Masotta Trip de Force:Operación Faulduo

# Transforman el libro, ejecutándolo, como quien interpreta una partitura: los Faulduos (un Faulduo) hacen de la presentación de Masotta un pattern. Las alturas, los tempos y las intensidades coinciden con la materia gráfica: parten de un retrato informal y expresionista del autor, prosiguen el trayecto disipando citas, encuentros y menciones: las efigies de Aquaman y Superman, Periquita siempre en apuros, Mandrake y su exhibición de trucos, Hogar Dulce Hogar, Masotta como superhéroe: lo ilegible, transcurre. Como en Coltrane, una frase es un intercambio, la reprogramación de un alarido, un sonido en varias manchas.

# Acatan: el interés de Masotta no era la historieta, sino lo que se podía hacer con ella. Los dibujos y los textos sólo en sus efectos. Un Faulduo reinterpreta enrocando los signos por notas, más BOP que POP. No gana la semiología, tampoco la industria, si se exhibe una plusvalía, es la del gesto. ¿La historieta es anterior al Pop, es el paradigma del Pop, es la continuación del Pop, una amante temporal del Pop? La historieta estaba antes y después de estas tres letras, antes y después de que Greimas se apropiara del Rey Petiso, mucho antes de que varias generaciones pensaran en comics y dijeran manga. Un Faulduo tacha, reescribe, vuelve a manchar, convoca un staff diferente, no hay nada más político y vanguardista que una historieta. Sebreli y Correas vuelven desde un pasado remoto, fuera de control, como espectros. El mundo es el mismo incluso en sus simulacros.

# La partitura faulduica es historieta porque es enciclopedia: como otra Divina Comedia, no hay página que no esté poblada, que no sea el reflejo de más de un siglo. La historieta nació como industria pero más que nunca es un género para entendidos. Remix de Oscar Steinberg y el Viejo Breccia, Chester Gould, Oesterheld, Lino Palacios, Charlie Brown, el fantasma de los caligramas de Apollinaire, el Gato Félix y el solitario pato de Dante Quinterno en un fabuloso boulevard de Los Ángeles. Si Disney se adueñó de Pixar, Marvel y Star Wars, pronto querrá comprar Un Faulduo y reofrecer las franquicias de Masotta. La comiquería hace rato que es el Nuevo Aleph, en el cual Borges sigue oficiando de inspector de gallinas.

# El dandi Masotta es Isidoro Cañones con libros en francés bajo el brazo, pero el siempre el mismo whisky. Lo confunden con Belmondo, está tan fuerte, tan lindo como Patoruzú. Sabe lucir corbatas –siempre flojas- y libros de Merleau-Ponty y Lacan, sabe cómo seducir a Nico de Velvet Underground y hacer del Happening una cuestión nacional: somos un país de happenistas e historietistas. Un Faulduo certifica que la literatura es literatura dibujada, que la Comedia Humana no nació con Balzac, que Yellow Kid, que su amarillo no ilumina, pinta: cumplía su jornal con los Hermanos Lumière. El Arte Pop, ante todo, es Editorial Columba. Don Ramón es Industria Argentina. Editorial Novaro alimentó a la Chilindrina que de más niña quiso ser Marvila por lo cual soñó a Steve Trevor con la cara de Cantinflas, quien, según dice la leyenda que todos creemos, visitó de incógnita la Bienal de Historieta en el Di Tella en 1968. Pop al cubo y Pop más acá. Volveré y seré catálogo republicado: allá Paidós, acá Tren en Movimiento.

# De la masa al ghetto, de los diarios a las cuevas: Masotta, como Gilgamesh, mucho antes que Herzog, descubrió que las historietas preceden en mucho a Little Nemo. Su origen, como el oficialismo, nace en Santa Cruz, en la Cueva de las Manos. UR-Faulduo: los muchachos de ahora dibujan brontosaurios. Borges reescribió una historieta en los primeros años treinta: Peloponeso y Jazmín, en el Suplemento Multicolor del Diario Crítica. Un Faulduo, cavernícolas de ley, lo reescriben todo, hasta al nieto de Botana: existencialistas del culto de Saint-Copi. El Siglo XXII será masottiano o no será.

