Ficciones Alteradas


El campo de pruebas de los relatos expandidos

El seminario-taller recorrerá los límites y pliegues de géneros contaminados como las memorias reconstruidas y recobradas, la subjetividad extrema en el ensayo, la creciente taxonomía de relatos de no-ficción, la novela teórica y las mutaciones de la crónica, entre otros. Un examen de las estrategias narrativas en tiempos en los cuales el concepto de ficción se redefine constantemente y se vuelve cada vez más político.

Programa

1. Alteraciones de la subjetividad. Las manías ficcionales argentinas, de Domingo Faustino Sarmiento a Luis Chitarroni (de infamias provincianas a cenáculos deformes). De Salvadora Medina Onrubia a Inés Acevedo: la memoria como zona de experimentación.

2. Otra fisonomía experimental. Las identidades reformuladas. La progenie de Tiresías y Orlando: la voz narrativa en el mercado de identidades de la era digital. Los antecedentes de la identidad oscilante en relatos de Sergio Chejfec y Fogwill y notas de trabajo de Angela Carter.

3. La teoría como arma de la ficción. Del arte de convertir una hipótesis en un relato: la teoría-ficción de Héctor Libertella. La crónica como especulación: Carlos Correas y La Operación Masotta. La transbiografía: ensayo y poema. El Affair Skeffington.

4. Más allá y más acá de la no ficción y la meta-ficción. Las ficciones autistas de Lorenzo García Vega. Los tentáculos de Borges: la conexión Stanislaw Lem – Jorge Di Paola. ¿Sueñan las herederas de Monic Wittig con una web sexuada?

Foto: Jorge Di Paola por Eduardo Rey

 

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Cansancio voluntario

No me refiero al tedio (aquella oceanografía a la que tan magníficamente supo retratar Don Eugenio D’Ors), menos todavía a ese milimétrico hartazgo de que quién confunde, no necesariamente a propósito, ciclos y recomienzos con redundancia. De ninguna manera a ese variable capítulo que enlaza el desánimo con el desprecio. Al contrario, estoy pensando en el tactus, ese pulso lento que es casi un poco más pausado que los latidos cardíacos, a la acompasada percepción de quien decide que el mundo se observa en un bajo ralenti. A esa implacable gravedad uruguaya del hablar y moverse de un Juan Carlos Onetti.
Sigo admirando esa marcación trip hop de los que parecen no tener miedo de perderse nada.
¿Fatalidad o filosofía? En estos últimos días estuve buscando matices en la prosa de Jean Louis Chrétien, en ese ensayo titulado Del cansancio.

Vuelvo a esa otra regulación del énfasis y del desánimo. A ese punto justo en que parecen suspendidos en movimientos estudiados y jamás sobreabundantes. El suspendido pulso de quienes nada tienen que perder ni que ganar. Les da igual, como si fueran posiciones intercambiables. ¿Fatalidad y lasitud tienen la misma raíz?
Dije Uruguay y me refiero a Armonía Somers, a la que conozco desde la adolescencia y desde hace unas semanas, cuando volví a sus libros.
No tengo idea de cómo era su respiración, de cómo hablaba, pero sí de cómo escribía. Del acabado y adorable ritmo de sus narraciones.
Envidiable cansancio.

Pasados distópicos

Creo que la primera vez que reconocí un pasado como distópico fue revisando las sagas del steampunk: un pasado que no es el nuestro, en el cual la amenaza se indiferencia de la nostalgia. Un poco después, con esa momentánea fascinación con Kowloom, ese monumento –otro de tantos- a un tiempo que no fue, que no pudo ser.
Hay pasados que se autoencapsulan, que no prosiguen. No sería difícil construir toda una tradición con ellos. Cualquier sueño incumplido, moderadamente frustrado, incluso los espacios que envejecen mal, guardan la potencia de lo distópico. Ese punto intermedio que es tan común en un lugar como el que vivo –Almagro Sur, dicen algunos-: lo antiguo corroído por lo viejo.

Distópico es sinónimo de deterioro (no en vano la arquitectura es la paleta preferida de todas y cada una de las distopías). Pero no cualquier deterioro, sino el que esconde un futuro que se desvaneció demasiado rápido. En un tiempo donde el futuro es sólo otro de los tantos escondites del presente ¿lo distópico no es hace rato una condición de nuestras biografías?

Renuevo mis cuotas de antipatía contra los situacionistas y su prole: por definición, saben hacer tan poco con el presente como con el pasado. La distopía no debería ser un analgésico ni una fatalidad. Tan sólo un matiz entre otros. Un modo de reconciliación, con el optimismo en su punto justo.

Sethimonium y el regreso Fauldúico

La primera sensación, cuando termino de releer la novela gráfica George Sprott (1894-1975) de Seth (dibujante y escritor nacido con el nombre de Gregory Gallant, en Canadá, en 1962) es que este último se disolvió en los recuerdos del primero. Que Sprott lo devoró y que la cantidad de recursos narrativos que Seth despliega durante el libro no son otra cosa que la lenta digestión del primero. ¿Quién escribe la biografía de quién?

Siempre la diversión. ¿De cuántos modos se cuenta, se dibuja una vida? ¿En cuántos detalles fundantes se sostiene? ¿Cuántos perfiles, cuántos cambios? ¿Cuántas imágenes hacen falta para capturarla? Rediseñando a Sprott, Seth nos enseña cómo puede volver a definirse el arte de la biografía en esta obra, que ya cumplió 5 años, pero no tiene edad. Seth no tiene edad. No hay más que verlo. ¿En qué época vive? ¿Cómo podemos avanzar en una vida escrita y dibujada por alguien que no sabemos en qué época vive?

Leo, releo otra vez a Seth. Y sé que es una lectura más en una cadena de lecturas que no tienen fecha de caducidad.
Por un minuto tengo la sensación de no saber en qué época vivo.
¿Qué tan bueno puede ser eso?
Ni idea, pero me gusta.

Siguiendo con historietas, también releo la nueva entrega de Un Faulduo (desambiguación: grupo y edición caben en las mismas letras). No dudo que esta décima, es la mejor de todas sus ediciones. De portero instalan a Mao Tsé-Tung, que nos advierte antes de que entremos: “Nuestros camaradas no deber creer que algo que no entienden es absolutamente incomprensible también para las masas”.

Esta vez, el grupo comando de artistas de las viñetas compuesto por los tres Nicolases (Zukerfeld, Moguilevsky, Daniluk) y Ezequiel García (¿vienen de la literatura, de la música, de las artes visuales, del cine, de la historieta, de todo eso junto?) nos sumergen en un mundo en cuatro partes, en cuatro títulos: Los rostros, Los monstruos, Los paisajes y Los mitos.

“Hay una forma, ahí donde el rostro se opone. Evidentemente, entre Patricia o Martín hay dos, pero formarán un solo esquema, una sola señal de alarma, para el resto de los que participamos en este juego”.
Cada vez que termino de leer un número, me pregunto cómo harán la próxima vez para seguir sosteniendo ese límite.
Camaradas, no se impacienten.
Las masas también exhiben sus neuronas en alerta.
Uno de los futuros de la historieta cumple diez números.