Publicado en Ñ, el sábado 18 de febrero de 2011
En vez de asfixiarlas y empujarlas a la extinción, la red y las herramientas digitales les dieron un nuevo impulso a las pequeñas editoriales. Como dice el autor de esta nota, las transformaron en emprendimientos pasionales.
No exageramos al señalar que el mayor porcentaje de la mejor literatura que leemos en nuestros días proviene de editoriales cuyo staff permanente ronda las cinco personas. Incluso menos. Y que sus catálogos no superan la docena anual de títulos. Sólo en nuestro país, basta con nombrar las producciones de La Bestia Equilátera, Caja Negra, Mansalva, Mardulce, Blatt & Ríos, Eterna Cadencia y Entropía, aunque afortunadamente son muchas más. Y no se trata solamente de “otro segmento de mercado” en el sentido económico, sino de un ecosistema libresco diferente al que conocíamos hace veinte años. Un dato clave es que todas estas editoriales son un reflejo –incluso involuntario- de la Era Web.
Mientas seguimos asistiendo al cada vez más envejecido debate sobre el futuro del libro (clásicas ediciones en papel compitiendo con cada vez más sofisticadas versiones digitales de e-books), poca reflexión encontramos disponible sobre las maneras en que internet sigue impactando en los modos en que se fabrican y consumen los libros en papel.
Por supuesto, es un fenómeno global y de época. En su última visita al país, Jacobo Siruela, creador de la editorial que lleva su apellido y actualmente al frente de la exquisita Atalanta, narró en público como la red y las herramientas digitales posibilitaron que su trabajo ganara no sólo en precisión sino en intimidad. “La editorial la conformamos únicamente mi mujer, una secretaria y yo. Y cada uno de nuestros títulos –diez por año- los realizamos íntegramente desde nuestra casa de Ampurdán, a 96 kilómetros de Barcelona”.
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