Yoko, Acom-Grapefruit

Hace cincuenta años se editaba en inglés Grapefruit, un libro-objeto rarísimo firmado por Yoko Ono. La edición argentina, de Ediciones de la Flor, traía prólogo de John Lennon (decía así: “¡Hola! Me llamo John Lennon. Quiero presentarles a Yoko Ono”), traducción de Piri Lugones y tapa de Oscar Smoje. Una edición de lujo para una época vanguardista.

Pero ahora las cosas cambiaron, los gustos han mutado, y lo que fue vanguardista, hoy replicado palmo a palmo, puede ser simplemente trasnochado. Todo esto viene a cuenta de que se acaba de publicar Acom, un nuevo libro de Yoko Ono, que según la propia Ono, continúa o extiende la propuesta de Pomelo.

Los textos y dibujos surgieron para un proyecto electrónico, y al final del camino los materiales terminaron decantando en un libro. Mientras tanto, Yoko Ono cumplió hace poco ochenta años y decidió festejarlo volviendo a los escenarios en su faceta de música. Dio un concierto de cumpleaños en el Bowery Ballroom de Nueva York, en un barrio que alguna vez fue de vanguardia y hoy es un barrio boutique coqueto. Signo de los tiempos.

“Yoko Ono es la mejor Beatle solista”, dijo alguna vez el ensayista Rafael Cippolini. Vanguardia en Siglo XXI, entonces. ¿Cómo encontrarle la vuelta?

Por Mauro Libertella.
Publicado en revista Ñ número 562.

Detournalia: un territorio hecho de desvíos


Hay artistas que en todo momento se parecen a sí mismos: su apuesta es un estilo, un soporte, un universo determinado, unos pocos casilleros de los tantos que va labrando la Historia del Arte. Si Kacero también se parece a sí mismo es por exclusión: se sustrae, cuando no huye. Trata de disimular, de escaparse de quién fue apenas un rato antes. En una primera mirada, su producción se presenta al modo de un conjunto informe y discontinuo de gestos diversos e inasimilables, como si se tratara de una cuadrilla de artistas que poco o nada tienen que ver entre sí. No es una mala definición: Kacero actúa como una familia de artistas que se evitan bastante entre sí. Y sin embargo, entre ellos es indisimulable el extraño parentesco. Una trayectoria que en nada se parece a una línea recta, sino más bien de extraños caminos que parecen concluir en ninguna parte. Bienvenidos a Detournalia, o sea, al mundo de un artista conocido como Fabio Kacero.


Detournalia es una palabra inventada y a la vez muy precisa: significa territorio de desvíos o bien territorio hecho de desvíos, atendiendo que en ambos casos podríamos permutar casi sin alteraciones el término desvío (détour) por otro absolutamente diverso, como rodeo. Y es que, tratándose de Kacero, resulta difícil sino imposible precisar si el artista está llevando las cosas demasiado lejos, o si por el contrario no hace más que darles una y otra vuelta hasta la exasperación.
Hace muchos años, una carta astral vaticinó que sería escritor. Quizá por esta influencia, después de dedicarse durante poco más de una década a realizar obras exhaustivamente formales -que por confusión o distracción fueron señaladas como herederas del arte no figurativo-geométrico-, hacia comienzos del siglo en curso comenzó a escribir, a imaginar libros, modos de leer.


Acuciado de –parafraseemos al poeta Osip Mandelstam- “un no sé que de dadaísmo inmemorial”, se dedicó a inventar, con rigurosísimo método, miles y miles de palabras absurdas, a estudiar maniáticamente la caligrafía de Jorge Luis Borges para convertirse él mismo en uno de los personajes más célebres del poeta ciego –nada menos, que en Pierre Menard-, a dar materia (es decir, diseñar, editar) libros inexistentes, a coleccionar dedicatorias y elevarlas a la categoría de de Obras Maestras, a confeccionar índices que se correspondieran con episodios personales, a filmar a niñas recitando filósofos, a fabricar carteles de museos con los elementos más disparatados, a pensar su vida emulando los créditos de una película, de reconvertir una película condicionada en un ejercicio espiritual, etc, etc. También a escribir cuentos que finalmente son variaciones unos de otros, en la clásica sospecha de que todo desvío concluye en virtuoso círculo.


