rastros quedan en la zona, como sus papeles. Y su ausencia crea nuevos círculos. En Misiones al 300, muy cerca, se funda a cuatro años de su partida a la Bendita Nada el Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires, hoy Longevo Instituto. En la foto que encabeza, un trío fortíssimo. De izquierda a derecha: Juan Esteban Fassio, Mario Pellegrini y Juan Andralis.

 

 

Es parte del desplazamiento. El Instituto funcionaría en ese vértice, llegando a Avenida Belgrano. Pero más allá de Macedonio, en Mario Bravo al 400, Andralis ubicaría su imprenta y su editorial: El Archibrazo (aquel de Zelarayán traductor, más acá y allá del que nunca fue Literal). Ahí también funcionó el Instituto, y en la Terraza de los Tres Propiciadores el inefable Pierre Cantamessa cultivó su jauría de perros cantores.

 


Antes y después, en perímetro y diagonal -los círculos pueden demorarse un rato- nació y se desintegró el antes citado rock argentino. Quiso La Perla y la tragedia.

 

 

Siguen las Eras, nunca imaginarias porque los hechos podrían ser de público conocimiento. Solamente resta caminar, trazar de a trancos esa geometría que une y convoca, que devuelve los fantasmas a su sitio, acompañados de los restos y guiños.
Ni siquiera las lluvias de noviembre borran estas líneas.