# Milton Caniff como un solo de trompeta. Alack Sinner se regenera desde la Mancha Voraz. De Caligari a Perón: hasta Osvaldo Lamborghini fue guionista de historietas. Krazy Kat, la loca enamorada, su ladrillo jaculatoria y ese Tarzán tan chongo como los obreros de Carpani. No hay quien no haga de su historia una historieta. Llega la Edad de Oro de la historieta (1930-1940) y en el capítulo de Mundo Faulduo luce la distorsión: distorsiona Buck Rogers como en un solo de Sonic Youth, distorsiona ese Burroughs que hizo rico y célebre a Johnny Weissmüller, acopla la espinaca de Popeye, hace ruido Terry y también sus piratas. Es entonces cuando la semiología se convierte en psicodelia y al revés: bienvenidos al Planeta Mongo. Rebienvenidos al Planeta Sono, con Oswal y su poder músico mental. Miren ahí a Mister Natural, y también cerca a los Freak Brothers. ¿Será verdad que el joven Masotta se parecía a Calculín? Tanto como Rodolfo Walsh al Profesor Neurus.

El 13 de octubre de 2015 se llevó a cabo en la Universidad Torcuato Di Tella la presentación/performance del colectivo Un Faulduo de su libro La historieta en el (Faulduo)mundo moderno. Suerte de revisitación del clásico de Oscar Masotta publicado en 1970, la función estuvo escoltada por dos referentes que se turnaron leyendo dos textos escritos para la ocasión: Oscar Steimberg (compañero de Masotta, cuyas intervenciones siguen siendo claves para el campo de los estudios y la crítica del cómic) y Rafael Cippolini, escritor y curador de arte, lector y conocedor apasionado de la historieta.

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Max Cachimba y un hito irrefutable en las muestras de autoayuda

 

ROSARIO -. No existe aún la categoría de “muestras de arte de autoayuda”, pero cuando ese género improbable se haga realidad, la exposición de Max Cachimba (1969) en las instalaciones del Centro Cultural Parque de España se convertirá en un hito irrefutable. Nadie que esté triste o melancólico debe dejar pasar la oportunidad de visitar la exposición y dejarse afectar por la terapia visual del artista oriundo de Fisherton. Hay tiempo hasta el 30 de este mes. Al cuidado de Rafael Cippolini y con la colaboración de Pablo Silvestri, Breve antología polimorfa posee atributos patafísicos. Delirio, humor, poesía y sinsentido están presentes en las secuencias de imágenes, organizadas como si fueran historietas publicadas en las paredes de la institución.

“Es una deuda que Rosario tenía con Max”, dicen los funcionarios de la Secretaría de Cultura y Educación de Rosario y del centro cultural, que trabajaron en conjunto para montar la muestra. Es una retrospectiva que cubre un arco temporal de más treinta años: las obras reunidas van de 1986 a 2017. Desde su inauguración, el 16 de marzo pasado, ya fue visitada por cientos de locales y visitantes. “Vienen muchos jóvenes y chicos”, comenta la señorita apostada en la entrada del espacio cultural. No es raro escuchar allí, nítidas entre la música de los videos animados que Cachimba hizo para un canal de televisión de Rosario, risas de los asistentes que siguen con atención los diálogos, las narraciones y las formas insólitas de las historietas y las pinturas.

 

 

Autodidacta pero, como indica al pasar, hijo de dos profesores de arte, Cachimba inició su actividad creativa en la adolescencia. A los quince años, cuando era conocido como Juan Pablo González, ganó un premio de la revista Fierro para jóvenes historietistas. Cippolini le atribuye una santísima trinidad del humorismo gráfico local, compuesta por Oski, Landrú y Copi. “Ellos convirtieron el humor en una ciencia”, escribe. A esa influencia, el propio Cachimba le añade la de los semblantes de Juan Grela, las maquinaciones de Max Ernst y las fábulas misteriosas de Henri Matisse. En sus textos asoma la sombra disparatada de Edward Lear, creador de limericks. “A penas y pesares,/ vino blanco y calamares”, se recomienda en una de las viñetas de Versos selectos, el libro con imágenes y textos publicado por el sello rosarino Iván Rosado.

El carácter polimorfo se vuelve evidente al examinar los destinos de su trabajo: ilustraciones para relatos y poemas de César Aira, Roberta Iannamico, Pablo De Santis y Alejandro Jodorowsky; una versión satírica del Infierno dantesco, tiras cómicas para Perfil, LA NACION y Los Inrockuptibles; minúsculos libros de artista, obras premiadas e incluso bocetos que, confiesa, “costó arrancarle” y que ahora se exhiben en vitrinas.