Así, fiel a su manía de convertir cada cosa en algo heterogéneo, se enamoró de la nieve de sus relatos y la sacó a pasear. Paseo que, sin embargo, suele ocurrir puertas adentro, como si se tratara más bien de la materialización de un imposible.
Y es que Kacero sabe, mejor que nadie, que si el arte sirve de algo es para que todo sea posible.

Detournalia, de Fabio Kacero
Curaduría de Rafael Cippolini
Inauguración, jueves 3 de julio, 18:30 hs
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires
Av. San Juan 350

Fotos de post: Josefina Tommasi

En Zhuangzi

Nunca se fue, pero volvió por Philippe Sollers. Es más: por una relectura de Sollers. “¿A quién pertenecen los años 2000, 3000, 7000, 9000? A Chuang-Tsé, a Bach. ¿Les gustan los cambios interesantes, la novedad? Sus modelos son Chuang-Tsé y Bach. ¿Quieren lo contrario, mantener las tradiciones más antiguas, las que repiten lo mismo desde hace milenios como si no fueran a ninguna parte y hubieran nacido ayer mismo? También Chuang-Tsé, también Bach. Eviten las opiniones, las discusiones varias, salten al vacío, apúntense a la Variación”.

Tengo una memoria considerable para repetirme que Chuang-Tsé estuvo en todo momento, incluso antes de la Antología de la literatura fantástica de Bioy, Borges y Ocampo. Es más, la mariposa nunca estuvo entre mis favoritas. Sí el pez, ese pez que jamás se olvida y ataca como virus milenario que es a las mayores preferencias que ya no tienen vuelta atrás. ¿Quién quiero ser? Chuang-Tzu. ¿De quién soy fan absoluto? De Chuang-Tzu. ¿Quién es el autor que en toda ocasión está a mano? Chuang-Tzu.

Ni siquiera Tao. Ni siquiera el Zen. Sólo Zhuangzi.
“La Penumbra le dijo a la Sombra: “A ratos te mueves, otros te quedas quieta. Una vez te acuestas, otra te levantas. ¿Por qué crees que eres tan cambiante?”.
“Dependo”, dijo la Sombra, “de algo que me lleva de aquí para allá. Y ese algo a su vez depende de otro algo que lo olvida a moverse o a quedarse inmóvil. Como los anillos de la serpiente, o las alas del pájaro, que no se arrastran ni vuelan por voluntad propia, así yo. ¿Cómo quieres que responda a tu pregunta?”.

Vico en Piranesi, y también al revés

Suelo soñar con varios lugares en los que nunca estuve, nunca despierto. Espacios que recuerdo con extremada precisión. Escenarios que son los mismos, y que recorro de otra manera. Fui descubriendo de dónde venían –algunas de su fuente de vigilia-. Giovanni Battista Piranesi fue el que me dio alguno de los más preciosos detalles, partes mapa. Eso lo supe más y más durante un buen tiempo. Ahora también sé que mi caro Giambattista Vico también fue deslizando otras tantas claves.

En mi cronología, primero vino Piranesi, pero sólo como curiosidad –hace demasiado, en mi primaria-. Regresó bastante después, ya en libros leídos y observados con toda la minuciosidad del caso. Pero entre tanto llegó en filósofo de la Scienza Nuova, quien se instaló en mis intereses definitivos con total holgura. Aunque contemporáneos, aunque de algún modo vecinos (del Veneto a Roma uno, en Nápoles el otro), no encontré cruce entre ellos hasta que llegaron los sueños.

No hace tanto me desperté en la certeza del cruce. Encontré algunas pistas, estoy en la búsqueda de otras. ¿Rearmaré el mosaico? Como sea, en mi inconsciente está ese otro nexo que los aproxima.

Es parte del juego de las afinidades. Detrás de una historia pública, hay tantas otras historias igual o más interesantes que finalmente destilan.