Un código pútrido

 

Somos lo peor de los nuevos programas de software, a los que sin querer siempre imitamos: desarrollamos una capacidad monstruosa que nos imposibilita leer los viejos datos, los antiguos mensajes, que se convierten en una lengua extinguida. Aunque nos esforcemos, los decodificamos deficientemente. Narrar otro tiempo, atreverse con sus texturas, quizá sea como reformular imágenes tal como se lo propuso el belgradense Vuc Cosic: avanzar en un código inservible, para el que se vuelve imperioso inventar otras posibilidades.

 

 

El auge de la distopía –la distopía no es otra cosa que un índice de la catástrofe- no es en nada ajeno al triunfo de las obsolescencias programadas. Un cielo lo suficientemente chato que genera otro tipo de criaturas, de narraciones, de animales. La mala distribución de los futuros, que la ciencia ficción instauró hace décadas, reclama un consenso demasiado teatral y toneladas de cinismo. El tempo de las narraciones es el de cada provocación y el de cada resguardo.

 

 

Olvidamos rápidamente que no somos parte del entorno: somos el entorno.
La ecología es una rama de la psicología, nunca al revés.
La tercera persona gramatical no es, hoy por hoy, más que una primera persona culposa o especulativa.

Toneladas de polvo meteórico. Bowie In memorian

 

Bowie no sólo simulaba, recreaba, actuaba cualquier premisa (“soy lo que ustedes están deseando que sea en este momento”, fue su statement en un documental) sino también provocaba efectos extraños por sorpresivos (el pretérito, mientras tipeo, me resulta todavía más bizarro).
Hace casi cinco años escuché con no poco pasmo esa preciosa canción de Flaming Lips con Neon Indian (Is David Bowie Dying?).
¿Por qué esto? Me pregunté. No sólo sonaba provocador, sino estéticamente doloroso y perturbador.

 

 

Take your mouth and scream
Whistle wasted in your dreams
Take your eyes and leave
One for love and one for me
Take your ears, they must
Tons of meteoric dust

At the mountain, you scream
Now the fountain reveals
As you do want and make you whole

Goodbye, goodbye

 

 

¿Dónde estaba la muerte en ese momento? El fin llama, despierta a la memoria, y enseguida busqué un viejo ejemplar de Pelo, que recuperé en el Parque Rivadavia a fines de la década pasada. En perfecto loop, me veo en casa, a mis siete u ocho, tratando de entender de qué se trataba todo eso: esa premisa alien y épica (no decodificaba entonces lo que significaba decadente o afectado). En la revista lo demolían y tuve que ingeniármelas para encontrar los vinilos.

 

 

Con los años, el trabajo fue que el mito no se tragara la música. ¿Cuántas veces por año habré escuchado Life on Mars? La usé para el primer corto en ocho milímetros y para uno de los últimos videos caseros. Fue la constante de Bowie: irse antes de tiempo, desde el principio. Todo lo que me interesa lo conecta.

 

Dos respuestas a –quizá- el primer reportaje televisivo realizado por un argentino. Uno: “(Sudamérica) Probablemente resguarda las últimas formas de supervivencia de toda América, incluyendo América del Norte. Es una clase de fascinación para mí, un tema de misterio y Siglo XX al mismo tiempo”. Dos. “Pienso que una de las cosas más peligrosas en el rock es querer tener una carrera. (…) Si uno se concentra en la música que le interesa, probablemente luego descubra que tuvo una carrera”.

Una paz embravecida

 

Los chubutenses fantasmas de una filmación (La Película del Rey, opera prima de Sorín) seguirán insistiendo en lo molesto del viento, mientras las ruinas de la legendaria estación hoy son museo (Museo Holdich, para los entendidos), bajo la tutela de Cristina Morales, que reunió un grupo de artistas patagónicos para que dejaran su huella. Empieza el verano y la temperatura sigue baja, y los colores crecidos.

 

 

Madre Cielo (Mother Sky), no sólo en el MP4, sino en el examen paciente y siempre british de David Stubbs (la novísima biblia al krautrock, editada por Caja Negra). Madre Cielo en el tono de tantas madres (de la Invención, Atómicas, y tantas otras) y este otro vértigo donde el arriba y el debajo nos angostan.
No es un libro para leer en una ciudad industrial y decadente, sino entre los restos arqueológicos de una tecnología ganada por el menjunje de política, historia, neurosis de progreso y la eternidad del precioso deterioro.

 

 

Can los enseñó que las máquinas siempre lucen fuera de época. Esos sonidos que no sabemos a donde van, que reaparecen en un paisaje que los vuelve todavía más fríos, más mágicos, más lejanos.

 

 

En el viaje inmediatamente anterior mis lecturas estuvieron matizadas con los Informes de Peter Weiss, por su voluntad y estrategia para ser astutamente moderno, acaso los padres y abuelos de la misma distopía de estímulos. En mi cabeza, un título choca necesariamente con el otro, rearmando el rompecabezas. Los programas de uno se hunden en el otro. En tanto, damos vueltas con Miguel Escobar por Diadema Argentina.

 

 

¿Cómo encajan cada uno de los párrafos en una línea de tiempo? Tanto se nos machacó con la Germania Cordillerana, que estas lecturas fuera de lugar producen resonancias por siempre insólitas. Es el modo en el que viajan las ondas por las distintas dimensiones.

 

Cada libro es un paisaje.
Viceversa también.
Es el cálculo de los horizontes de nuestras bibliotecas.

En las jaulas de la luna

 

Noctámbulo, fóbico al sol –no homologuemos- fascinado por la luz y las comas, un Monsieur Teste en la minuciosa Mesopotamia, un exiliado del fino desmadre de los palmares en la Sagrada Cripta de Samet (Avenida de Mayo 1242, en el recuerdo). Se lo recuerda con Don Witoldo, lo imagino con Coco Madariaga (reiteremos), y también con su complice y adversario, el tal Juan Laurentino. Otro que llevaba su paisaje en los adjetivos y los silencios. Siempre tengo a manos los tomos de la Universidad del Litoral (gracias una vez más, querido Pepe Volpogni). Recordar es releer, releer es reinventar.

 

 

Vuelvo al libro de Roxana Páez. Vuelvo al paisaje entre los versos, letra a letra. No existe paisaje sin idioma. En el mejor de los casos traducimos de uno a otro, de los ojos a las sílabas. Ubico al finísimo Carlos Mastronardi en los intersticios de los otros, me adueño de sus versos, es fin de año. Estoy buscando algo incluso mejor que un Sparklehorse litoraleño. Tradición rima, primero, con respiración.
Quiero seguir aprendiendo de ese río tan río.

 

Después de publicado su primer libro, Tierra amanecida (1926), Mastronardi no volvió a salir a la calle mientras durara el día. Como señala Ricardo Herrera a propósito de esa heliofobia, el poeta “se sustraía a la luz que cantaba en ese poema” (Páez dixit).

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