 

 

Cuando advirtió que su trabajo se permeaba de humor, Juan Pablo González tuvo, según cuenta el artista mientras oficia de guía a orillas del Paraná, “el síndrome de los humoristas gráficos”. Así fue como decidió rebautizarse. “Max Cachimba” se impuso por el sonido y las evocaciones circenses del nombre. No tan curiosamente, el sonido es una cualidad de la obra de Cachimba. Si bien es cierto que las pinturas y los dibujos son mudos, los instrumentos musicales forman parte del repertorio visual. Un concierto de instrumentos con y sin intérpretes protagoniza varios trabajos. “Larga vida a Max Cachimba”, concluye Cippolini en el minicatálogo gratuito. No está solo en su antojo.

Por Daniel Gigena, en La Nación de hoy. Haciendo click acá.

Gran hallazgo: en la edición papel la reseña aparece en la sección de psicología.

Huronopodosis

 

El Hurón nunca sueña de más ni de menos. Rastros acá.

Polimorfìas & Humorismos

 

(…) De Max Cachimba, nacido en 1968, se exponen incluso dibujos fechados en 1972 y 1974, guardados por su madre artista, y que prefiguran su obra actual. También se hacen presentes (en pedestales y en rincones de las galerías del CCPE) los objetos encontrados que él retrata en sus pinturas y dibujos, como la gallina de cemento para jardín que dio origen al personaje de Olga Gina para el programa televisivo local de animaciones Cabeza de Ratón.
En una Argentina paralela, la revista Fierro no se fundió, Juan Pablo González sigue firmando con sus iniciales las historietas que desde mediados de los ’80 y hasta comienzos de los ’90 dibujó para su suplemento Oxido con guión de Pablo de Santis, y nada de esto existe. Pero por suerte sí, pese al costo y al riesgo de incursionar en muy diversas ramas del arte (animación, pintura al óleo, collage y hasta varieté) para un artista que desde los 15 tenía su futuro bocetado.

 

 

(…) Literalmente, “polimorfo” significa “de múltiple s formas”. “Lo que en esta exposición se verá son historietas, ilustraciones, pinturas, animaciones, poesía, objetos”, anuncia el curador. Munífico Institutor del Longevo Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires y compilador de un Manual de Patafísica ilustrado por Max Cachimba, Cippolini era la persona indicada para reunir y ordenar estas piezas tan diversas en formato como cohesivas en su incoherencia calculada.
Esta muestra antológica es una oportunidad única de disfrutar sus historietas artísticas publicadas en medios extranjeros, como la revista Qué suerte; o extintos, como la Fierro o el diario Perfil (donde publicó su tira Humor idiota) o la franquicia de la revista Inrockuptibles. Todo eso, en contrapunto con su arte historietístico, como el de sus ilustraciones para libros de Roberta Iannamico o de César Aira o un álbum de la banda Una Cimarrona (cuyo arreglador y trompetista Eduardo Vignoli también compuso la pegadiza fanfarria de uno de los videos de la muestra, La Tourneé du Monde, con dibujos de Cachimba animados por Pablo Rodríguez Jáuregui). Hasta hubo en la inauguración un número vivo de La dimensión descocada, su proyecto performático con el actor Rodolfo Marusich, donde se invocó a un tal “Ernesto” que algún conocedor no dejó de asociar con la bizarra banda Ernesto y su conjunto, formada alrededor del 2000 por Cachimba, Marusich, David Nahón y una cambiante serie de músicos invitados.

 

 

Si bien el curador lo vincula a dibujantes como Landrú, las influencias de Max Cachimba conjugan los tópicos del humor gráfico (cierto humor gráfico, entre lo tierno y lo siniestro, como el de la saga The Far Side, de Gary Larson) con el alto arte medieval del poeta Dante Alighieri y del pintor Hieronymus Bosch. Ellos en su época difícilmente se hubieran encontrado, pero se dan cita en esta obra.
Lo infernal medieval es un tópico que Max Cachimba aborda sin solemnidad, mientras se apropia de la síntesis formal de ciertos modernismos periféricos, citando los retratos de Augusto Schiavoni (hay un homenaje a su Muchacho del porrón), un personaje de Lewis Carroll, o los bucólicos cipreses de Martínez Ramseyer. Hay un lado B del canon, y junto a ellos existe un tesoro de palabras y objetos caídos en desuso: los chistes de Jaimito, las jarras en forma de pingüino o términos como intríngulis o piscolabis, con cuyos efectos de comicidad Max Cachimba construye su propio “limbo acrónico”.
Antes que de absurdo, habría que calificar su disparatado y tragicómico humor como nonsense: ese género victoriano que crea un mundo autónomo, regido por la lógica de lo gratuito y el sinsentido.

El humor polimorfo de Max Cachimba, por Beatriz Vignoli para Rosario 12, haciendo click acà.

Sìntomas & Sìntomas

 

“¿Qué tipo de artistas estamos formando hoy? ¿A qué clase de artistas estamos festejando? ¿No está bastante sobrevaluado cierto reconocimiento ?internacional’? ¿No lo están también las tantas bienales y ferias de arte? ¿La creciente fiebre -nada nueva, por cierto, y casi siempre beneficiosa- de la profesionalización de las artes visuales no extiende demasiado ese efecto colateral de poner mucho el foco en la carrera de un artista más que en su obra? ¿No se relega bastante -al punto de confinarlas en un vago etcétera- a aquellas apuestas artísticas que prosiguen hurgando en los límites de amateurismo, de los discursos lejanos al énfasis y los eslóganes y tan poco tienen que ver con el espectáculo grandilocuente? ¿Qué sobrevida y proyección tienen los formatos pequeños, incluso acrónicos, esos que voluntariamente se apartan de las agendas institucionales pero también del outsider serial que siempre atrasa? ¿El futuro nos dejará disfrutar de otros Fermín Eguía, Florencia Bohtlingk o Max Cachimba?”

“No creo, como seguramente nadie cree, en las recetas mágicas o en las fórmulas novedosas. Pienso que cada vez resulta más necesario proteger esa chispa tan difícil de detectar hoy que podríamos llamar la curiosidad crítica y que no es otra cosa que salirse del festejo automático de unos pocos nombres y estéticas, más allá de sus valores y de todas sus retóricas y de la perpetua estupidez de las redes sociales. Parafras eando a Beckett y a Oski, pienso que no es mala idea seguir errando cada vez mejor.”

Problemas (y soluciones) en el mundo del arte argentino, por Marìa Paula Zacharìas en Ideas de La Naciòn, haciendo click acá.

 

Max Cachimba: Breve Antología Polimorfa

 

Sistema Fisherton. Max Cachimba es un gran invento. De hecho, logró mucha atención –valga la paradoja- antes de convertirse en Max Cachimba (en los años ’80, ganó el premio para jóvenes historietistas de la revista Fierro, con tan solo 15 años, cuando todavía firmaba con sus iniciales, que luego, involuntariamente o no, fueron plagiadas por un archivo de imagen digital). Además de sus recursos gráficos –por momentos tenía algo del primerísimo Gambartes pero absolutamente fuera de control-, llamaba la atención entonces cómo lograba transformar cualquier disimulo en un notable espectáculo. El detalle convirtiéndose en una épica del descoloque. No deberíamos olvidar que, como su admirado Grela, Cachimba –antes y después de ser Cachimba- fue siempre un hombre de artes y oficios, de minucias de la pluma y el pincel, y así también de humores varios. El plural se debe, ante todo, a que su gracia resulta invariablemente corporal, física por perversamente anatómica: descalabrante, el humor en cuestión se inicia en el cuerpo para llegar a las palabras. Cuando llega, porque muchas veces ni hace falta. Por eso jamás faltaron entre sus arquetipos contorsionistas, voyeurs, funambulistas o acróbatas. Si el espectador lo desea, puede entenderlos a modo de metáforas. También a Fisherton, su lugar en el mundo. Uno y otro se complementan a la perfección.

 

 

De tradiciones y cortesías. Dando a proponerle una tradición a nuestro artista, opto por esta Santa Trinidad: Oski, Landrú y Copi. ¿Por qué? Porque son únicos, solitarios, polimorfos, y convirtieron, cada cual a su modo, al humor en una ciencia. También porque nunca dejaron de transitar, y valga el oxímoron, la salvaje cortesía. Cachimba también, sin proponérselo ni mover un dedo, es hace rato cabeza de una tradición (no olvidemos que Liniers repitió en varias ocasiones: “Él es mi Hemingway”). ¿Qué otra característica une a Cachimba con los tres artistas citados al comienzo de este párrafo? Ese constante dejar en manifiesto la elegancia de la vulgaridad y la vulgaridad de la elegancia. Repito; la inocencia de cierta obscenidad (no nos olvidemos el hit La japonesita, de Jacinto W. y sus Tururú Serenaders, disponible en Youtube). También como ellos, fue inventando un autor más allá del seudónimo. Como en los tres citados, lo Cortés no quita lo valiente. Como decía César Bruto (otro que podríamos sumar a la lista): para Cortés tenemos a Hernán, aquel de los modales neronianos.

Larga vida a Max Cachimba.

Max Cachimba. Breve Antología Polimorfa.
Inauguración: jueves 16 de marzo, 19 y 30 hs.

Parque de España.
Sarmiento y Río Paraná
Rosario